¿CÓMO SI NO, PUDO SER DE OTRO MODO?
El señor Ignacio se levantó de
su silla, se dirigió al baño y procedió parsimoniosamente a peinarse los
exiguos cabellos que todavía conservaba; luego pasó al vestíbulo y tras
colocarse una holgada chaqueta se dirigió al ascensor que le condujo
hasta el soportal de la calle. Una vez allí, hubo de esquivar a un
nutrido grupo de fumadores, que ejerciendo su derecho a inhalar y esparcir
volutas de humo, ocupaban toda la porción de acera que se hallaba
frente a la puerta del Bar ubicado en los bajos del edificio. Entonces cruzó la
calle principal atestada de tráfico en hora punta, y muy poco faltó para no ser
arrollado por varios vehículos.
Así, indiferente y temerario, y
sin siquiera percatarse de todo cuanto entorno a él sucedía, el señor Ignacio
arribó al Parque Central, buscó un banco, se sentó, y allí se quedó.
Toda esta peripecia vital que
suele formar parte en la rutina diaria de un amplio porcentaje de
señores jubilados, no habría tenido nada de extraordinaria aquel día para el
señor Ignacio, de no haber sido por el hecho incuestionable y reconocido, de
que éste padeciera una enfermedad neurodegenerativa, la cual desde hacía
ya varias años le mantenía sujeto a una silla de ruedas en estado de
profunda tetraplejia, y que a consecuencia de la misma, le fuera
imposible tanto el poder caminar, como el comunicarse mediante el habla.
Cuando su esposa, la señora
Gertrudis, advirtió la ausencia de su marido – del cual cuidaba a jornada
completa las veinticuatro horas del día-, su primera reacción fue la de
buscarle por toda la casa, para una vez convencida de que el señor Ignacio
había desaparecido, dar rienda suelta a su alterada imaginación.
“¿Pero qué habrá sido de
este hombre? ¿Me lo habrán secuestrado para comerciar con sus órganos?
Pero no, esto no puede ser otra cosa que la respuesta a mis plegarias al
apóstol San Judas Mateo. ¡Sí, esto tiene que ser un milagro del santo
patrón de los desesperados!”
Se hallaba la señora Gertrudis
completamente perpleja y enfrascada en sus peregrinas conjeturas, acerca de
aquella insólita situación, cuando sonó el timbre de la puerta.
Al abrir se encontró en el
descansillo de la escalera a varios vecinos que acompañaban a dos voluntarios
de la Cruz Roja, estos portaban unas parihuelas en las cuales transportaban el
cuerpo del señor Ignacio.
Uno de los vecinos relató a la
señora como había encontrado a su marido sentado en un banco en la Plaza
Central, tenía la mirada perdida, y al preguntarle si había sido acompañado
hasta allí por alguien, no consiguió que emitiese ni una sola palabra.
El caso fue motivo de acaloradas
discusiones en el barrio y en todo el pueblo, llegando a trascender a nivel
nacional, mediante un programa especial emitido por una televisión local.
Las reacciones en los diversos
estamentos de la opinión pública no se hicieron esperar, así, los
primeros en poner el grito en el cielo fueron algunas ONGs que vieron en el
señor Ignacio la oportunidad de conminar la conciencia de la sociedad, al hacer
visibles y sonoros a todos aquellos que como él estaban impedidos y
dependían de la solidaridad y apoyo de los demás.
Ello dio lugar a que destacados
e insignes especialistas en enfermedades neurológicas y degenerativas, se
interesasen por el extraño fenómeno acaecido en aquel lugar.
También acudieron como moscas a
un panal de miel; curanderos, santeros, astrólogos, alquimistas y una larga
lista de herméticos y agoreros sibilinos, dispuestos a “hacer su agosto” con el
que se dio en llamar “el Misterio del señor Ignacio”
Siendo las ciencias ocultas,
como su nombre ya lo indica “ocultas”, y aunque mucho hablaron del
asunto, nada en concreto aportaron aquellos embaucadores, que pudiese arrojar
alguna luz sobre lo sucedido aquel día al señor Ignacio.
En lo referente a ser
atribuido al milagro, opción a la cual se aferrada fervientemente la
señora Gertrudis. Los altos estamentos de la curia religiosa se limitaron
a observar el desarrollo de los acontecimientos y a guardar un prudente
silencio.
No así, los eminentes galenos.
Estos tras someter a un exhaustivo estudio aquella excepcional anomalía,
empleando aparatos tecnológicos de última generación; tuvieron buen cuidado en
ocultar su desconcierto y fracaso al respecto de aquella singular rareza.
Desconocimiento que enmascararon
con una explicación académica plagada de expresiones ininteligibles, las cuales
expusieron en los siguientes términos:
“ – El paciente sujeto a estudio, sufrió una
reacción inconsciente motivada por la regresión parasimpática impulsada por la
empatía subconsciente de su memoria, lo cual le generó un espontáneo
destello, creando un vago y temporal recuerdo, al cual reaccionaron en
cadena todos sus sistemas psicociclomotores.”
Cuando los familiares y amigos
preguntaban a la señora Gertrudis acerca de los resultados de las pruebas
realizadas por los especialistas, ésta se limitaba a traducir la jerga
jeroglífica del argot médico, conforme al código dictado por la sencillez de su
rudimentaria y mística fe.
- Mi marido fue iluminado
por un vago resplandor que le hizo recordar y devolverle temporalmente al
hombre que un día habitó en él -Y concluía añadiendo-. ¡Gracias a
la intervención del apóstol San Judas Mateo, santo patrón de los
desesperados! ¿Cómo sino, pudo ser de otro modo?
Lo que nunca contó la buena
señora – pues jamás, ni ella misma tuvo consciencia de ello- era el error que
accidentalmente cometió el día en que sucedió el fenómeno, el milagro, la
iluminación o como quiera que se le quisiese llamar.
Aquel día, después de haber
ayudado a su marido a tomar el desayuno, la señora Gertrudis procedió,
tal y como de forma rutinaria hacía todas las mañanas, ha administrarle la
medicina que habitualmente debía tomar el señor Ignacio para su enfermedad.
Pero por azares que sólo el destino conoce, confundió equivocadamente el fresquito que contenía la medicina.
En su lugar le administró
unas gotas de un elixir contenido en un frasco – de tamaño y
apariencia, muy similar al que contenía la auténtica medicina-, el
cual encerraba una mágica panacea cuya origen y
composición se remontaba a muchos milenios atrás, y que fue
trasladado desde el lejano Egipto por un familiar estudioso de la
arqueología, y los misteriosos secretos celosamente guardados en oscuros
subterráneos e inaccesibles templos, por los sacerdotes de Amón,
Dios supremo del Antiguo Egipto, y de .Ra el poderoso Dios del Sol
.
El susodicho pariente pasó gran parte de su vida buscando quimeras y fantasiosas leyendas, que hablaban de simbólicos y esotéricos métodos, capaces de guiar a quien los poseyera hasta la anhelada y eternamente buscada, juventud perpetua y prolongación de la vida a través de la Piedra Filosofal.
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El susodicho pariente pasó gran parte de su vida buscando quimeras y fantasiosas leyendas, que hablaban de simbólicos y esotéricos métodos, capaces de guiar a quien los poseyera hasta la anhelada y eternamente buscada, juventud perpetua y prolongación de la vida a través de la Piedra Filosofal.
Tras largos años en el país de
los faraones, a su regreso se instaló en casa de su único familiar vivo, y que
no era otra que la señora Gertrudis; causando el asombro y la admiración,
de todos cuantos contemplaron los maravillosos objetos extraídos de
las tumbas faraónicas y que trajo consigo.
Entre ellos habían amuletos con
bajo relieves grabados en oro, figuras talladas en madera, cuya
función estaba destinada a albergar el alma de los difuntos hasta su regreso
del más allá, extrañas vasijas rematadas por cabezas humanas y de
animales; papiros en los que se apreciaban combinaciones de dibujos
y símbolos cuyo significado era incomprensible. También había otros
muchos diversos utensilios y artefactos, entre los que se hallaba el citado
frasquito, cuyo enigmático contenido tenía el poder de rejuvenecer
los tejidos.
Pero sobre todo, lo que más
extrañeza causó en aquellos que habían conocido a aquel moderno hijo pródigo,
siendo un joven veinte añero fogoso e impulsivo, era el comprobar que
después de haber transcurridos más de cincuenta años, el paso del tiempo
no había dejado huella alguna en él.
Después de una corta estancia,
desapareció de forma repentina -aunque hay quién todo lo sabe y conoce y,
que afirma que fue secuestrado por una agencia patrocinadora de deportistas de
élite, la cual poseía información privilegiada acerca de la obtención por parte
del arqueólogo del secreto de la eterna juventud y sus efectos vigorizantes-,
dejando a la señora Gertrudis en pago de su alojamiento y hospitalidad, todo
aquello que había acopiado en sus viajes y hasta allí había trasladado.
Y llegados a este punto de la
narración, tú amable lector podrás ya juzgar y sacar tus propias
conclusiones respecto a tan extraño y extraordinario suceso ocurrido aquel
día al señor Ignacio. Aunque lo más probable y seguro, es que
empleando el interrogante razonamiento argüido por la señora Gertrudis,
te digas a ti mismo:
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