sábado, 2 de enero de 2016

ESENCIAS





                          

   -ESENCIAS-         

-Ese puesto de vigilante nocturno en la biblioteca sigue vacante.
Comentaba uno joven de aspecto fornido y atlético a su compañero en la cola de demandantes de empleo.
Doroteo escuchaba con especial interés la conversación de los dos sujetos que le precedían en las dependencias de la oficina de empleo.
- Sí, ya sabemos que acceder hoy en día a un puesto de trabajo es tremendamente complicado – le respondió el otro joven que no se quedaba atrás en cuanto a corpulencia física -, pero hay que tenerlos muy bien puestos para aceptar ese trabajo, yo no soy de los que se amedrentan fácilmente, pero después de los extraños sucesos ocurridos en ese lugar, y el estado demencial en que quedaron los últimos que allí ocuparon el puesto de vigilantes…, la verdad prefiero esperar a ver si sale otra cosa.
El sujeto que había iniciado la conversación añadió:
-Y no es para menos que el puesto permanezca vacante, yo he escuchado cosas de ese lugar que echarían para atrás al más valiente… -y continuó, pero bajando la voz, como si tuviese algún temor a que alguien escuchase sus palabras- …dicen que antiguamente fue un convento-hospital, y en sus aledaños se enterraban a aquellos que allí fallecían; también cuentan que existe bajo la superficie de todo el recinto unas galerías subterráneas a las cuales se puede acceder por un pozo ubicado en el centro del claustro y que las galerías conducen a una gruta, y lo más inquietante es que se rumorea que en ellas se viene realizando macabros rituales y misas negras desde tiempos inmemorables.
El joven se interrumpió al sentir la sensación de que era observado; por lo que Doroteo intentó disimular su curiosidad y pasar desapercibido mirando a otro lado, lo cual consiguió, pues el joven continuó con su retahíla de rumores y habladuría.
-Parece ser que los rituales que allí realizan tienen como fin el conseguir abrir puertas que comunican con dimensiones desconocidas, que permiten el paso de espíritus a nuestro mundo, y a la vez sirven de vía de escape a las almas en pena de los desgraciados que un día fueron allí enterrados. Todos ellos, los que nos visitan, los que esperan ser liberados y los que están en tránsito, vagan en las noches por todo el recinto, arrastrando sus penas y soltando desgarradores lamentos, trasladando objetos, que se mueve solos de un lugar a otro, y presentándose ante los vivos en forma de espectros descarnados, o bien como sombras gélidas, o bien como tenebrosos cuerpos traslucidos que levitan y desprenden efluvios fétidos. Así que no me extraña que si esos vigilantes tuvieron tan sólo una de esas visiones, fuesen ingresados en el manicomio. Hay que estar loco o muy desesperado para pasar una noche en ese lugar.


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A las ocho de la tarde del siguiente día, cuando las farolas que circundaban los alrededores comenzaban a  iluminar tenuemente el lugar; Doroteo se hallaba frente al antiguo convento franciscano construido en el siglo XVI, del cual sólo se había conservado la capilla y el claustro, habiendo sido el resto del edificio convertido en centro social y biblioteca pública.
Para Doroteo los verdaderos fantasmas eran aquellos que le acompañaban y perseguían desde hacía tres años, y que habían ocupado su mente día y noche, desde aquella misión  de paz en un país de Centro Europa, donde la impotencia, la frustración y el horror de la guerra, junto a la constatación de la estupidez y la locura humana, le habían marcado para siempre, obligándole su conciencia a renunciar a su vocación militar.

Desde entonces su vida se había convertido en un infierno, su matrimonio se vio abocado al fracaso, y sus relaciones personales y de su entorno familiar fueron cercenadas drásticamente, hasta el punto de verse convertido en un solitario patético y amargado, sin trabajo, sin ingresos y con asuntos pendientes, tales como una hipoteca, y una ex mujer y un hijo de cinco años de edad cuya tutela le fue asignada a su madre, correspondiendo a su padre – o sea a él mismo- la manutención hasta la mayoría de edad del niño.
Cuando el ex militar cruzó el umbral que daba paso a la capilla, tuvo la sensación de que una fuerza invisible le impedía la entrada, cesando dicha resistencia en el momento en que su voluntad le empujó al interior del oratorio, en donde quedó vivamente impresionado al contemplar las paredes de la pequeña iglesia cargadas de figuras de cera, vestidos de comunión y de novia, mortajas, cirios y flores que los devotos y fieles depositaban como pago a algún ruego o promesa hecha a la imagen de la Quinta Angustia, que en lo alto de una hornacina observaba con languidez a su fervientes feligreses.
Una pequeña puerta disimulada en un lateral de la nave conducía hasta el pequeño claustro en cuyo patio central se encontraba un pozo, cuya boca se hallaba sellada por una reja herrumbrosa.
  Una vez llegado al claustro, un pasillo recientemente restaurado conducía a lo que una vez fue el convento-hospital, y que ahora reconvertido en biblioteca; sería el lugar el cual Doroteo habría vigilar y custodiar.  Ya estaba entrada la noche y el silencio más absoluto reinaba allí.
A eso de la medianoche una espléndida y pálida luna llena asomó a través de los amplios ventanales que daban a la sala de lectura y, en cuyos alféizares revolotearon unas aves nocturnas, proyectando tétricas y fantasmagóricas sombras que lograron inquietar unos instantes a Doroteo. Fue unos segundos después de la medianoche, cuando le pareció escuchar  apenas perceptibles, unos sonidos similares al llanto de un niño.  Doroteo empezó a sobresaltarse cuando los sonidos se fueron convirtiendo en gritos desgarradores que causaban espanto, y que eran acompañados por una letania o salmodia, mezcla de canción y oración, cuya cadencia monótona y cancina le sirvió de guía hasta el pozo del claustro cuya reja oxidada, antes  cerrada, ahora se hallaba abierta y levantada.
Doroteo presa de unos nervios que apenas podía controlar, se asomó al negro agujero del pozo, en cuyo interior observó unos húmedos y siniestros peldaños que conducían a su interior; recurriendo a la responsabilidad que había contraído como vigilante y al espíritu militar que aún anidaba en lo más profundo de su subconsciente, sin dudarlo se introdujo en el pozo impulsado por una imperiosa curiosidad; los espeluznantes gemidos habían cesado, ahora sólo se oía la repetitiva oración y se percibía que el sonido debía de de ser emitido por varias gargantas, por lo que dedujo que se trataba de un grupo de personas las que debían de hallarse allí realizando algún tipo de contubernio .

El joven ex-militar, metido de lleno en su papel de vigilante, avanzó por una galería subterránea en cuyos laterales unos huecos horadados en la roca se hallaban repletos de huesos de los desgraciados que allí fueron enterrados en el pasado.La galería le condujo hasta una amplia nave, en donde unos enormes cirios circundaban el lugar, y allí pudo contemplar a un grupo de unos doce individuos que vestían hábitos de monjes cubriéndoles las cabezas, éstos se hallaban en torno a una mesa de piedra rocosa procediendo a extraer las entrañas de un animal, al tiempo que recitaban y rezaban en un extraño dialecto, como si de un acto litúrgico se tratase.
Doroteo se escuchó a si mismo, cuando su voz trono coléricamente.
-¡¡A ver, ustedes!! ¿Qué es lo que está pasando aquí?
Sólo pronunciar aquellas palabras, y antes de que pudiese decir algo más, los satánicos conjurados salieron corriendo en tropel, amontonándose y atropellándose unos con otros al huir despavoridos, como si hubiesen visto al mismísimo diablo.
Al quedar sólo en aquel centenario osario subterráneo, Doroteo escuchó una inquietante voz recriminarle a sus espaldas.
- ¡Pero alma de cántaro, que has hecho! ¿Pero tú de qué vas?
Al volverse, Doroteo contempló frente a él a una muchacha joven, de rostro blanco como la nácar y de rasgos bellísimos, una melena negra azabache le caía sobre los hombros, tenía el cuerpo cubierto por unos hábitos de monja, y parecía levitar y flotar, al no tocar los flecos de sus blancos ropajes en el suelo.
La aparecida observo a Doroteo con curiosidad, y ante el mutismo provocado en él por su presencia, insistió en su reprimenda al tiempo que le informaba de la extraña experiencia allí acaecida
- Ya veo que eres una esencia emocional confusa y perdida, será mejor que te ponga al corriente

La extraña muchacha hablaba de forma pausada, y al tiempo que las palabras salían de su boca, su rostro adoptaba una mueca sarcástica y jocosa.

- Mi nombre es Margarita y por poseer el don de la precognición y conocer el destino, siendo novicia en este convento, fui enjuiciada, sentenciada y condenada a la hoguera, acusada de estar poseída por Satanás y obrar éste a través de mi. Mi cuerpo convertido en cenizas se esparció, pero mi alma inocente quedó aquí recluida a la espera de alcanzar La Luz que me ayude a liberarme de esta dimensión transitoria, proyectándome hacía la deseada Utopía.
 - Entonces… tú… tú… eres un fantasma – Consiguió balbucear Doroteo.
-¡Bueno, bueno! Sin pasarte novato. En realidad yo prefiero verme como una esencia astral en trance de espera -Respondió Margarita, no ocultando una natural coquetería femenina-. Creo que he sido demasiado directa, al intentar ponerte al corriente de lo que aquí sucede. Mira aquí somos muchos los que nos encontramos en la misma situación –explicó la muchacha, al tiempo que pensaba para sus adentros “Pero hasta ahora no había conocido a ninguno tan guapo y apuesto como éste “-  y debemos tener la prudencia de bajo ningún concepto entrar en contacto con los vivos, ni llamar su atención. ¡En cuanto a esos payasos que has espantado -la voz de Margarita adquirió un tono de  irritación y enfado- sólo son unos mamarrachos que creen que con sus esperpénticas misas negras van a conseguir tener contacto con nosotros, pero  lo único que estaban consiguiendo era hacer notar este lugar y poniendo en riesgo nuestro refugio! ¡Y ahora  tenías que llegar tú, y con tu ingenua y torpe inopia, hacer visible al mundo exterior nuestra singularidad, y poner en peligro nuestro refugio, haciéndonos notar y convirtiéndonos en vulnerables!
  Margarita se interrumpió, y tras un instante de meditación, cogió suavemente las manos de Doroteo y sonriéndole dulcemente, le izó una terrible, pero necesaria revelación.

-No puedo culparte, pues por el poder que mi don me concede, puedo ver que has llegado hasta aquí de buena fe, y guiado por el deseo de concluir asuntos pendientes que te quedaron con tus seres queridos. Pero has de saber que tu mujer se casó con otro hombre y con él vive una vida feliz, has de saber también que tu hijo ya es un hombre independiente que no necesita de ti; pues lo que tú crees que han sido tres años transcurridos desde que regresaste del horror de aquella guerra, han sido en realidad veintidós… y es que el paso del tiempo es efímero cuando ya no se pertenece al mundo de los vivos…
A medida que la pitonisa iba descorriendo los velos que le impedían ver a Doroteo su propia y actual realidad, se iba disipando la  falsa realidad, que  le  había tenido sumido en la confusión y en las brumas, y  vagando durante  años el  espíritu del que un día fue Doroteo el militar.   Ahora, éste iba tomando conciencia, y asumiendo todo cuanto le había acontecido, y que hasta aquel momento no había podido percibir.
<<…Sí Doroteo, tú falleciste en un accidente aéreo, cuando regresabas a tu hogar, ya licenciado de aquella cruenta guerra, y desde entonces tu alma ha estado vagando confusa, y  creyéndote todavía responsable de tus actos mortales. Ahora ya no tendrás que penar por tu familia, y ya no serás un alma extraviada, sólo habrás de aguardar aquí  hasta que llegue el momento en que La Luz te guíe hasta la empírea Utopía.


                                                  - EPÍLOGO-
En lo sucesivo ya nunca más se realizaron en aquel lugar misas negras, pues a partir de aquella noche, la voz de ultratumba que atronó en todo el convento, espantó para siempre a aquellos que en vano buscaban, aquello que un día acabaría encontrándolos a ellos.
El convento fue investigado, escudriñado y analizado hasta en el último de sus rincones.
Nunca hallaron la más mínima señal de algún fenómeno sobrenatural… Pero dicen, que cuentan algunos, haber visto en las noches de luna llena a través de los ventanales de la biblioteca, unos extraños puntitos fosforescentes girando en torno a si mismos y arrullándose cariñosamente en una danza ritual fantasmagórica, en la cual  se asienta la leyenda de los conocidos popularmente como “Los amantes del claustro”.

 

                                                                       F. López (Fisquero)

                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                                     

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