-ESENCIAS-
-Ese puesto de vigilante nocturno en la biblioteca
sigue vacante.
Comentaba uno joven de aspecto fornido y atlético a
su compañero en la cola de demandantes de empleo.
Doroteo escuchaba con especial interés la
conversación de los dos sujetos que le precedían en las dependencias de la
oficina de empleo.
- Sí, ya sabemos que acceder hoy en día a un puesto
de trabajo es tremendamente complicado – le respondió el otro joven que no se
quedaba atrás en cuanto a corpulencia física -, pero hay que tenerlos muy bien
puestos para aceptar ese trabajo, yo no soy de los que se amedrentan
fácilmente, pero después de los extraños sucesos ocurridos en ese lugar, y el
estado demencial en que quedaron los últimos que allí ocuparon el puesto de
vigilantes…, la verdad prefiero esperar a ver si sale otra cosa.
El sujeto que había iniciado la conversación
añadió:
-Y no es para menos que el puesto permanezca
vacante, yo he escuchado cosas de ese lugar que echarían para atrás al más
valiente… -y continuó, pero bajando la voz, como si tuviese algún temor a que
alguien escuchase sus palabras- …dicen que antiguamente fue un
convento-hospital, y en sus aledaños se enterraban a aquellos que allí
fallecían; también cuentan que existe bajo la superficie de todo el recinto
unas galerías subterráneas a las cuales se puede acceder por un pozo ubicado en
el centro del claustro y que las galerías conducen a una gruta, y lo más
inquietante es que se rumorea que en ellas se viene realizando macabros
rituales y misas negras desde tiempos inmemorables.
El joven se interrumpió al sentir la sensación de
que era observado; por lo que Doroteo intentó disimular su curiosidad y pasar
desapercibido mirando a otro lado, lo cual consiguió, pues el joven continuó
con su retahíla de rumores y habladuría.
-Parece ser que los rituales que allí realizan
tienen como fin el conseguir abrir puertas que comunican con dimensiones
desconocidas, que permiten el paso de espíritus a nuestro mundo, y a la vez
sirven de vía de escape a las almas en pena de los desgraciados que un día
fueron allí enterrados. Todos ellos, los que nos visitan, los que esperan ser
liberados y los que están en tránsito, vagan en las noches por todo el recinto,
arrastrando sus penas y soltando desgarradores lamentos, trasladando objetos,
que se mueve solos de un lugar a otro, y presentándose ante los vivos en forma
de espectros descarnados, o bien como sombras gélidas, o bien como tenebrosos
cuerpos traslucidos que levitan y desprenden efluvios fétidos. Así que no me
extraña que si esos vigilantes tuvieron tan sólo una de esas visiones, fuesen
ingresados en el manicomio. Hay que estar loco o muy desesperado para pasar una
noche en ese lugar.
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A las ocho de la tarde del siguiente día, cuando
las farolas que circundaban los alrededores comenzaban a iluminar tenuemente el lugar; Doroteo se
hallaba frente al antiguo convento franciscano construido en el siglo XVI, del
cual sólo se había conservado la capilla y el claustro, habiendo sido el resto
del edificio convertido en centro social y biblioteca pública.
Para Doroteo los verdaderos fantasmas eran aquellos
que le acompañaban y perseguían desde hacía tres años, y que habían ocupado su
mente día y noche, desde aquella misión de paz en
un país de Centro Europa, donde la impotencia, la frustración y el horror de la
guerra, junto a la constatación de la estupidez y la locura humana, le habían
marcado para siempre, obligándole su conciencia a renunciar a su vocación
militar.
Desde entonces su vida se había convertido en un
infierno, su matrimonio se vio abocado al fracaso, y sus relaciones personales
y de su entorno familiar fueron cercenadas drásticamente, hasta el punto de verse
convertido en un solitario patético y amargado, sin trabajo, sin ingresos y con
asuntos pendientes, tales como una hipoteca, y una ex mujer y un hijo de cinco
años de edad cuya tutela le fue asignada a su madre, correspondiendo a su padre
– o sea a él mismo- la manutención hasta la mayoría de edad del niño.
Cuando el ex militar cruzó el umbral que daba paso
a la capilla, tuvo la sensación de que una fuerza invisible le impedía la
entrada, cesando dicha resistencia en el momento en que su voluntad le empujó
al interior del oratorio, en donde quedó vivamente impresionado al contemplar
las paredes de la pequeña iglesia cargadas de figuras de cera, vestidos de
comunión y de novia, mortajas, cirios y flores que los devotos y fieles
depositaban como pago a algún ruego o promesa hecha a la imagen de la Quinta Angustia,
que en lo alto de una hornacina observaba con languidez a su fervientes
feligreses.
Una pequeña puerta disimulada en un lateral de la
nave conducía hasta el pequeño claustro en cuyo patio central se encontraba un
pozo, cuya boca se hallaba sellada por una reja herrumbrosa.
Una vez
llegado al claustro, un pasillo recientemente restaurado conducía a lo que una
vez fue el convento-hospital, y que ahora reconvertido en biblioteca; sería el
lugar el cual Doroteo habría vigilar y custodiar. Ya estaba entrada la noche y el silencio más
absoluto reinaba allí.
A eso de la medianoche una espléndida y pálida luna
llena asomó a través de los amplios ventanales que daban a la sala de lectura
y, en cuyos alféizares revolotearon unas aves nocturnas, proyectando tétricas y
fantasmagóricas sombras que lograron inquietar unos instantes a Doroteo. Fue
unos segundos después de la medianoche, cuando le pareció escuchar apenas perceptibles, unos sonidos similares al
llanto de un niño. Doroteo empezó a
sobresaltarse cuando los sonidos se fueron convirtiendo en gritos desgarradores
que causaban espanto, y que eran acompañados por una letania o salmodia, mezcla
de canción y oración, cuya cadencia monótona y cancina le sirvió de guía hasta
el pozo del claustro cuya reja oxidada, antes
cerrada, ahora se hallaba abierta y levantada.
Doroteo presa de unos nervios que apenas podía
controlar, se asomó al negro agujero del pozo, en cuyo interior observó unos
húmedos y siniestros peldaños que conducían a su interior; recurriendo a la
responsabilidad que había contraído como vigilante y al espíritu militar que
aún anidaba en lo más profundo de su subconsciente, sin dudarlo se introdujo en el
pozo impulsado por una imperiosa curiosidad; los espeluznantes gemidos habían
cesado, ahora sólo se oía la repetitiva oración y se percibía que el sonido
debía de de ser emitido por varias gargantas, por lo que dedujo que se trataba
de un grupo de personas las que debían de hallarse allí realizando algún tipo
de contubernio .
El joven ex-militar, metido de lleno en su papel de vigilante, avanzó por una galería subterránea en cuyos laterales unos huecos horadados en la roca se hallaban repletos de huesos de los desgraciados que allí fueron enterrados en el pasado.La galería le condujo hasta una amplia nave, en donde unos enormes cirios circundaban el lugar, y allí pudo contemplar a un grupo de unos doce individuos que vestían hábitos de monjes cubriéndoles las cabezas, éstos se hallaban en torno a una mesa de piedra rocosa procediendo a extraer las entrañas de un animal, al tiempo que recitaban y rezaban en un extraño dialecto, como si de un acto litúrgico se tratase.
El joven ex-militar, metido de lleno en su papel de vigilante, avanzó por una galería subterránea en cuyos laterales unos huecos horadados en la roca se hallaban repletos de huesos de los desgraciados que allí fueron enterrados en el pasado.La galería le condujo hasta una amplia nave, en donde unos enormes cirios circundaban el lugar, y allí pudo contemplar a un grupo de unos doce individuos que vestían hábitos de monjes cubriéndoles las cabezas, éstos se hallaban en torno a una mesa de piedra rocosa procediendo a extraer las entrañas de un animal, al tiempo que recitaban y rezaban en un extraño dialecto, como si de un acto litúrgico se tratase.
Doroteo se escuchó a si mismo, cuando su voz trono
coléricamente.
-¡¡A ver, ustedes!! ¿Qué es lo que está pasando
aquí?
Sólo pronunciar aquellas palabras, y antes de que
pudiese decir algo más, los satánicos conjurados salieron corriendo en tropel,
amontonándose y atropellándose unos con otros al huir despavoridos, como si
hubiesen visto al mismísimo diablo.
Al quedar sólo en aquel centenario osario
subterráneo, Doroteo escuchó una inquietante voz recriminarle a sus espaldas.
- ¡Pero alma de cántaro, que has hecho! ¿Pero tú de
qué vas?
Al volverse, Doroteo contempló frente a él a una
muchacha joven, de rostro blanco como la nácar y de rasgos bellísimos, una
melena negra azabache le caía sobre los hombros, tenía el cuerpo cubierto por
unos hábitos de monja, y parecía levitar y flotar, al no tocar los flecos de
sus blancos ropajes en el suelo.
La aparecida observo a Doroteo con curiosidad, y
ante el mutismo provocado en él por su presencia, insistió en su reprimenda al
tiempo que le informaba de la extraña experiencia allí acaecida
- Ya veo que eres una esencia emocional confusa y
perdida, será mejor que te ponga al corriente
La extraña muchacha hablaba de forma pausada, y al tiempo que las palabras salían de su boca, su rostro adoptaba una mueca sarcástica y jocosa.
- Mi nombre es Margarita y por poseer el don de la precognición y conocer el destino, siendo novicia en este convento, fui enjuiciada, sentenciada y condenada a la hoguera, acusada de estar poseída por Satanás y obrar éste a través de mi. Mi cuerpo convertido en cenizas se esparció, pero mi alma inocente quedó aquí recluida a la espera de alcanzar La Luz que me ayude a liberarme de esta dimensión transitoria, proyectándome hacía la deseada Utopía.
La extraña muchacha hablaba de forma pausada, y al tiempo que las palabras salían de su boca, su rostro adoptaba una mueca sarcástica y jocosa.
- Mi nombre es Margarita y por poseer el don de la precognición y conocer el destino, siendo novicia en este convento, fui enjuiciada, sentenciada y condenada a la hoguera, acusada de estar poseída por Satanás y obrar éste a través de mi. Mi cuerpo convertido en cenizas se esparció, pero mi alma inocente quedó aquí recluida a la espera de alcanzar La Luz que me ayude a liberarme de esta dimensión transitoria, proyectándome hacía la deseada Utopía.
- Entonces…
tú… tú… eres un fantasma – Consiguió balbucear Doroteo.
-¡Bueno, bueno! Sin pasarte novato. En realidad yo
prefiero verme como una esencia astral en trance de espera -Respondió
Margarita, no ocultando una natural coquetería femenina-. Creo que he sido
demasiado directa, al intentar ponerte al corriente de lo que aquí sucede. Mira
aquí somos muchos los que nos encontramos en la misma situación –explicó la
muchacha, al tiempo que pensaba para sus adentros “Pero hasta ahora no había
conocido a ninguno tan guapo y apuesto como éste “- y debemos tener la prudencia de bajo ningún
concepto entrar en contacto con los vivos, ni llamar su atención. ¡En cuanto a
esos payasos que has espantado -la voz de Margarita adquirió un tono de irritación y enfado- sólo son unos
mamarrachos que creen que con sus esperpénticas misas negras van a conseguir
tener contacto con nosotros, pero lo
único que estaban consiguiendo era hacer notar este lugar y poniendo en riesgo nuestro
refugio! ¡Y ahora tenías
que llegar tú, y con tu ingenua y torpe inopia, hacer visible al mundo exterior
nuestra singularidad, y poner en peligro nuestro refugio, haciéndonos notar y
convirtiéndonos en vulnerables!
Margarita se interrumpió, y tras un instante de meditación, cogió suavemente las manos de Doroteo y sonriéndole dulcemente, le izó una terrible, pero necesaria revelación.
Margarita se interrumpió, y tras un instante de meditación, cogió suavemente las manos de Doroteo y sonriéndole dulcemente, le izó una terrible, pero necesaria revelación.
-No puedo culparte, pues por el poder que mi don me
concede, puedo ver que has llegado hasta aquí de buena fe, y guiado por el
deseo de concluir asuntos pendientes que te quedaron con tus seres queridos.
Pero has de saber que tu mujer se casó con otro hombre y con él vive una vida
feliz, has de saber también que tu hijo ya es un hombre independiente que no
necesita de ti; pues lo que tú crees que han sido tres años transcurridos desde
que regresaste del horror de aquella guerra, han sido en realidad veintidós… y
es que el paso del tiempo es efímero cuando ya no se pertenece al mundo de los
vivos…
A medida que la pitonisa iba descorriendo los velos
que le impedían ver a Doroteo su propia y actual realidad, se iba disipando
la falsa realidad, que le había tenido sumido en la confusión y en las
brumas, y vagando durante años el espíritu del que un día fue Doroteo el militar.
Ahora, éste iba tomando conciencia, y
asumiendo todo cuanto le había acontecido, y que hasta aquel momento no había
podido percibir.
<<…Sí Doroteo, tú falleciste en un accidente aéreo,
cuando regresabas a tu hogar, ya licenciado de aquella cruenta guerra, y desde
entonces tu alma ha estado vagando confusa, y
creyéndote todavía responsable de tus actos mortales. Ahora ya no
tendrás que penar por tu familia, y ya no serás un alma extraviada, sólo habrás
de aguardar aquí hasta que llegue el
momento en que La Luz
te guíe hasta la empírea Utopía.
- EPÍLOGO-
En lo sucesivo ya nunca más se realizaron en aquel
lugar misas negras, pues a partir de aquella noche, la voz de ultratumba que
atronó en todo el convento, espantó para siempre a aquellos que en vano
buscaban, aquello que un día acabaría encontrándolos a ellos.
El convento fue investigado, escudriñado y
analizado hasta en el último de sus rincones.
Nunca hallaron la más mínima señal de algún fenómeno sobrenatural… Pero dicen, que cuentan algunos, haber visto en las noches de luna llena a través de los ventanales de la biblioteca, unos extraños puntitos fosforescentes girando en torno a si mismos y arrullándose cariñosamente en una danza ritual fantasmagórica, en la cual se asienta la leyenda de los conocidos popularmente como “Los amantes del claustro”.
Nunca hallaron la más mínima señal de algún fenómeno sobrenatural… Pero dicen, que cuentan algunos, haber visto en las noches de luna llena a través de los ventanales de la biblioteca, unos extraños puntitos fosforescentes girando en torno a si mismos y arrullándose cariñosamente en una danza ritual fantasmagórica, en la cual se asienta la leyenda de los conocidos popularmente como “Los amantes del claustro”.
F. López (Fisquero)

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