Última parada París
Eran las cuatro de la madrugada de un mes de Agosto de 1968, cuando el autobús discrecional que hacía la ruta Almería-París, paró en un pueblecito situado en la comarca del Maresme. Tan sólo un pasajero subió al autobús en aquella parada, se trataba de Juan, éste no se molestó en dar los buenos días, ni las buenas noches, a las cinco personas que se hallaban ocupando sus asientos, dispersos y distanciados los unos de los otros a lo largo del autocar.
Juan no estaba de humor para andarse con cortesías y normas de buna urbanidad, aquella noche había discutido con su mujer, el motivo de la disputa era aquel trabajo lejos del hogar, el cual ejercía no por vocación, sino por necesidad, y por el cual se veía obligado a emigrar, permaneciendo fuera de su casa la mayor parte del año. “Quédate, aquí algo habrá en lo que podrás trabajar”, le suplicaba su esposa., siempre que llegaba el momento de marchar. Pero Juan había saboreado las mieles de un trabajo bien reenumerado, y no estaba dispuesto a trabajar por un sueldo de miseria, aunque para ello tuviese que vivir en un país extraño y estar ausente de los suyos.
Los dilemas de Juan y Alicia, ya los conocemos en parte, no ha sí, lo que subyacía en sus subconscientes, y que en realidad, y dada la imprevisibilidad que caracteriza el comportamiento de los seres humanos, ni ellos mismos conocían con certeza.
Dos asientos más atrás, y pegado a la ventanilla, se hallaba Honorato, un joven un tanto retraído y soñador, y que con dieciocho años recién cumplidos era la primera vez que realizaba un viaje que le alejase a tanta distancia de su casa. Se hallaba allí debido a la reiterativa insistencia, que mediante comunicación epistolar, unos parientes que residían en la ciudad de la luz, le habían hecho con la ilusión de conocerle, pues todavía, debido a cuestiones de índole política, y dado el régimen dictatorial en España, no habían tendido ocasión de hacerlo. Enrique, su tío y hermano mayor de su padre, había recabado en la capital parisina tras haber sufrido vivencias terribles; una guerra fratricida en España, en la que había participado defendiendo a un gobierno legal y democrático, para una vez finalizada la contienda y, hallándose en el bando perdedor, pasar por campos de confinamiento franceses y ser incorporado, al presentarse voluntario, en el ejército de la República de Francia, sirviendo bajo la bandera tricolor de la agonizante tercera república , para participar en duros combates contra los invasores nazis, hasta que cayó prisionero y fue deportado e internado en el campo de exterminio de Mauthausen ,donde tras cuatro largos años de horror y sufrimiento, consiguió como superviviente español del holocausto, regresar a Francia, logrando , después de duras vicisitudes, establecerse en la capital de la Luz, dado que a España , habiendo combatido por la Segunda República Española y, habiendo sido declarado apátrida por el gobierno vigente, no le estaba permitido regresar.
Así, ahora intentado complacer a su tío y a su esposa, una normanda, con la que contrajo matrimonio varios años después de establecerse en París, Honorato había acabado embarcándose en aquel viaje, impulsado por la curiosidad y obligado por los lazos familiares, viaje que le rebelaría algunas de las muchas pasiones humanas que movían a las personas, así como también le abriría los ojos, acerca de algunos aspectos y reacciones, que aún pasando normalmente desapercibidos, suelen ser muy comunes en la psicología y comportamientos humanos.
Frente a él, y en uno de los asientos paralelos, una chica de pelo rubio, entradita en carnes y, por cuyo semblante angelical se le podrían calcular unos dieciséis años,y que más tarde resultó ser de nacionalidad francesa y padres españoles, se encontraba acurrucada en su asiento, sin decir una palabra; volvía de pasar unas vacaciones en un pueblo de la Vega Baja del Segura, donde residían sus abuelos por parte paterna, y poseía una capacidad innata para sacar de quicio a cualquiera, con sus capciosas e inoportunas preguntas, acerca de la situación política en España y el comportamiento de los distintos ministros españoles en el cargo de sus correspondientes carteras, fingiendo en forma perversa, un desconocimiento, que no era tal, en temas que en España eran tabú para los españoles.
Nos faltan los dos personajes que se hallaban sentados en los últimos asientos del autobús y que habían permanecido durante toda la noche roncando y durmiendo a pierna suelta, ajenos a todos, y a los pocos incidentes que durante todo el trayecto se habían sucedido.
Estos se hacían llamar Sebastián y Pepito, sus edades rondarían los veinticinco años Y eran… cómo diríamos… especiales. No, no era eso exactamente, digamos para entendernos mejor, que se querían mucho mutuamente, y no precisamente como dos amigos que se aprecien, sino con un amor que resultó ser tormentosa y escandalosamente apasionado.
Al amanecer del primer día de viaje el autocar atravesaba el antiguo túnel de Viella , pasando de la provincia de Lérida a la capital del valle de Arán, produciéndose un fenómeno muy frecuente en aquellos contornos, pero que fue motivo y causa de una gran impresión para los pasajeros, fue el comprobar, cómo al pasar de un lado al otro del túnel, de golpe se encontraron, de hallarse en una soleada y espléndida mañana de verano, a pasar de repente al invierno con un día encapotado, frío y lluvioso. Este túnel resultaba por aquellos tiempos extremadamente angosto, y al pasar por él producía la sensación de entrar en un estrecho tubo de cuya parte superior no cesaba de caer agua, humedeciendo las paredes de roca, y consiguiendo con su cinco mil y pico metros de longitud y una anchura de siete metros para dos carriles, crear sensaciones de verdadera claustrofobia hasta en los más audaces viajeros.
En aquella primera parada en Vilella, y durante el trayecto, amenizados por el sonido de “Un rayo de sol” –la canción del verano de aquel año- , ya los escasos pasajeros del autocar con destino a París, habían tenido ocasión de ir presentándose y conociéndose; unos como Juan, que una vez despertó, y olvidando el mal humor de la noche anterior, dio rienda suelta a su verborrea y charlatanería en ocasiones simpática y cortante, en ocasiones cargante e impertinente, pero que como se pudo comprobar, a Alicia le resultaba de un atracción fascinante.
Otros, como la muchacha francesa, cuyo nombre era Ariana, y poseía el don de la pedantería y el de la indiscreción, preguntando constantemente cosas, de la que los españoles que viajaban en aquel autobús, poco sabían… y mucho menos les importaba, en aquel tiempo, y en aquellos momentos
– ¿Quién es el primer ministro en tú país?
-¿Cuándo se van a celebrar elecciones en España?
¿Por qué no existe el divorcio en vuestro país?
-¿Qué pensáis acerca de los estudiantes que iniciaron las revueltas del pasado mes de mayo en Francia?
-¡Niña! Ya está bien -Le espetó Antonio, el conductor-. Que todavía estamos en España, y nos vas a meter en un lio, como sigas haciendo esas preguntitas.
Mientras tanto los dos pasajeros del fondo del autocar, tan sólo hablaron para presentarse, manteniéndose juntos y sin decir palabra. Antonio, el conductor, que ya les había echado el ojo desde el primer momento, aprovechaba cualquier circunstancia para dirigirse a ellos, llamándoles Romeo y Julieta, lo cual al principio lo encontraron chocante el resto del pasaje, para más adelante convertirse en algo bastante embarazoso, al pasar Antonio de la broma, a la saña, y al percibir la incomodidad de los dos muchachos.
Hay que tener en cuenta que en aquella época la homosexualidad era considerada en España un pecado capital, censurada por la Iglesia y perseguida por la ley, siendo estigmatizados por la sociedad todos aquellos individuos que se fuesen considerados o sospechosos de serlo
Al llegar a Vilella, en el Valle de Arán, Antonio, el conductor que no había dejado de conducir durante más de dieciocho horas seguidas, desde que el autocar partió de Almería, indicó entre bromas y chanzas:
-“Señores, por exigencias del país en el que vamos a cruzar la frontera, a partir de aquí se hará cargo del transporte mi compañero Vincent, que por cierto es su “primer viaje” pero no se preocupen pues acaban de darle el carnet de conducir y lo ha sacado a la primera”
Antonio, continuó acompañándoles hasta finalizar el viaje, y resultó ser un personaje de lo más divertido y a la vez cachondo y calentorro, pues era de la opinión que todas las mujeres habían sido puestas en la tierra por Dios, para que se cruzasen en su camino y poder ser amadas por él, de manera que no había fémina que se pusiese en su camino sin recibir algún piropo, algún requiebro o alguna declaración de amor, según se terciara, en español, en catalán, en aranés o en francés.
Tras varias horas de una severa inspección en la frontera, por fin el autocar pudo pasar a Francia por el puerto del Portillón.
Ya en territorio francés y superados las presentaciones, todos los reunidos allí por las circunstancias y el destino en aquel viaje a París, intentaron ir rompiendo el hielo, unos desgranando y participando de sus penas y pesares, otros contando chistes, y los más aplaudiendo y riendo, e incluso Alicia, olvidando por unos instantes la incertidumbre que la agobiaba, se arrancó en el pasillo del autocar a bailar unas sevillanas, recibiendo con agrado los piropos y requiebros de Juan. A la hora de comer todos compartieron sus viandas, Juan como experto veterano en estos menesteres, había escondido unos chorizos, evitando que estos fuesen requisados por lo gendarmes en la frontera, ofreciéndolos ahora con generosidad a sus nuevos amigos, una bota de vino apareció por arte de magia, acompañando a tan suculento embutido.
A partir de aquel momento las relaciones y la afinidades se fueron definiendo, Juan declaró a Alicia lo sólo que se sentía en una ciudad tan grande como París, ella le confesó la necesidad que tenía de sentir el calor de un abrazo en la noche… y así, fue que en un ver y no visto, ambos pasaron la noche entre abrazos y besos en los últimos asientos del autocar.
Sebastián y Pepito, continuaron aquello que habían comenzado, cuando abandonaron el pueblo del que se habían fugado, huyendo de la incomprensión y la perversa represión que sufrían, debido a la condición que la naturaleza les había concedido, o sea que continuaron amándose intensamente juntos y acurrucados en sus asientos, sin molestar a nadie.
A Honorato por su parte, le fue mostrado un Universo de color, vida y libertad, gracias a la predisposición de Ariana a, siguiendo la corriente del nuevo catecismo contracultural , libertario y pacifista -proclamado por aquella revolución que era conocida como movimiento “hippie”-, ofrecerle a él, la posibilidad de practicar el amor libre con ella, al tiempo que escuchaban juntos la música de “Acuario”, perteneciente al musical Hair , que según Ariana estaba teniendo mucho éxito entre la comunidad de jóvenes en Estados Unidos, y ahora también en Europa.
Así las cocas, envuelto el sonido del motor del autocar con los gemidos y suspiros de placer de las parejas reunidas allí por el inefable destino, Antonio comentaba al conductor del tramo francés:
-Vicent, que cosa tan extraña es el amor. Ya lo ves, hace unas horas ni siquiera se conocían, y ahora ahí los tienes, comiéndose a besos, y disfrutando los unos de los otros, y nosotros, que suerte la nuestra, aquí al pie del cañón trabajando. Como esto llegue a oídos de quien yo me sé, pronto tenemos instalado aquí en el autocar el locutorio de Elena Francis.
Al amanecer, y al despertar los pasajeros, lo primero que pudieron contemplar fueron las aguas del Sena deslizarse bajo el puente de Alejandro III, divisando a lo lejos y entre brumas la sutil y elegante silueta de la Torre Eiffel. Y entonces comprendieron que el viaje había concluido y que habían llegado a París.