-LA LUZ DE LA ESPERANZA-
Un prolongado y agudo silbido avisó
de la puesta en marcha de la locomotora, iniciando así la esperada
peregrinación al corazón de la esperanza y a la mística gruta de los milagros,
lugar donde la fe y el derecho a creer adquieren su máxima
expresión y tienen su razón de ser…
En uno de aquellos once vagones que
componían el llamado “tren de la
esperanza”, viajaba el señor Pepe, militar retirado. Acompañaba a su único hijo,
fruto de un matrimonio tardío, era éste un muchacho de unos veinte años,
tetrapléjico y con parálisis cerebral
absoluta congénita, cuyo aspecto inspiraba compasión a todos cuantos con él se
cruzaban.
El señor Pepe habíase criado y
educado en un ambiente de estricta
religiosidad, en el cual la fe que profesaban era respetada e inculcada tanto
en el seno del hogar como en el entorno social, siendo el Dios al que adoraban,
considerado como un ser omnipotente, omnisciente omnipresente y
a la vez invisible. Y además de todo ello,
también se le atribuían los dones de la
providencia y la misericordia infinitas.
Desde muy niño y amparándose en la
sinceridad que la inocencia concede a esa edad, el señor Pepe
cometió graves pecados capitales de Pereza y Soberbia, al dudar de aquello que no podía verse y que
todo lo podía , todo lo sabía, y además podía estar a un mismo tiempo en todas
partes.
A medida que fue
haciéndose mayor, sus dudas aumentaron
al tiempo que aumentaban sus
capacidades de raciocinio y de discernimiento; llegando su pensamiento analítico a la conclusión
lógica de que las religiones estaban basadas
en un tremendo y gran sin sentido, y
declarando a los cuatro vientos su incredulidad y escepticismo religioso.
Desde muy joven sintió la llamada de la milicia,
a la cual se entregó en cuerpo y alma realizando una labor destacada en las campañas
de África, y siendo testigo de excepción
y uno de los pocos supervivientes del conocido como “desastre de ANNUAL”, donde
por su valor le fue concedida la medalla al sufrimiento.
Dadas las obligaciones que le exigían su
pertenencia al ejército, apenas si tuvo ocasión de relacionarse más que con otros que al igual
que él eran militares, no teniendo más
conocimiento del género femenino que el que muy esporádicamente surgía en alguna fugaz visita a los burdeles
próximos a los cuarteles. Tan sólo
cuando cumplidos los cuarenta, fue
licenciado debido a las secuelas de una vieja herida de guerra, pudo conocer y
entablar una breve relación con una
mujer de su misma edad, y con la cual a
las pocas semanas de haberse conocido, se
desposó en primeras nupcias. A los nueve meses nacía fruto de su
matrimonio un hijo salpicado por el estigma de una maligna degeneración
psíquica y física, al tiempo que la
madre fallecía en el transcurso del parto. Familiares y conocidos le
recriminaron al señor Pepe su irreverente falta de fe religiosa,
culpándole a él, del castigo divino que
en forma de maldición y condena había recaído sobre su vástago y sobre su
esposa.
No permitiendo que el fanatismo y la
depresión hiciesen mella en su espíritu y le hundiesen en el pesimismo y la culpabilidad, el señor Pepe
recurrió a la ciencia médica esperando encontrar remedio al mal que padecía su
hijo. Pero la medicina tradicional tan sólo pudo ofrecerle un diagnóstico de
desahucio físico irreversible, al declararse incapaz de dar solución a su mal.
No resignándose a ver condenada de
por vida a la inocente criatura, su amor de padre le impulsó a buscar el
remedio a la incapacidad de su hijo, en las
ciencias ocultas en posesión de curanderos y sanadores. Viajó hasta
lugares remotos y se internó en aquellos
donde antiguas civilizaciones perdidas dejaron códigos escritos en jeroglíficos, y mensajes ocultos en complejos anagramas criptográficos,
que supuestamente encerraban fórmulas
quiméricas, y poderosas pócimas mágicas capases
de alargar la vida y curar lo incurable.
Pero allá adonde quiera que fuera,
sólo halló estafadores y vendedores de humo los cuales tan solamente ofrecían falsas y vanas esperanzas.
Hundido en la desesperación y la
impotencia, el agnóstico convencido
volvió su mirada a los misterios y dogmas de la religión de sus mayores. Y ahora arribados ya, a la mítica
gruta y, ante el áurea ascética de la marmórea y adorada imagen, que iluminada con la nitidez diáfana de infinidad
de velones y cirios es adorada por cientos de fieles, enfermos y acompañantes; el señor Pepe se siente sobrecogido e
impresionado por la espiritualidad y la
fe ciega y resignada que allí se
respira.
Así, bajo una pertinaz e
imperturbable llovizna, el padre y
penitente arrepentido, se postra e invoca en silencio a aquella fría estatua de mármol -cuya
mirada indiferente se pierde en
la multitud de los allí congregados-, suplicándole
fervientemente que contemple el
lastimoso estado en que se halla su
tullido hijo. Le implora y le ruega la
panacea que la ciencia y la nigromancia han sido incapaces de ofrecerle. Demanda un rayo de Luz y Esperanza,
un milagro, un gesto de misericordia que conceda aquel inocente, cuyo único
delito fue nacer, y que se halla junto a
él condenado y reducido en una silla de ruedas, el derecho a poder vivir
una vida digna, a la que todo ser humano tiene derecho.
Mientras tanto, a la plaza siguen
llegando sin cesar más y más peregrinos y enfermos, unos son conducidos en
sillas de ruedas, otros se arrastran ayudados y apoyándose en muletas; les acompañan familiares y amigos, todos ellos
al igual que el señor Pepe y su hijo,
buscan en aquel lugar de recogimiento espiritual, una señal que les ofrezca una
esperanza del mismo Dios que implacable en sus designios divinos, ha permitido
la ruina física en que se hallan. Todos buscan un gesto de piedad y
misericordia por parte de aquel ser Supremo.
El señor Pepe, militar jubilado,
condecorado con la medalla al valor en
combate, hombre de hondas convicciones morales
y deductivas, y padre desesperado
-que no resignado- ante la anomalía congénita de su hijo, medita en profundo y silencioso recogimiento, y en lo más recóndito de su ser, es consciente del comportamiento de todos
aquellos enfermos y desahuciados que
llamaron a las puertas de las ciencias cultas y también a las ocultas, y al no
obtener contestación, miran ahora al
cielo esperando hallar en él la respuesta y la solución a sus
aflicciones.
Y ahora, al contemplar aquella ingente muchedumbre implorante y
suplicante, comprende la verdadera dimensión del drama colectivo que al igual
que a su hijo, afecta a millones de seres humanos, y reflexiona acerca del inmenso
esfuerzo que ha de representar – por muy omnipotente que sea el Dios invocado-
salvarlos y sanarlos a todos.
Llegado a éste extremo, en lo más
profundo de su corazón, y al tiempo que las lágrimas corren por su rostro, el
viejo rebelde, luchador y agnóstico, ruega con todas sus fuerzas para que esa
gracia divina por la que claman todos los que allí han acudido, tenga a bien
recaer en aquel ser desvalido,
dependiente y vulnerable que es su único hijo.
Deus caritas est
Dios es Amor