Segunda Parte
El pozo de los olvidados
I
El Gran Laberinto
Ya pasaba de la
medianoche cuando Virginia Heins llegado a este punto de la narración, entregó
a su hijo Edgar un diario, diciéndole:
-Aquí podrás encontrar
de puño y letra de tu padre la continuación de su aventura.
Diario de Robert
Heins
“Enero de 1939.
Después de
veinte días atravesando un vasto mar de
helechos, papiros y plantas, y soportando un calor tropical, en un ambiente
donde la vida se hace imposible para el hombre, logramos atravesar este hostil pantano de vegetación flotante; en esta región que no es tierra ni agua,
abundan los cocodrilos, hipopótamos, mosquitos e incestos de todo tipo, así como aves acuáticas extrañas; por fin, alcanzamos el punto en el cual
se funden y unen los dos ríos, el Nilo
Blanco y el Nilo Azul, que conforman el Gran Nilo, y conseguimos llegar a la ciudad de Khartoum.”
-¡Ah! ¡Cuántos
relatos guardan los muros de esta ciudad! -Comentaba el joven Hasin, haciendo gala de sus
conocimientos de Historia- Fue aquí donde El Mahdí Muhammad Ahmad Ibn Abd-Allah,
con la guía y la fuerza de Alá e imbuido de un gran misticismo, a finales del
siglo XIX, logró con el levantamiento
derviche derrotar a Gordon Bajá, el imperialista inglés.
-Sí, así es,
pero también fue aquí en Omdurmán, donde pocos años más tarde Lord
Kitchener les dio un buen escarmiento a esos derviches,
y utilizó el cráneo de El Mahdí como
tintero y como jarra para beber -replicó el circunspecto agente del Foreign Office, mister Singer , señalando a
la orilla opuesta.
A partir de este punto la expedición, entre
comentarios y pequeñas divergencias, continuó el viaje aprovechando el curso del río,
flanqueado en ambas riberas por murallas de montañas de dunas de arena en
constante movimiento, empujadas por el viento del desierto.
A mediados de
Enero el grupo formado por la expedición se instaló en la margen izquierda del río, en un lugar
situado entre la cuarta y la quinta catarata, donde el Nilo adopta la forma del arco. En un entorno
de arenas y rocas rojizas, las tiendas fueron montadas para proteger del sol,
el viento y la arena.
La Montaña Pura , así como todo el valle que a sus pies se encuentra hasta río Nilo, se podían divisar desde el enclave
elegido para el campamento.
Los hombres que
durante el trayecto realizaron la labor
de transportar el equipo, ahora se ocupaba
de las excavaciones, mientras que los escoltas vigilaban, pues existía
el peligro de que bandidos provenientes del desierto los asaltasen.
El profesor
Darward, inspeccionaba el terreno y decidía donde se había de excavar,
buscando encontrar la entrada al hipotético Laberinto; su voluntad, y
determinación eran contagiosas, y todos confiaban en él, para conseguir pronto resultados.
La vida en el
desierto era monótona, la aridez del paisaje invitaba a la contemplación y la
meditación -El mismo profeta Mahoma -comentaba
a menudo Hasim- se sintió inspirado por
este ambiente austero, en el que el calor intenso produce sensaciones extrañas
y cercanas a lo sublime y que suelen dar paso a visiones como espejismos… o
incluso revelaciones divinas.
Muchas fueron
los días y noches que allí habrían de permanecer. Noches cálidas y templadas en las que a la
luz de la luna y bajo un cielo estrellado, los expedicionarios se reunían en
torno a una fogata, y mantenían largas charlas.
Cuando ya habían transcurrido tres meses
excavando y horadando en multitud de rincones del Gran
Templo de Amón, sin haber obtenido
vestigio alguno de El Gran Laberinto, fue Heins el que una noche al resplandor del fuego, preguntó:
-Dígame profesor,
¿En algún momento, no llega usted a dudar de que aquello que estamos buscando
no sea más que una quimera? Pues estamos dando palos de ciego, buscando un
mítico monumento, el cual ni siquiera
sabemos si alguna vez existió, e intentado descifrar un misterio, que puede que
no sea más que una leyenda prducto del imaginario local.
El profesor
acercó hacía sí mismo uno de los leños
que esperaba para ser consumidos por el fuego y dibujo en la arena: E=Mc2.
-¿Reconoce usted
esta fórmula? Es la fórmula de la
energía en reposo. Pues bien ella nos indica que la energía es igual a la masa multiplicada
por la velocidad al cuadrado, y mediante
dicha fórmula y su teoría de la relatividad, un físico alemán llamado Albert Einstein nos
demostró hace apenas treinta años, que muchas de las estrellas que ahora
contemplamos en el firmamento, no son más que un reflejo de lo que una vez fueron, pues lo que realmente vemos es la luz
que emitieron hace millones de años,
y que ahora, tras recorrer la distancia que nos separa de ellas, llega
hasta nosotros…
-Señalando al firmamento, se
tomó un tiempo antes de continuar, con el propósito de que los presentes asimilasen aquello que
les estaba explicando- …Les estoy hablando de una teoría formulada
recientemente, y que desmontó las creencias generalizadas de generaciones y
generaciones durante miles de años. ¿Por qué razón no he de estar yo convencido de encontrar El
Gran Laberinto, del cual escribió Herodoto, y de querer demostrarme a mi
mismo que la fe que profesan los seres humanos mediante sus diferentes creencias religiosas tiene razón de ser, al
creer firmemente en algo Supremo que habrá de otorgar la inmortalidad a los
justos y
a los inocentes, dando así sentido
a sus vidas?
- El
problema profesor, es que cuando esa
fuerza suprema se presente aquí, es muy
posible que no pueda encontrar ninguna
alma que sea justa o inocente, lo
cual, sin duda alguna le va representar una gran decepción -respondió el agente
del Foreign Office, que había estado
escuchando atentamente, y cuya frívola salida
provocó la risa de todos.
Pasaron los días, las semanas y los meses. A
pesar del calor y la soledad, el equipo
mantenía alta la moral, y con ahínco y fe en la idea del profesor, seguían
excavando bajo el ardiente e inclemente sol del desierto de Nubia, y celebrando
con gran algarabía cada hallazgo que hacían, al encontrar algún indicio o pista que les acercase al mítico Laberinto .Todos intuían que cada vez
estaban más cerca de conseguirlo.
El único
contacto con el mundo era una pequeña radio, la cual les conservaba informados de los lúgubres
acontecimientos que se estaban desarrollando en Europa y que amenazaban con el
estallido de una nueva gran guerra
generalizada entre los países del viejo continente.
Una noche cuando
todos dormían sufrieron el ataque de una banda de nómadas asaltadores de caravanas; los encargados de dar escolta y vigilancia a
la expedición estaban
dormidos, y fue el cazador Serps quien dio la voz de alarma, al avisarle un sexto sentido en su
subconsciente, que le despertó alertándolo en mitad de la noche asiéndole
asomar su cabeza fuera de la tienda.
Advirtiendo que las negras figuras de un
grupo de jinetes con las caras cubiertas
y montados en camellos se dirigían al trote en dirección hacia el campamento
con no muy buenas intenciones, dio la voz de alarma.
Se produjo una
gran confusión, rompiendo el silencio de la noche en el desierto los gritos,
improperios y disparos de las armas de fuego.
A pesar del
providencial aviso del cazador, la
sorpresa del repentino ataque dio una
gran ventaja a los bandidos agresores, causando muchas bajas entre los
miembros de la expedición.
Afortunadamente
cuando ya parecía que los
asaltantes iban a conseguir reducir a
los miembros de la expedición, un viento enarenado comenzó a levantarse, aumentando
de forma opresiva y consiguiendo que apenas en unos segundos no se consiguiera ver nada a escasos
centímetros.
Era el Haboob, la tormenta del desierto que en
forma de una enorme montaña de arena se
precipitó sobre el campamento, y como
si de una masa de hierro se tratase,
arrasó y aplastó todo cuanto halló a su
paso.
Los pocos que consiguieron llegar hasta los restos destruidos del templo, se
resguardaron allí de la gran masa de arena que sepultaba todo aquello que
encontraba a su paso.
Cuando la
tormenta pasó, no había rastro alguno de los
frustrados salteadores, pero las
herramientas, la radio, y gran parte del
equipo habían desaparecido, y los
hombres del equipo expedicionario quedaron seriamente mermados, al haber
desaparecido gran parte de ellos, sepultados y engullidos por las arenas del
desierto.
Para continuar
las excavaciones fue preciso que el profesor y Heins,
haciéndose acompañar de Serps, el
cazador, como medida de protección, buscasen pertrechos y hombres en el poblado
más cercano.
Palas y todo lo
necesario para realizar el trabajo si encontraron, pero hombres que les
acompañasen, les fue imposible, al negarse estos alegando motivos religiosos y
supersticiosos.
- Yo me ocupare
de ese asunto, profesor, mañana tendrá su equipo. - Afirmó mister Singer, el
representante del Foring Oficce con rotundidad, al conocer la negativa de los
nativos a querer excavar.
Y efectivamente,
la forma en que lo consiguió, se negó en redondo a explicarla, pero al día siguiente, y tras ocuparse
personalmente el funcionario del Foring
Oficce de ello, un grupo de unos quince individuos ataviados a la usanza árabe
y con turbantes que les ocultaban sus rostros, se presentó en el yacimiento.
Aquella misma
mañana y como consecuencia de los
movimiento de arena producidos por la tormenta, en el Sanctasanctórum, la parte más oculta
y sagrada del templo, quedó al
descubierto un enorme bloque de piedra
que al parecer podría estar bloqueando
la entrada a aquello que tanto tiempo se buscaba.
Una vez
levantado el enorme sillar, hallaron una
escalera de piedra que se hundía en un
profundo y oscuro túnel, y que parecía
conducía a las mismas entrañas de la tierra.
Sólo cuatro personas bajaron a aquel lugar, sellado durante no se sabía
con certeza cuántos miles de años atrás.
El profesor Darward, mister Singer el agente del Foring Oficce, Serps el cazador, y Heins,