El pozo de los olvidados
Primera parte
I
Secretos de familia
1989… En un rincón del sureste español
El joven
Edgard acercó la taza de té a sus labios, y bebiendo en pequeños y pausados sorbos, saboreó la exquisitez
de aquella infusión que su madre le había servido de
una artesanal y antiquísima tetera de acero herencia de varias
generaciones, al tiempo que recordaba
las últimas palabras pronunciadas por su padre en el lecho de muerte.
“- Cuando
viajes a Londres, no dejes de aprovechar
la oportunidad de visitar el Museo
Británico, allí si sabes buscar, encontraras una vitrina, en la que a buen
recaudo se halla un volumen de gran
valor y, en cuyas tapas envejecidas por el paso del tiempo hay grabados unos signos arábigos, que
traducidos, puede leerse:
-Manuscrito de memorias de Yazu
Ullah Al Zafra -
“-Quizá tú
puedas llegar a descifrar los misterios
que encierra, y los cuales yo tan sólo
pude llegar a intuir y
vislumbrar.”
Aquellas palabras pronunciadas por
Robert Heins, profesor de Historia
y arqueólogo
de gran
reputación, colaborador del diario londinense The Daily Mirror y de varias
revistas
científicas, y ex miembro de la
L.R.DG. ( Long Range
Desert Group ) en el Norte de África durante la Segunda Guerra
Mundial, en estado febril, y en sus
últimos momentos de vida, habían despertado la curiosidad de Edgard, su único
hijo, el cual, al comentarlas con su madre, ésta accedió a satisfacer la
curiosidad e interés que las enigmáticas
palabras habían avivado en la imaginación
del muchacho.
Edgard tenía el carácter inquieto de su padre, así como su misma curiosidad y pasión por la investigación, y al igual que él, poseía el espíritu nómada y aventurero que les convertía en apasionados de lo oculto y lo desconocido. Así, apenas cumplió la mayoría de edad, abandonó los estudios y la tutela paterna, para continuando los pasos de su padre, lanzarse a la búsqueda de paraísos perdidos y quimeras soñadas, adoptando el seudónimo de ”Winston Chorver”, con el cual firmaba su antecesor los reportajes y artículos que escribía para diversas revistas científicas y algunos importantes diarios. Ahora, convertido en un audaz y sagaz reportero y, después de catorce años deambulando por los rincones más ignotos y peligrosos del planeta y, tras conocer la dualidad generosa y a la vez perversa de la naturaleza humana, había regresado al hogar ante la inminente muerte de su progenitor.
Habiendo cumplido con el deber moral, y el deseo expreso de su padre en
acompañarle en sus últimos momentos de
vida, y una vez ocurrido el fatal
desenlace, tras llevar a cabo la voluntad
del difunto de ser arrojadas sus cenizas al Mediterráneo, de
nuevo se hallaba ante la atenta y
cariñosa mirada de su madre, en la intimidad de la reducida, pero
confortable salita, de la casita situada
al borde del mar en el Levante español,
desde la cual, dada su situación, se podían contemplar tanto la salida del Sol
como las hermosas puestas del astro rey al decaer el día.
a Aquel era el lugar en el cual habían
fijado los Heins su residencia años atrás, al decidir retirarse a
disfrutar de una dulce vejez .
Virginia Heins
se sirvió a sí misma una taza de de aquel excelente té, traído es profeso de un
remoto lugar de la India,
e inició el relato de los trágicos y fantásticos sucesos que treinta y cinco
años atrás concluyeron con el nacimiento de un gran amor entre ella y el
hombre que hasta su muerte había sido su compañero y amante esposo, amor
que se había mantenido palpitante
hasta el último momento de la vida de éste, e incluso ahora seguía vivo en el
corazón de Virginia.
- Tu padre como
bien sabes, siempre desde muy joven,
sintió una atrayente fascinación hacía todo lo referente a la
arqueología, y muy especialmente
los misteriosos que encierran y guardan las civilizaciones antiguas… -La
mujer inició vacilante el relato de los hechos que condujeron al
hallazgo de aquel Libro, en extrañas circunstancias, que nunca fueron
aclaradas, ni reveladas a nadie- …Fue esa la razón que le impulsó apenas
finalizar sus estudios de arqueología
en la Universidad de Cambridge, ha solicitar la plaza de ayudante en una
expedición dirigida por el prestigioso profesor
Retarc Darward, a un lugar inexplorado
del Alto Egipto y, en la cual fue aceptado dado su excelente expediente académico adquirido y su
conocimiento de lenguas antiguas y
extintas, así como de diferentes dialectos orientales y signos y simbología
de los jeroglíficos egipcios… Amén de
los buenos auspicios de Sir Winston, un pariente lejano, muy bien relacionado
con los estamentos políticos y económicos que regían los intereses de
Inglaterra en aquellos momentos.
Virginia, era
una mujer a la que sus cincuenta y seis años de edad no habían mermado en nada la belleza
y la lozanía de su rostro, cuyos ojos color avellana junto a su piel de
un atractivo tono canela y miel, y su
largo cabello negro azabache, le proporcionaban todavía una semblanza de la seductora y natural belleza que en su
juventud poseyó. Su apellido de soltera era Alebus y provenía de su ascendencia ibérica,
remontándose a los tiempos inmemorables en los cuales el río que recibía ese nombre
puso fin a la vida y conquistas de un
gran guerrero púnico llamado Amílkar
A medida
que los recuerdos acudían a su
memoria, la mujer por cuyas venas corría
sangre árabe fundida con la noble
hidalguía de la raza española, sintió
latente la figura de aquel con
quien había compartido vida, amor y
aventuras, siendo la mayor y más increíble de todas, aquella que iba a
relatar, y de la cual había hecho mención su marido en los últimos
instantes de su vida, como si expresase como última voluntad, el deseo de legar a su hijo el secreto que
durante más de tres décadas habían compartido el matrimonio. Con emoción
contenida Virginia prosiguió su relato.
-Corría el año 1938, Europa se hallaba convulsa en un torbellino
político, económico y social, tenebrosas
y apocalípticas figuras cruzaban los
cielos del Viejo Continente anunciando vientos de guerra y siendo
portadoras de malignos presagios plagados de fratricidios, de miserias, de destrucción y de muerte -Tras
sorber de nuevo, un poco de
té acercando flemáticamente la
taza de cerámica andalusí a sus labios, Virginia suspiró
profundamente como si intentase que
aquello que iba a revelar y compartir con
su hijo, se desprendiese definitivamente
de su alma al hacerlo-. Tu padre contaba en aquel momento veinte años de edad, y tanto su mente como su
cuerpo se hallaban ansiosos de conocimiento
y aventuras. La expedición contaba con el patrocinio de la Real Sociedad
Geográfica, la cual dispuso que una vez
arribase la misma a las míticas fuentes de Nilo abrían de remontar el curso del río, aquel al que llamaban Iteru
en la antigua lengua egipcia, siendo el destino final de la expedición un lugar
entre a la cuarta y la sexta
catarata del Nilo, lugar donde un día
estuvo asentado el Reino de Kush, tierra
de leyendas, desiertos y oro, y punto
aproximado en el cual el profesor Darward había de iniciar sus investigaciones.
Edgard no pudo
reprimir su extrañeza ante las revelaciones que su madre le hacía acerca de
aquella expedición, al parecer tan extraordinaria, en la que su
padre había tomado parte, y de la cual hasta aquel momento había él permanecido
en la más absoluta ignorancia.
-Pero mamá una
expedición de semejante envergadura tuvo
que dejar una huella importante reflejada en los anales de Real Sociedad
Geográfica ¿Cómo es posible qué yo no
haya sabido de ella hasta ahora? ¿Y qué relación guarda con el Manuscrito?
Virginia dejó la
taza de té sobre la mesita que separaba a su hijo de ella, y cogiendo
suavemente las manos de éste, le miró
fijamente a los ojos.
-Edgard, nunca imaginé que tendría que
tratar de explicarte lo que vas a escuchar de mis labios… es un secreto que durante treinta y cinco
años guardemos tu padre y yo. El carácter fantástico y extraño que rodearon
los hechos que te voy a relatar, y los cuales convivimos ambos, nos
inclinaron a conservar y no revelar a nadie todo aquello que vivimos y
experimentemos… no alcanzo a comprender
el porqué tu padre en el último momento
decidió hacerte tal revelación… Pero si era ésa
su voluntad. - Tras un suave suspiro, la mujer concluyó en tono
imperativo-. Ahora te ruego escuches
esta historia desde el principio hasta el final de la misma, y por
increíble y fantástico que te parezca aquello que oigas, no me interrumpas
hasta finalizar todo aquello que voy a contar
y, que quizá te ayude a comprender la razón por la cual nunca escuchaste hablar
de dicha expedición, ni tampoco del
Manuscrito de Yazu Ullah Al Zafra.

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