jueves, 2 de noviembre de 2017

Bernard de Loort y Castll, Duque de Calfax, el testigo templario





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-Bernard de Loort  y Castll, Duque  de Calfax, el testigo templario-


Paseaba aquel atardecer de cielo acerado, meditando cuan imprevisible el destino acaecía en   infinitos  y sucesivos sucesos, invirtiendo el orden de aquello que parecía sujeto y eterno. Así aquellos torreones que un día fueron bastiones inexpugnables de  altiva fortaleza, hoy convertidos en ruinas, y que en un tiempo pasado fueron mudos testigos de  cruentas e innecesarias batallas, marcadas en la Historia como efemérides de la humanidad;  ruinas que a la vez nos hablan de  lo que para unos fueron heroicas victorias, y en cambio para otros injustas  derrotas, hoy tan sólo conservan el difuso recuerdo de un pasado rico, glorioso y en demasiadas  ocasiones  oculto por vergonzoso,  ruinas que son ahora patrimonio de aquellos descendientes y curiosos, que como yo,  hasta aquí se aproximaban deseosos y ansiosos por beber de las fuentes de su historias, leyendas y mitos.
Granada, Córdoba, Toledo, Almería, Murcia y tantos otros  remotos  lugares de España donde dejaron impresas sus huellas, tartesios e iberos,  fenicios, griegos, romanos, godos y visigodos, musulmanes, y por último  cristianos con sus  poderosas y herméticas hermandades de monjes guerreros y  freys  y caballeros templarios.  Puntos  de la geografía en los que sus alcazabas, castillos y palacios nos hablan y cuentan tantos leyendas  y relatos sembrados de misterios e incógnitas.


Así, recordando cuantas tradiciones  y leyendas había tenido ocasión de leer y escuchar de viva voz, contadas por mis mayores, cuyas almas, ahora, ya hacía varias generaciones  habían abandonado sus cuerpos para viajar al más… quién sabe dónde, arribé a aquella perdida ermita, cuyos muros semiderruidos daban cuenta de los muchos años que allí se hallaba abandonada. Cansado de la caminata a lo largo de aquella pista pedregosa y polvorienta, por la que ni siquiera ya las cabras transitaban, me recosté a la sombra de un vigoroso  y vetusto árbol cuyas enormes  ramas debían  en verano proporcionar una buena sombra.

Paré en observar y meditar,  quienes serían los osados constructores de aquellos muros hoy derruidos y convertidos en ruinas, sin duda, pensé, grande y muy fervorosa debía de ser su fe, para atreverse a emprender semejante obra, a tan alejada distancia de cualquier núcleo urbano, y  edificada  con sillares de enormes dimensiones, que la hacían  todavía más enigmática y meritoria.

Fue la casualidad que en ese instante en el cual mi mente intentaba barruntar quien o quienes serían los artífices de semejante gesta, hizo acto de presencia, sin saber cómo ni  de dónde, un personaje de lo más estrafalario y extraño, era este un hombre de unos cuarenta años, de porte altivo y que lucía unas largas barbas, siendo lo más  extravagante en él las ropas con las cuales se cubría, y al decir se cubría era por ser  precisamente una larga capa blanca con vetas rojas, las que se podían apreciar a simple vista, pues lo que hubiese debajo del largo paño, era un enigma.

Se presentó aquel individuo, que en principio tome por una actor de la farándula, pensando  yo para mis adentros, que se pudiese  estar rodando una película por aquellos agrestes parajes; se presentó el susodicho personaje  como Bernard de Loort y Castll, Duque  de Calfax, y a la sazón dueño y señor de aquellas tierras en las que nos hallábamos, incluida las ruinas de la ermita.
Fue en  un gesto grandilocuente que ejecutó  con gran  pompa y solemnidad, que el sujeto en cuestión,  estirado su brazo al tiempo que se presentaba, para señalar toda la extensión que abarcaba la vista,  que  desplegando su capa mostró  el atuendo con que cubría su cuerpo, pudiendo  yo entonces observar, que  vestía un peto de cota de malla plateada, desde la cabeza hasta los pies, y  encima, y cubriéndole el mismo llevaba una larga camisola blanca,  portando sobre  su pecho la cruz patada  de color rojo característica del temple en tierras de la península ibérica.
-¿Qué están ustedes rodando una película sobre los templarios? ¿Descansan ustedes ahora del rodaje?  -Me atreví a aventurar, intentado averiguar algo que tuviese sentido, de aquel  extravagante tipo que ya comenzaba a ponerme nervioso con su bromita y con su manifiesta  tomadura de pelo.
-Por vuestros exóticos ropajes y vuestra singular dicción, adivino que procedéis de tierras lejanas- Me espetó por toda respuesta a mis interrogantes.
-¡Hombre! Cómo actuación ya está bien, y bien está también de tomar el pelo al primero que por aquí a aparecido- Respondí yo, ya bastante aireado.
-¡Ah! ¡Tiempos mejores hemos vivido!  Y aunque siempre en guardia ante innumerables enemigos  hemos sobrevivido, de los que se suponía eran amigos la puñalada fatal recibimos –Comenzó  el que se había presentado como Duque  de Calfax,  recitando en forma  de quejido y  triste letanía, y haciendo caso omiso a mis palabras con su   triste  lamento narró con tal sentimiento, que no fui capaz de protestar, ni  tuve valor para interrumpirle.
-Nueve fueron los que vigilaron el camino a tierra santa que conducía a Jerusalén, defendiendo  al peregrino de bandidos y del  infiel musulmán. Nueve fueron los elegidos para hallar en las ruinas del templo de Salomón las reliquias, tesoros y el  legado mágico y espiritual portador de poder y fortuna.  Hugo de Payns, más ocho, fueron los que viajaron a Europa y fundaron la Orden  de Hospitalarios  y del Temple.
-Oiga, recita usted de maravilla – irrumpí yo, con intención de hacerle notar mi presencia, y  viendo el éxtasis en el que estaba cayendo aquel individuo, del cual ya no sabía yo que pensar, si estaría cachondeándose de mí, si estaría escapado de algún centro psiquiátrico… o lo más descabellado, y aunque muy improbable, no por ello descartable, dado el entorno la hora y la oratoria convincente del aparecido.  Y es que quizá estuviese yo sufriendo alguna  caprichosa alucinación.
-Siglos tuvimos  en los que el blanco de nuestras túnicas fue teñido  de sangre y gloria, en cruentas cruzadas  y desiguales batallas, siempre persiguiendo y soñando con un propósito y un fin transcendental - Prosiguió aquel sujeto, ignorándome totalmente, y    con muestras cada vez más evidentes de ser un lunático -. La fe en un mundo nuevo en el que reinase una sola religión y un solo gobierno regido por una regla estricta y austera nos guiaba. Nuestra fuerza era aquella fe ciega, y la obediencia en la regla del temple, pero sobre todo… el poder que irradiaba y emanaba de los ensalmos y conjuros obtenidos en subterráneos del templo de Salomón, herméticos textos y escritos divinos  que nos proporcionaban riqueza, influencia y poder. Poder para mover voluntades, emprender empresas, seducir mentes, levantar castillos, palacios y templos… y crearnos envidias y traiciones.
-Y así, un día, señalado desde entonces  con el número de la mala suerte, del mes de  octubre  del año 1314, fuimos arrestados y desde entonces perseguidos por un rey nefasto y avaricioso, acusados de los más terribles e imaginables crímenes, abandonados a nuestra suerte por aquellos a los que habíamos jurado lealtad y servido derramando nuestra sangre, se nos torturó, y sometió a vejaciones para conducirnos, bien al degüello, bien a la hoguera… fuego por el cual en este mismo lugar yo mismo fui consumido por ser fiel y leal a una no menos noble y leal causa de los caballeros templarios. Y desde entonces numerosos son los símbolos arquitectónico y cabalísticos que en lugares señalados por las estrellas, dibujados están en la geografía de aquellos lugares en los que levantemos nuestros castillos y templos Chartres,  Amiens,  Bayeux, Evreux,  Reims, París, Compostela, Ávila, Seo de Urgel,  Pisa, o Worms, señales inequívocas que tan sólo el  profano libre de  mezquindad y pecado puede comprender y alcanzar, señales que algún día de nuevo han de brillar y al mundo han de despertar, iniciando de nuevo los mortales la andadura trascendental que una vez comencemos. Yo  soy el testigo que aquí, y hasta llegado ese momento, eternamente habré de advertir y  revelar al cansado caminante, de la traición, la ignominia y el crimen que  puso fin  a  los ideales y  emblemas de nuestra orden, que no a su esencia y espíritu, y así, con esa llama que pervive  y aguarda a ser inflamada, hoy a ti paciente caminante te he podido transmitir, lo que por mi honor obligado estoy a revelar. 
En aquel momento y con la última frase pronunciada, el caballero templario  que se había presentado como Bernard de Loort y Castll, Duque  de Calfax, desapareció al igual que había aparecido, y sin tener el detalle de despedirse.
Yo por mi parte intente  inútilmente buscar algún rastro del equipo técnico del cual podía formar parte aquel tan apasionado profesional que había pasado gran parte de la tarde ensayando su papel en mi presencia.
Al bajar al pueblo en el que me hallaba pasando aquel puente de fin de semana, indagué en el hostal donde me hallaba hospedado, acerca de si se rodaba alguna película o documental por los alrededores, a lo cual, y al escucharme uno de los vecinos del lugar, medio en broma y medio en serio me sugirió si no habría tenido un encuentro con el señor Bernardo, duque y señor de aquellos contornos.
-Puede que así sea –respondí yo-, pues como Bernard de Loort y Castll, se presentó, y afirmaba ser duque y señor…
-Callé usted, hombre – me interrumpió el aldeano, cambiando su buen tono y borrado la sonrisa burlesca de su rostro- Que tan sólo estaba yo bromeando, a ver si va ser verdad que existe el fantasma del cual hablaban los viejos del lugar.
Y entre vivo y vino, el buen hombre me relató que:
- Desde que tenía conocimiento y razón, de siempre había escuchado, pasando de abuelos a padres, y de padres a hijos, el  relato,  que como si de un cuento se tratase, que contaba  la historia del caballero templario, que habiendo resistido en aquel último baluarte, que ahora eran las ruinas -de lo que usted señor visitante, por una ermita tomó-, habiendo resistido  hasta la muerte, prometió antes de  exhalar su último suspiro, que no abandonaría aquellas sus tierras que le habían sido entregadas en encomienda, hasta no ver de nuevo en pie la Orden del Temple, con todo su bagaje transcendental místico y alquímico, puesto al servicio de la fe y la regeneración, transmutación y construcción de las mentes y el conocimiento humanos.
-Y según contaban -proseguía el buen hombre-, eran muchos los que desde entonces habían tenido algún encuentro esporádico y fugaz con Bernard de Loort y Castll, Duque de  Calfax y señor de aquellas tierras, cedidas en encomienda por la Orden del Temple; teniendo la suerte y el honor el visitante de conocerle, y de recibir la información y  la verdad de toda aquella historia, que el destino habiale predestinado a  él, el último templario, a preservar y divulgar eternamente.


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viernes, 6 de enero de 2017

Última para París



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Última parada París


Eran las cuatro de la madrugada de un mes de Agosto de 1968, cuando el autobús discrecional que hacía la ruta Almería-París, paró en un pueblecito situado en la comarca del Maresme. Tan sólo un pasajero subió al autobús en aquella parada, se trataba de Juan, éste no se molestó en dar los buenos días, ni las buenas noches, a las cinco  personas que se hallaban ocupando sus  asientos, dispersos y distanciados los unos de los otros  a lo largo del  autocar.

Juan no estaba de humor para andarse con cortesías y normas de buna urbanidad, aquella noche  había discutido con su mujer, el motivo de la disputa era aquel trabajo lejos del hogar, el cual ejercía no por vocación, sino por necesidad, y por el cual se veía obligado a emigrar, permaneciendo  fuera de su casa la mayor  parte del año. “Quédate, aquí  algo habrá en lo que podrás  trabajar”, le suplicaba su esposa., siempre que llegaba el momento de marchar. Pero Juan había saboreado las mieles de un trabajo bien reenumerado, y no estaba dispuesto a trabajar por un sueldo de miseria, aunque para ello tuviese que vivir en un país extraño y estar ausente de los suyos.

El autocar viajó durante toda la noche sin ninguna incidencia, aprovechando los escasos viajeros para dormitar, enfrascados  y  cavilando cada uno de ellos  con sus  propios problemas.  Alicia, una mujer de unos treinta y cinco años, que se hallaba  en uno de los asientos centrales del autocar, barruntaba en su fuero interno aquello que temía encontrar al llegar a su hogar en París; era muy joven cuando emigró  por primera vez a la capital del país vecino, allí ejerció muchos oficios, escalando poco a poco y consiguiendo  subir en la escala social a medida que aprendía el idioma y se integraba en la comunidad;  comenzó limpiando  escaleras,  para ir  avanzando  como mujer de compañía para enfermos y ancianos, más tarde se empleo como dependienta en una boutique de alta costura, en la que por méritos propios, alcanzó a convertirse en la encargada de pedidos y relaciones públicas de la empresa. Ahora, tras diez años de matrimonio con un ciudadano francés, se encontraba en una terrible encrucijada, al haber descubierto que su marido le era infiel con una mujer más joven que ella. Habiendo abandonado  el hogar conyugal, se había refugiado  durante unos días en casa de sus padres en España, pero tras meditarlo, y pensar en lo mucho que había luchado para conseguir aquello que había conseguido con tanto esfuerzo y trabajo, decidió volver; pero temía encontrar al llegar a su casa en París, a su marido en los brazos de aquella muchacha de largas piernas y bonito cuerpo de piel  blanca  como la  nácar, de nuevo  tal y como los encontró aquella mañana, al regresar a su casa, en un momento que no debía, en busca de unos documentos olvidados,. Allí estaban desnudos los dos en su propio lecho, acariciándose y haciéndose el amor, como hacía mucho tiempo que su marido  no se lo hacía a ella.  Alicia  no montó ninguna escena, ni siquiera  hubo reproche alguno, simplemente cogió algunas prendas las introdujo en la maleta y se marchó de París.

Los dilemas de  Juan  y Alicia, ya los conocemos en parte, no ha sí, lo que subyacía en sus subconscientes, y que en realidad, y dada la imprevisibilidad que caracteriza el comportamiento de los seres humanos, ni ellos mismos  conocían con certeza.

Dos asientos más atrás, y pegado a la ventanilla, se hallaba Honorato, un joven un tanto retraído y soñador, y que con dieciocho años recién cumplidos era la primera vez que realizaba un viaje  que le alejase  a tanta distancia de su casa. Se hallaba allí debido a la reiterativa  insistencia, que mediante  comunicación epistolar, unos  parientes que residían en la ciudad de la luz, le habían hecho  con la ilusión de conocerle, pues todavía, debido a cuestiones de índole  política, y dado el régimen  dictatorial  en España,  no habían tendido ocasión de hacerlo. Enrique, su tío y  hermano mayor de su padre, había recabado en la capital parisina tras haber sufrido vivencias terribles; una guerra fratricida en España, en la que había participado defendiendo a un gobierno legal y democrático, para una vez finalizada la contienda y, hallándose en el bando perdedor, pasar por campos de confinamiento franceses y ser incorporado, al  presentarse voluntario, en el ejército de la República  de Francia, sirviendo  bajo  la bandera tricolor de la agonizante tercera república , para participar   en duros combates contra los invasores nazis, hasta que cayó prisionero y  fue deportado  e internado en el campo de exterminio de  Mauthausen ,donde tras cuatro largos años de horror y sufrimiento, consiguió  como superviviente español del holocausto,  regresar a Francia, logrando , después de duras vicisitudes, establecerse en la capital de la Luz, dado que a  España , habiendo combatido por la Segunda República Española  y, habiendo sido declarado apátrida por el gobierno vigente, no  le estaba permitido regresar.

Así, ahora intentado complacer a su tío y a su esposa, una normanda, con la que contrajo matrimonio varios años después de establecerse en París, Honorato había acabado embarcándose en aquel  viaje, impulsado por la curiosidad y obligado por los lazos familiares, viaje  que le rebelaría algunas de las muchas pasiones humanas que movían a las personas, así  como  también le abriría los ojos, acerca  de algunos aspectos y reacciones, que aún pasando normalmente desapercibidos, suelen ser muy comunes en  la psicología  y comportamientos humanos.

Frente a él,  y en uno de los asientos paralelos, una chica de pelo rubio, entradita en carnes y, por cuyo semblante angelical  se le podrían calcular  unos dieciséis años,y que más  tarde resultó  ser de nacionalidad francesa y padres españoles, se encontraba acurrucada  en su asiento, sin decir una palabra; volvía de pasar unas vacaciones en un pueblo de  la Vega Baja del Segura, donde residían  sus abuelos por parte paterna, y poseía una capacidad innata para sacar de quicio a cualquiera, con sus capciosas e inoportunas preguntas, acerca de la situación política en España y el comportamiento de los distintos ministros españoles en el cargo de sus correspondientes carteras, fingiendo en forma perversa, un desconocimiento, que no era tal, en  temas que en España eran tabú para los españoles.

Nos faltan los dos personajes que se hallaban sentados  en los últimos asientos del autobús y que habían permanecido durante toda la noche roncando y durmiendo a pierna suelta, ajenos a todos, y a los pocos incidentes que durante todo el trayecto se habían sucedido.

Estos se hacían  llamar Sebastián y Pepito, sus edades rondarían los veinticinco años  Y eran… cómo diríamos…  especiales. No, no era eso exactamente, digamos para entendernos mejor, que se querían mucho mutuamente,  y no precisamente  como  dos amigos  que se aprecien, sino con un amor que resultó ser  tormentosa y escandalosamente apasionado.


Al amanecer del primer día de viaje el autocar  atravesaba el antiguo  túnel de Viella , pasando de la provincia de Lérida a la capital del valle de Arán,  produciéndose un fenómeno  muy frecuente en aquellos contornos, pero que fue motivo y  causa de una gran  impresión para los pasajeros, fue  el comprobar, cómo al  pasar de  un lado al otro del túnel, de  golpe se encontraron, de hallarse en una soleada y espléndida  mañana de  verano, a pasar de repente al invierno con un día encapotado, frío  y lluvioso. Este  túnel resultaba  por aquellos tiempos extremadamente angosto, y al pasar por él  producía la sensación de  entrar en un estrecho tubo de cuya parte superior no cesaba de caer agua, humedeciendo las paredes de roca, y consiguiendo con su  cinco mil y pico metros de longitud y una anchura de siete metros para dos carriles, crear sensaciones de verdadera claustrofobia hasta en los más audaces viajeros.

En aquella primera parada en Vilella, y durante el trayecto, amenizados  por el sonido de “Un rayo de sol” –la canción del verano de aquel año- , ya los escasos  pasajeros del autocar con destino  a París, habían tenido ocasión de ir  presentándose  y conociéndose;  unos como Juan, que una vez despertó, y olvidando el mal humor de la noche anterior, dio rienda suelta  a  su verborrea  y charlatanería en ocasiones simpática y cortante,  en ocasiones cargante e impertinente,  pero que como se pudo comprobar, a Alicia le resultaba  de un atracción fascinante.

Otros, como la muchacha francesa, cuyo nombre era Ariana,  y poseía el don de la pedantería y el de la indiscreción, preguntando constantemente cosas, de la que los españoles que viajaban  en aquel autobús, poco sabían… y mucho menos les importaba, en  aquel tiempo, y en aquellos momentos

– ¿Quién es el primer ministro  en tú país?

-¿Cuándo se van a celebrar elecciones en España?

¿Por qué no existe el divorcio en vuestro país?

-¿Qué pensáis acerca de  los estudiantes que iniciaron las revueltas  del pasado mes de  mayo en Francia?

-¡Niña! Ya está bien  -Le espetó Antonio, el conductor-. Que todavía estamos en España, y  nos vas a meter en un lio, como sigas haciendo esas preguntitas.

Mientras tanto los dos pasajeros del fondo del autocar, tan sólo hablaron para  presentarse, manteniéndose juntos y sin decir palabra.  Antonio, el conductor, que ya les había echado el ojo desde el primer momento, aprovechaba  cualquier circunstancia para dirigirse a ellos, llamándoles Romeo y Julieta, lo cual al principio lo encontraron chocante el resto del pasaje, para  más adelante  convertirse en algo bastante embarazoso, al pasar  Antonio de la broma, a la saña, y al percibir  la incomodidad de los dos muchachos.

Hay que  tener en cuenta que en aquella época la homosexualidad  era  considerada en España un pecado capital, censurada por la Iglesia y perseguida por la ley, siendo estigmatizados por la sociedad todos aquellos  individuos que se fuesen considerados o sospechosos de serlo

Al llegar a Vilella, en el Valle de Arán, Antonio, el conductor que no había dejado de  conducir durante más de dieciocho  horas seguidas, desde que el autocar partió de Almería,  indicó entre bromas y chanzas:

 -“Señores, por exigencias del país en el que vamos a cruzar la frontera, a partir de aquí se hará  cargo del transporte mi compañero Vincent, que por cierto es su “primer viaje” pero no se preocupen pues acaban de darle el carnet de conducir y lo ha sacado a la primera”

Antonio, continuó  acompañándoles  hasta finalizar el viaje,  y resultó ser un personaje de lo más divertido y a la vez cachondo  y calentorro, pues era de la opinión que todas  las mujeres habían sido  puestas en la tierra por Dios, para   que se cruzasen en su camino y poder ser amadas  por él, de manera que no había fémina que se pusiese en su camino sin recibir algún piropo, algún requiebro o alguna declaración de amor,  según se terciara, en español, en catalán, en aranés o en francés.

Tras varias horas de una severa inspección en la frontera, por fin el autocar pudo pasar a Francia  por el puerto del Portillón.

Ya en territorio francés y superados las presentaciones, todos  los reunidos allí  por las circunstancias y el destino  en aquel viaje a París, intentaron ir rompiendo el hielo, unos desgranando y participando de sus penas y pesares, otros  contando chistes, y los más  aplaudiendo y riendo, e incluso Alicia, olvidando por unos instantes  la incertidumbre que  la agobiaba, se arrancó en el pasillo del autocar a bailar unas sevillanas, recibiendo con agrado los piropos y requiebros de Juan.  A la hora de comer  todos compartieron sus  viandas, Juan como experto veterano  en estos menesteres, había escondido unos chorizos, evitando que estos fuesen requisados por lo gendarmes en la frontera,  ofreciéndolos ahora con generosidad a sus nuevos amigos, una bota de vino apareció por arte de magia, acompañando   a tan suculento embutido.

A partir de aquel  momento las relaciones y la afinidades se fueron definiendo, Juan declaró a Alicia lo sólo que se sentía en una  ciudad tan grande como París, ella le confesó la necesidad que tenía de  sentir el calor de un abrazo en la noche… y así, fue que en un ver y no visto, ambos pasaron la noche entre abrazos  y besos en los últimos asientos del autocar.

Sebastián y Pepito, continuaron aquello que habían comenzado, cuando abandonaron  el pueblo del que se habían fugado, huyendo de la incomprensión y  la perversa represión que sufrían, debido a la  condición que la  naturaleza les  había concedido, o sea  que  continuaron amándose intensamente  juntos y acurrucados  en sus asientos, sin molestar a nadie.

 A Honorato por su parte, le fue mostrado  un Universo de color, vida y libertad, gracias a la predisposición de Ariana a, siguiendo la corriente del  nuevo catecismo  contracultural , libertario y pacifista -proclamado por aquella revolución que   era conocida  como  movimiento “hippie”-, ofrecerle a él, la posibilidad de practicar el amor libre con ella,  al tiempo que escuchaban juntos la música de “Acuario”, perteneciente al musical  Hair , que según Ariana estaba teniendo mucho éxito entre la comunidad  de jóvenes  en  Estados Unidos, y ahora también en Europa.

Así las cocas, envuelto el sonido del motor del autocar con los gemidos y suspiros de placer  de las parejas reunidas allí por el inefable destino, Antonio comentaba al  conductor del tramo francés:

-Vicent, que cosa tan extraña es el amor. Ya lo ves, hace unas horas ni siquiera se conocían, y ahora ahí los tienes, comiéndose a besos, y  disfrutando los unos de los otros, y nosotros, que suerte la nuestra, aquí al pie del cañón trabajando. Como esto llegue a oídos de quien yo me sé, pronto tenemos instalado aquí  en el autocar el locutorio de Elena Francis.

Al amanecer, y al despertar los pasajeros, lo primero que  pudieron contemplar  fueron las aguas del Sena deslizarse  bajo el puente  de Alejandro III, divisando a lo lejos y entre brumas  la sutil y elegante silueta de la Torre Eiffel. Y entonces comprendieron  que el viaje había concluido y  que habían llegado a París.



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