-Bernard de Loort
y Castll, Duque de Calfax, el
testigo templario-
Paseaba aquel atardecer de cielo acerado,
meditando cuan imprevisible el destino acaecía en infinitos
y sucesivos sucesos, invirtiendo el orden de aquello que parecía sujeto
y eterno. Así aquellos torreones que un día fueron bastiones inexpugnables
de altiva fortaleza, hoy convertidos en
ruinas, y que en un tiempo pasado fueron mudos testigos de cruentas e innecesarias batallas, marcadas en
la Historia como efemérides de la humanidad;
ruinas que a la vez nos hablan de
lo que para unos fueron heroicas victorias, y en cambio para otros
injustas derrotas, hoy tan sólo
conservan el difuso recuerdo de un pasado rico, glorioso y en demasiadas ocasiones
oculto por vergonzoso, ruinas que
son ahora patrimonio de aquellos descendientes y curiosos, que como yo, hasta aquí se aproximaban deseosos y ansiosos
por beber de las fuentes de su historias, leyendas y mitos.
Granada, Córdoba, Toledo, Almería, Murcia
y tantos otros remotos lugares de España donde dejaron impresas sus
huellas, tartesios e iberos, fenicios,
griegos, romanos, godos y visigodos, musulmanes, y por último cristianos con sus poderosas y herméticas hermandades de monjes
guerreros y freys y caballeros templarios. Puntos
de la geografía en los que sus alcazabas, castillos y palacios nos
hablan y cuentan tantos leyendas y
relatos sembrados de misterios e incógnitas.
Así, recordando cuantas tradiciones y leyendas había tenido ocasión de leer y
escuchar de viva voz, contadas por mis mayores, cuyas almas, ahora, ya hacía
varias generaciones habían abandonado
sus cuerpos para viajar al más… quién sabe dónde, arribé a aquella perdida
ermita, cuyos muros semiderruidos daban cuenta de los muchos años que allí se
hallaba abandonada. Cansado de la caminata a lo largo de aquella pista
pedregosa y polvorienta, por la que ni siquiera ya las cabras transitaban, me
recosté a la sombra de un vigoroso y
vetusto árbol cuyas enormes ramas debían en verano proporcionar una buena sombra.
Paré en observar y meditar, quienes serían los osados constructores de
aquellos muros hoy derruidos y convertidos en ruinas, sin duda, pensé, grande y
muy fervorosa debía de ser su fe, para atreverse a emprender semejante obra, a
tan alejada distancia de cualquier núcleo urbano, y edificada
con sillares de enormes dimensiones, que la hacían todavía más enigmática y meritoria.
Fue la casualidad que en ese instante en
el cual mi mente intentaba barruntar quien o quienes serían los artífices de
semejante gesta, hizo acto de presencia, sin saber cómo ni de dónde, un personaje de lo más estrafalario
y extraño, era este un hombre de unos cuarenta años, de porte altivo y que
lucía unas largas barbas, siendo lo más
extravagante en él las ropas con las cuales se cubría, y al decir se
cubría era por ser precisamente una larga
capa blanca con vetas rojas, las que se podían apreciar a simple vista, pues lo
que hubiese debajo del largo paño, era un enigma.
Se presentó aquel individuo, que en
principio tome por una actor de la farándula, pensando yo para mis adentros, que se pudiese estar rodando una película por aquellos
agrestes parajes; se presentó el susodicho personaje como Bernard de Loort y Castll, Duque de Calfax, y a la sazón dueño y señor de
aquellas tierras en las que nos hallábamos, incluida las ruinas de la ermita.
Fue en un gesto grandilocuente que
ejecutó con gran pompa y solemnidad, que el sujeto en
cuestión, estirado su brazo al tiempo
que se presentaba, para señalar toda la extensión que abarcaba la vista, que
desplegando su capa mostró el
atuendo con que cubría su cuerpo, pudiendo
yo entonces observar, que vestía
un peto de cota de malla plateada, desde la cabeza hasta los pies, y encima, y cubriéndole el mismo llevaba una
larga camisola blanca, portando
sobre su pecho la cruz patada de color rojo característica del temple en
tierras de la península ibérica.-¿Qué están ustedes rodando una película sobre los templarios? ¿Descansan ustedes ahora del rodaje? -Me atreví a aventurar, intentado averiguar algo que tuviese sentido, de aquel extravagante tipo que ya comenzaba a ponerme nervioso con su bromita y con su manifiesta tomadura de pelo.
-Por vuestros exóticos ropajes y vuestra singular dicción, adivino que procedéis de tierras lejanas- Me espetó por toda respuesta a mis interrogantes.
-¡Hombre! Cómo actuación ya está bien, y bien está también de tomar el pelo al primero que por aquí a aparecido- Respondí yo, ya bastante aireado.
-¡Ah! ¡Tiempos mejores hemos vivido! Y aunque siempre en guardia ante innumerables enemigos hemos sobrevivido, de los que se suponía eran amigos la puñalada fatal recibimos –Comenzó el que se había presentado como Duque de Calfax, recitando en forma de quejido y triste letanía, y haciendo caso omiso a mis palabras con su triste lamento narró con tal sentimiento, que no fui capaz de protestar, ni tuve valor para interrumpirle.
-Nueve fueron los que vigilaron el camino a tierra santa que conducía a Jerusalén, defendiendo al peregrino de bandidos y del infiel musulmán. Nueve fueron los elegidos para hallar en las ruinas del templo de Salomón las reliquias, tesoros y el legado mágico y espiritual portador de poder y fortuna. Hugo de Payns, más ocho, fueron los que viajaron a Europa y fundaron la Orden de Hospitalarios y del Temple.
-Oiga, recita usted de maravilla – irrumpí yo, con intención de hacerle notar mi presencia, y viendo el éxtasis en el que estaba cayendo aquel individuo, del cual ya no sabía yo que pensar, si estaría cachondeándose de mí, si estaría escapado de algún centro psiquiátrico… o lo más descabellado, y aunque muy improbable, no por ello descartable, dado el entorno la hora y la oratoria convincente del aparecido. Y es que quizá estuviese yo sufriendo alguna caprichosa alucinación.
-Siglos tuvimos en los que el blanco de nuestras túnicas fue teñido de sangre y gloria, en cruentas cruzadas y desiguales batallas, siempre persiguiendo y soñando con un propósito y un fin transcendental - Prosiguió aquel sujeto, ignorándome totalmente, y con muestras cada vez más evidentes de ser un lunático -. La fe en un mundo nuevo en el que reinase una sola religión y un solo gobierno regido por una regla estricta y austera nos guiaba. Nuestra fuerza era aquella fe ciega, y la obediencia en la regla del temple, pero sobre todo… el poder que irradiaba y emanaba de los ensalmos y conjuros obtenidos en subterráneos del templo de Salomón, herméticos textos y escritos divinos que nos proporcionaban riqueza, influencia y poder. Poder para mover voluntades, emprender empresas, seducir mentes, levantar castillos, palacios y templos… y crearnos envidias y traiciones.
-Y así, un día, señalado desde entonces con el número de la mala suerte, del mes de octubre del año 1314, fuimos arrestados y desde entonces perseguidos por un rey nefasto y avaricioso, acusados de los más terribles e imaginables crímenes, abandonados a nuestra suerte por aquellos a los que habíamos jurado lealtad y servido derramando nuestra sangre, se nos torturó, y sometió a vejaciones para conducirnos, bien al degüello, bien a la hoguera… fuego por el cual en este mismo lugar yo mismo fui consumido por ser fiel y leal a una no menos noble y leal causa de los caballeros templarios. Y desde entonces numerosos son los símbolos arquitectónico y cabalísticos que en lugares señalados por las estrellas, dibujados están en la geografía de aquellos lugares en los que levantemos nuestros castillos y templos Chartres, Amiens, Bayeux, Evreux, Reims, París, Compostela, Ávila, Seo de Urgel, Pisa, o Worms, señales inequívocas que tan sólo el profano libre de mezquindad y pecado puede comprender y alcanzar, señales que algún día de nuevo han de brillar y al mundo han de despertar, iniciando de nuevo los mortales la andadura trascendental que una vez comencemos. Yo soy el testigo que aquí, y hasta llegado ese momento, eternamente habré de advertir y revelar al cansado caminante, de la traición, la ignominia y el crimen que puso fin a los ideales y emblemas de nuestra orden, que no a su esencia y espíritu, y así, con esa llama que pervive y aguarda a ser inflamada, hoy a ti paciente caminante te he podido transmitir, lo que por mi honor obligado estoy a revelar.
En aquel momento y con la última frase pronunciada, el caballero templario que se había presentado como Bernard de Loort y Castll, Duque de Calfax, desapareció al igual que había aparecido, y sin tener el detalle de despedirse.
Yo por mi parte intente inútilmente buscar algún rastro del equipo técnico del cual podía formar parte aquel tan apasionado profesional que había pasado gran parte de la tarde ensayando su papel en mi presencia.
Al bajar al pueblo en el que me hallaba pasando aquel puente de fin de semana, indagué en el hostal donde me hallaba hospedado, acerca de si se rodaba alguna película o documental por los alrededores, a lo cual, y al escucharme uno de los vecinos del lugar, medio en broma y medio en serio me sugirió si no habría tenido un encuentro con el señor Bernardo, duque y señor de aquellos contornos.
-Puede que así sea –respondí yo-, pues como Bernard de Loort y Castll, se presentó, y afirmaba ser duque y señor…
-Callé usted, hombre – me interrumpió el aldeano, cambiando su buen tono y borrado la sonrisa burlesca de su rostro- Que tan sólo estaba yo bromeando, a ver si va ser verdad que existe el fantasma del cual hablaban los viejos del lugar.
Y entre vivo y vino, el buen hombre me relató que:
- Desde que tenía conocimiento y razón, de siempre había escuchado, pasando de abuelos a padres, y de padres a hijos, el relato, que como si de un cuento se tratase, que contaba la historia del caballero templario, que habiendo resistido en aquel último baluarte, que ahora eran las ruinas -de lo que usted señor visitante, por una ermita tomó-, habiendo resistido hasta la muerte, prometió antes de exhalar su último suspiro, que no abandonaría aquellas sus tierras que le habían sido entregadas en encomienda, hasta no ver de nuevo en pie la Orden del Temple, con todo su bagaje transcendental místico y alquímico, puesto al servicio de la fe y la regeneración, transmutación y construcción de las mentes y el conocimiento humanos.
-Y según contaban -proseguía el buen hombre-, eran muchos los que desde entonces habían tenido algún encuentro esporádico y fugaz con Bernard de Loort y Castll, Duque de Calfax y señor de aquellas tierras, cedidas en encomienda por la Orden del Temple; teniendo la suerte y el honor el visitante de conocerle, y de recibir la información y la verdad de toda aquella historia, que el destino habiale predestinado a él, el último templario, a preservar y divulgar eternamente.
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