-El demiurgo. Un mundo de mentes perfectas-
“Buscando al constructor del edificio,
he recorrido sin pausa el trayecto circular de muchas vidas. Ahora te he
encontrado y he penetrado en tu ser ¡Nunca más me construirás casa alguna!”
Gustav Meyrink, inspirado en Buda Gautama
El
reloj marcaba las cuatro de la madrugada
cuando el profesor Vicent Moro, ajeno a haber pasado una noche más analizando los resultados de los ensayos en su máquina
neuroanalizadora transmutatoria de
neuronas, observó con
excitación algo distinto, a aquello que había observado anteriormente después de largos años de noches en vela, y que
había registrado minuciosamente en un cuaderno, en cuya cubierta, y a forma de
Epígrafe podía leerse: Experimentos,
conclusiones y rectificaciones de las células y ramificaciones nerviosas en
el cerebro, que conducen a la criminalidad.
Durante los últimos
cinco años el profesor Vicent había pasado largas noches en blanco, investigando las alteraciones de
conductas debidas a enfermedades neuropsicológicas, así como la naturaleza de la química que unían el
intrincando entramado de ramificaciones nerviosas del
cerebro, el cerebelo y el tallo
encefálico, pero fue en aquel preciso momento,
cuando algo ocurrió en la máquina
neurotransmutadora que llamó la atención del profesor, fue algo que
afectaba a los lóbulos frontales responsables del pensamiento consciente y que
reflejado en los
manómetros, alertaban de una incidencia, anomalía esta,
que iba a resultar transcendental para el futuro devenir
de la humanidad.
Una extraña sensación galvanizante recorrió la espina dorsal del profesor, al
comprobar que los registros reflejados por las manecilla,
coincidían exactamente, con aquello que en teoría perseguía
y, tenía como propósito, dar por fin, solución a la mezquindad y la maldad que
desde el principio de los tiempos albergaba en lo más profundo del
subconsciente de los humanos, arrancándolas
de raíz de su alma, y extirpando para siempre la mala semilla de los
instintos primitivos ubicados en el cerebro de algunos de ellos,
sustituyéndolos por la razón, y
eliminado la simiente imperfecta
que provoca (al margen de las
influencias de los llamados reflejos condicionantes) la inclinación a la delincuencia, la brutalidad, el crimen y la
violencia. El propósito al que en teoría
estaba destina la máquina neuroanalizadora, era, y tenía como fin, conseguir
erradicar de la faz de la tierra, las lacras provocadas por la
imperfección de la neuronas que marcaban el mal
comportamiento de la mente.
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-¡Vicent eres un
ingenuo sin remedio! -Ya había transcurrido un lustro desde que Antoni Duarte,
comisario de policía de la Metrópolis de
Calafia, había expresado sin delicadeza alguna, lo que pensaba acerca de
las esperanzas de su buen amigo respecto
a acabar algún día con la delincuencia y
el crimen, que amenazaban con acabar con el orden y la paz del país -He de reconocer que lamentablemente los índices de criminalidad se han disparado en
la en los últimos tres meses…
El Comisario Duarte, máximo responsable de la
comisaria Metropolitana, aprovechaba aquellos minutos de asueto matutino en la cafetería Paulina, para cambiar
impresiones con su amigo de toda la vida, el neurocirujano y psiquiatra,
Director
del Centro Psiquiátrico Penitenciario
de la ciudad, el profesor Vincent Moro; ambos y merced a diferentes
vericuetos del destino, habían coincidido
en el desempeño de sus
respectivas profesiones en varias ocasiones, y últimamente su relación
se había estrechado al hallarse desempeñando sus correspondientes funciones en el mismo distrito.
-Asaltos a viviendas,
violaciones, asesinatos, parricidios, homicidios, desapariciones, robos a mano armada, violencia familiar, delitos contra la salud pública, mafias,
bandas organizadas, etc., etc., son el pan de cada día…- Prosiguió el comisario
haciendo balance de la pésima situación de su departamento- , y ahora por si
fuese poco tenemos encima la amenaza del terrorismo yihadista. Y
lo peor es que cada vez aumentan más los casos de delitos en los que se conculcan la crueldad e inmisericordia más absolutas. Vicent, amigo
mío, jamás conseguirás, ni tú, ni nadie, erradicar la idiotez que alberga en
las mentes de los delincuentes, ni los
instintos naturales que les lleva a
algunos a cometer sus crímenes, y a otros a drogarse y beber hasta embotar sus
deficientes cerebros, para conseguir con ello
imbuirse el suficiente valor que les permita cometer sus salvajadas y
desmanes- Sentenció el comisario, y a continuación acabó de un sorbo su café ya
frio.
-¡Ah! Comisario que me
vas a decir a mí -comentó un hombrecillo de mirada aguda y voz chillona que se
encontraba a su lado-, yo como Director
técnico de los servicios sociales de la
cárcel modelo, y debido a mi cargo, observo con preocupación que cada vez son más jóvenes los ingresados
por delitos de extrema gravedad, jóvenes
que a pesar de su juventud ya nos llegan con un amplio historial delictivo, y
cargados de un triste bagaje familiar de
desestructuración, en cuyas mentes
y genes llevan impresos la patología
criminal, factores que les convierte en su mayor parte en irrecuperables.
- ¡Efectivamente! Tú lo has dicho Jeremías, y nadie mejor tú para opinar, que has sido premiado en
numerosas ocasiones por tus logros y
estudios de la psicología humana y
patología criminal; sí. tú lo has dicho,
todo está en la mente -afirmó con rotundidad el profesor Vincent- Yo, también, y dado el puesto que ocupo como Director del Centro
Psiquiátrico Penitenciario, he de tratar
y ver todos los días casos
espeluznantes, los cuales pondrían los pelos de punta al más valiente y
bragado. Drogadictos, esquizofrénicos, psicópatas, paranoicos, trastornos de la
personalidad con delirios psicóticos y sádicos, pederastas, parricidas, menores
de edad, algunos de ellos que aunque en
apariencia pueden resultar inofensivos… -El rostro del profesor Vincent se contrajo en una mueca de impotencia y de
repulsa-, resultan en su mayoría ser
verdugos ejecutores de los crímenes más espantosos. Y es que, es sobre mí, sobre quien recae la penosa tarea de tener que declarar inimputables
a muchos de ellos, que en ocasiones son
responsables de los más execrables y perversos crímenes. Soy yo quien de
alguna manera les absuelve de sus crímenes y pecados, dado que la ley debido a
sus enfermedades mentales, les contempla como inocentes de sus actos… Pero eso
sí, mucho cuidado, al margen de ese llamémosle “privilegio” de las enfermedades
de la mente, no debemos menospreciar el
dato, de que entre estos “privilegiados de la ley” los hay que poseen unas mentes
extraordinarias con unos coeficientes mentales superiores a la media, y
que ni son drogadictos, ni borrachos, lo cual no impide que realicen robos,
violaciones, corrupciones y asesinatos. Y es que precisamente
esas mentes extraordinarias, y en cierta medida…, admirables, son a la vez,
capaces de maquinar los actos más
depravados y deleznables, y son sus
cerebros los que hay que estudiar,
moldear y reconducir, para limpiar y
erradicar de ellos todo lo negativo y aprovechar lo positivo.
- Sí, y por eso, ya han pasado más de cien años, en los
cuales habéis tenido tiempo vosotros
psicólogos, psiquiatras y científicos de escudriñar el cerebro humano, y en cuyo tiempo no habéis logrado avanzar
mucho…, por no decir nada -Objetó en tono sarcástico el comisario, al tiempo que de nuevo acercaba la taza vacia de café
a sus labios.
-
No creo que seas tú quien para opinar sobre un tema del que conoces prácticamente muy poco -Refunfuño Jeremias, desde la autoridad que le concedía
el ser el Director técnico de los servicios sociales de la cárcel de la
Metrópoli, y la confianza que le unía a
él y al comisario.
-¡Ya en mi tesis doctoral puse gran énfasis en
la necesidad de la prevención! – Intervino
con vehemencia el profesor Vicent- Y ahora, transcurridos ya veinte años, aquí
nos encontramos lamentando el fracaso de los políticos, de los medios de
comunicación y de la misma sociedad que no han sabido…, o no han querido, dar solución a esta lacra que está socavando
los mismos cimientos de nuestra civilización. Después de tantos fracasos y
decepciones, he llegado a la conclusión de que
tan sólo existe un modo de solucionar este problema de la escalada de la
criminalidad y la delincuencia, que amenaza con consecuencias catastróficas
bíblicas… - Consciente del interés que
sus palabras habían despertando, el profesor hizo una pausa deliberada- Bueno,
amigos míos, seamos prácticos, contamos con los medios que nos dan la autoridad
de nuestros privilegiados puestos en las cúpulas directiva en nuestros
respectivos trabajos, y que nos proporciona
la confianza que nos ha ofrecido, la sociedad y el Estado, tenemos a
nuestra alcance abundante materia prima
que son los internos, tanto en la cárcel
de la metrópoli, como los que están recluidos en el centro penitenciario
Psiquiátrico; y muy
importante, poseemos la idea común de la necesidad de
llevar a cabo un proyecto para intentar acabar con delincuencia y la criminalidad,
así pues, quizás ya haya llegado el
momento de dar solución de una vez por todas al
grave problema que amenaza con
arrastrar a la hecatombe nuestra civilización… – Afirmó el profesor, ante las mirada, incrédula del comisario, y de inquieta curiosidad
del Director técnico de servicios
sociales de la cárcel de la Metrópoli.
-¿Y
cuál es esa fórmula mágica? –Interrogó
el comisario sin abandonar el tono de escéptica
ironía que había adoptado desde el comienzo de la conversación.
-
¡Ah! Olvide añadir, eso sí importantísimo, que necesitamos la voluntad para
llevar a cabo el citado proyecto -añadió el profesor, ignorando el tono mordaz
e indolente del comisario-. Sin voluntad, no hay nada que hacer.
-¡Pero
Vicent! ¿De qué estás hablando? Estalló Jeremías,
al observar con inquietud el tono
circunspecto que había adoptado su colega el profesor Vicent, a medida que
había ido exponiendo su idea.
-¡Escuchad
atentamente! Sobre todo tú comisario -Acercándose al comisario y al Director
técnico de los servicios sociales del Centro penitenciario, el
profesor Vicent adoptó un
tono de voz intimista y a la vez
imperativo, ignorando la evidente indignación de este último-. Desde hace
varios años llevo experimentando en un laboratorio que instalé en los
sótanos de un palacete en las afueras de la ciudad, el cual heredé de mis
abuelos maternos. Los experimentos que allí he realizado han sido hasta ahora
con animales que he rescatado de la calle y de algunos circos arruinados, estos han sido experimentos en los que he
indagado en los cerebros de los animales
buscando hallar la respuesta a sus reacciones y comportamientos, hasta ahora he
avanzado mucho en aquello que deseo lograr, pero ha llegado el momento de
trasladar mis ensayos y experimentos en cerebros humanos, y para ello me es
necesaria vuestra colaboración.
-¡Vicent,
que estás diciendo! ¿Acaso te has vuelto loco? -Jeremías fue el primero en
protestar recriminando al profesor - ¿Acaso has olvidado tu juramento
hipocrático? Lo que pretendes es una afrenta a la moral que rompe totalmente con la ética más
elemental ¿No se te ha ocurrido que
pretendes imitar algo que ya se practicó, con
abominables resultados, en la Europa ocupada por Alemania durante la
segunda guerra mundial? ¡No voy a seguir escuchándote, ya he tenido bastante
por hoy!
Fue
el comisario Duarte, quien tras esperar a que el Director técnico de servicios
sociales saliese de la cafetería, pidió otro café, y adoptando un tono
reservado susurró “conozco gente muy
importante que podrían estar interesados en tu experimento”, y esta
vez lo hizo sin el menor atisbo de
ironía.
Cinco
largos años habían transcurrido. Durante los cuales el profesor Vicent Moro,
catedrático de filosofía por la Soborna de París, neurocirujano especialista de
renombre y Director del Centro Psiquiátrico de la Penitenciaria de Calafia,
había tenido ocasión de ensayar
infinitas fórmulas y experimentos con cerebros de individuos culpables de los
delitos más aberrantes, siempre buscando hallar la fórmula científica, filosófica
o matemática que proporcionase el equilibrio y la medida necesaria entre
conciencia, consciencia y subconsciencia.
Durante ese tiempo muchas cosas habían
ocurrido. Así, Jeremías Calbot, Director técnico de los Servicios Sociales de
la Penitenciaria de la Metrópoli, había muerto al poco tiempo de la
conversación mantenida en la cafetería Paulina, un vehículo que nunca fue
identificado le arrolló al saltarse un semáforo en rojo; un nuevo director fue
nombrado en su lugar, el cual fue reclutado por el comisario y el profesor
Vicent, dando lugar a partir de entonces a la formación de una Sociedad Secreta
conocida con las siglas “NOM”, muy
selectiva en lo referente a admitir a sus
miembros y adeptos, y cuyos objetivos y
fines, eran el conseguir un mundo de mentes perfectas y equilibradas.
Sociedad en la que fueron acogidos
jueces, políticos, empresarios, filósofos e intelectuales, y algún que otro
aristócrata. Unos movidos por la ambición de poder, otros por amasar riqueza,
y algunos otros simplemente por morbosa y extravagante curiosidad, también
hubo algunos, los menos, por el utópico
ideal de un mundo mejor. A todos ellos les unía su mezquina y exuberante egolatría, y su total
carencia de escrúpulos.
La Sociedad Secreta “NOM” tenía la misión de
proporcionar los medios que justificaban el fin, y que no era otro, que
conseguir mediante los experimentos del Profesor Vicent Moro, transmutar las
neuronas de los delincuentes y criminales por neuronas sanas y limpias de
perversidad. Durante el tiempo que duraron los experimentos muchos fueron los delincuentes convictos
presos en el psiquiátrico y en la penitenciaría de la Metrópoli, que desaparecieron en los sótanos
del laboratorio del profesor Vicent, contando con la impunidad y el silencio
que ofrecían tanto el comisario, como el Director técnico de servicios sociales
de la cárcel de Calafia, así como la de
los influentes miembros de la
fraternal Sociedad.
Hoy, por fin, amaneció el día en que la máquina neurotransmutadora, a la que
llamarón “El Demiurgo”, estaba en condiciones de ser presentada y hacer una
demostración de aquello para lo que
había sido creada. El profesor en un alarde de sutil ingenio había decidido
crear un anexo mediante el cual, todo aquél que al pasar por su invento, no lograse ser transmutado
correctamente, sería inmediatamente volatilizado no quedando ningún rastro del individuo en
cuestión.
Había
llegado el momento de mostrar ante los adeptos a la hermandad denonimada “NOM” que durante aquellos años se habían
unido a dicha Sociedad Secreta, el producto y el resultado de tantas horas dedicadas al estudio , y
del ingente número de sacrificios de reos y convictos. En una espléndida
noche de luna llena, varias decenas de coches de lujo se hallaban
aparcados en la inmediaciones al palacete y laboratorio del Profesor Vicent;
en lo más profundo de sus siniestros
sótanos se habían reunido una selecta
élite entre la que se encontraban el comisario Duarte, el
Director técnico de Servicios Sociales del la cárcel de la Metrópoli, así
como varios políticos, empresarios,
jueces, comisarios de otros distritos de la ciudad, y algunos duques y
marqueses, personajes estos a los que se
les había permitido unirse a la causa de la Sociedad Secreta. El Profesor Vicent haciendo los honores como maestro de ceremonias de
aquella especie de aquelarre, para la ocasión había escogido a uno de los
presos más peligrosos y sanguinarios de los que se hallaban recluidos en el
Centro Psiquiátrico Penitenciario, éste
era un tipo alto y corpulento, cuyo aspecto imponía cierto respeto y temor, al haberle sido rapada la cabeza para
el experimento, y al estar su rostro rasgado por varias cicatrices, pero
sobre todo por de ser tristemente
conocido como “El caníbal de las estratigrafías”, y ser célebre
por haber asesinado, descuartizado y devorado a más de cincuenta
personas, sin entrar en consideración de si eran niños, mujeres u hombres.
El Demiurgo, o máquina neurotranspormutadora
consistía en una plataforma a la que
debía de subirse el reo, y allí había de
caminar bajo varios pórticos conformados por
rayos infrarrojos hasta llegar al
final de la plataforma y, entonces cual
si se tratase de el Juicio de Osiris, si las neuronas del
sujeto conseguían ser positivamente
transmutadas, el experimento habría sido un éxito, y el individuo sería una persona nueva y regenerada. Si por
el contrario la trasmutación resultaba
negativa, al pobre diablo le aguardaba un
agujero negro, que recordando
a “Ammyt , la devoradora de muertos” de
El libro de los muertos, al igual que
la diosa egipcia ideada por el Antiguo Egipto, acabaría volatizándolo y reduciéndolo a polvo.
Aquel
“Día 0 del Demiurgo”, la “Ammyt” no devoró al sujeto expuesto al experimento,
al ser sus neuronas enfermas y perversas, transmutadas por sanas y validas para
la sociedad, no siendo necesario el
ser evaporizado, al resultar un éxito el
experimento.
La
era del Demiurgo había comenzado. A partir de entonces cientos de miles de seres
humanos fueron los que desfilaron bajo los arcos fosforescentes de los Demiurgos
neurotransmutadores distribuidos por todo el planeta, algunos pocos superaron
la prueba, los más, fueron engullidos por la bestia al no superar el Juicio de
Osiris.
Cuando
los centros penitenciarios y los psiquiátricos quedaron vacios, la Sociedad
Secreta encargada de gestionar el cometido del Demiurgo, dirigió su atención
sobre aquellos que no seguían o no cumplían con el orden por ellos establecido,
así como sobre aquellos que fueron considerados diferentes y no aptos, mediante las reglas que regían
dicho orden. Millones de seres fueron rechazados y evaporizados al ser sus
neuronas irrecuperables.
Ahora,
y siendo el planeta un lugar seguro,
donde reinaba la perfección y la
paz, y habiéndose hoy, cumplido el
décimo aniversario del Imperio declarado por El Demiurgo, fueron expuestos a la neurotransmutatora los últimos humanos sospechosos de no
ajustarse a las nuevas normas; entre aquellos que no se ajustaban estrictamente
a las normas, se hallaban el comisario de la Metrópolis de Calafia, Antoni
Duarte, y el director del Centro
Penitenciario Psiquiátrico, Vicent Moro. Ninguno de ellos superó la prueba, al ser consideradas irrecuperables sus neuronas,
y así, aplicándoseles las reglas de la
Sociedad Secreta “NOM”, que ellos mismos habían implantado y defendido, el
Demiurgo cumplió su cometido. Ambos
fueron volatizados y
evaporizados.
“Hay crímenes de pasión y crímenes de lógica. La
frontera que los separa es incierta”
El hombre
rebelde, Camus
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