miércoles, 21 de marzo de 2018

El demiurgo. Un mundo de mentes perfectas











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 -El demiurgo. Un mundo de mentes perfectas-
“Buscando al constructor del edificio, he recorrido sin pausa el trayecto circular de muchas vidas. Ahora te he encontrado y he penetrado en tu ser ¡Nunca más me construirás casa alguna!”
                                                        Gustav Meyrink, inspirado en Buda Gautama


El reloj marcaba las cuatro de la madrugada  cuando  el profesor  Vicent Moro, ajeno  a haber pasado una noche más analizando  los resultados de los ensayos en su máquina neuroanalizadora transmutatoria  de neuronas,  observó  con  excitación algo distinto, a aquello  que había observado anteriormente  después de largos años de noches en vela,  y  que había registrado minuciosamente en un cuaderno, en cuya cubierta, y a forma de Epígrafe  podía leerse: Experimentos, conclusiones y rectificaciones de las células y ramificaciones nerviosas en el  cerebro, que conducen a  la criminalidad.

Durante los últimos cinco años  el profesor Vicent  había pasado largas noches  en blanco, investigando las alteraciones de conductas debidas a enfermedades neuropsicológicas, así como   la naturaleza de la química que unían el intrincando entramado de ramificaciones nerviosas  del  cerebro, el cerebelo y  el tallo encefálico, pero fue en aquel preciso momento,  cuando algo ocurrió en la máquina  neurotransmutadora que llamó la atención del profesor, fue algo que afectaba a los lóbulos frontales responsables del pensamiento consciente  y que   reflejado en  los
manómetros,  alertaban de una incidencia, anomalía esta, que iba  a resultar transcendental  para el futuro  devenir  de la humanidad.

Una  extraña sensación galvanizante  recorrió la espina dorsal del profesor, al comprobar que los registros reflejados por las  manecilla,  coincidían exactamente, con aquello que en teoría  perseguía  y, tenía  como  propósito, dar por fin,  solución a la mezquindad y la maldad que desde el principio de los tiempos albergaba en lo más profundo del subconsciente de los humanos, arrancándolas  de raíz de su alma, y extirpando para siempre la mala semilla de los instintos primitivos  ubicados  en el cerebro de algunos de ellos, sustituyéndolos por la razón,  y eliminado la  simiente  imperfecta  que provoca  (al margen de las influencias de los llamados reflejos condicionantes)  la inclinación a la  delincuencia, la brutalidad, el crimen y la violencia. El propósito al  que en teoría estaba destina la máquina neuroanalizadora, era, y tenía como fin,  conseguir  erradicar de la faz de la tierra, las lacras provocadas por la imperfección de la neuronas que marcaban el mal  comportamiento de la mente.
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-¡Vicent eres un ingenuo sin remedio! -Ya había transcurrido un lustro desde que Antoni Duarte, comisario de policía de la Metrópolis  de  Calafia, había expresado sin delicadeza alguna, lo que pensaba acerca de las esperanzas de su buen amigo  respecto a acabar  algún día con la delincuencia y el crimen, que amenazaban con acabar con el orden y la paz del país -He de  reconocer que lamentablemente los índices de criminalidad se han disparado en la en los últimos tres meses…

 El Comisario Duarte, máximo responsable de la comisaria Metropolitana, aprovechaba aquellos minutos de asueto matutino  en la cafetería Paulina, para cambiar impresiones con su amigo de toda la vida, el neurocirujano y psiquiatra, Director del  Centro Psiquiátrico  Penitenciario  de la ciudad, el   profesor  Vincent Moro; ambos y merced a  diferentes  vericuetos del destino, habían coincidido  en el desempeño de sus  respectivas profesiones en varias ocasiones, y últimamente su relación se había estrechado al hallarse desempeñando sus correspondientes  funciones en el mismo distrito. 

-Asaltos a viviendas, violaciones, asesinatos, parricidios, homicidios,  desapariciones, robos  a mano armada, violencia familiar,  delitos contra la salud pública, mafias, bandas organizadas, etc., etc., son el pan de cada día…- Prosiguió el comisario haciendo balance de la pésima situación de su departamento- , y ahora por si fuese poco tenemos encima la amenaza del terrorismo  yihadista. Y  lo peor es que cada vez aumentan más los casos de delitos  en los que se conculcan la crueldad  e inmisericordia más absolutas. Vicent, amigo mío, jamás conseguirás, ni tú, ni nadie, erradicar la idiotez que alberga en las mentes de los delincuentes, ni  los instintos naturales que les  lleva a algunos a cometer sus crímenes, y a otros a drogarse y beber hasta embotar sus deficientes cerebros, para conseguir con ello  imbuirse el suficiente valor que les permita cometer sus salvajadas y desmanes- Sentenció el comisario, y a continuación acabó de un sorbo su café ya frio.

-¡Ah! Comisario que me vas a decir a mí -comentó un hombrecillo de mirada aguda y voz chillona que se encontraba a su lado-,  yo como Director técnico de los  servicios sociales de la cárcel modelo, y debido a mi cargo, observo con preocupación  que cada vez son más jóvenes los ingresados por delitos de extrema  gravedad, jóvenes que a pesar de su juventud ya nos llegan con un amplio historial delictivo, y cargados de un triste bagaje familiar de  desestructuración,  en cuyas  mentes  y  genes llevan impresos la  patología  criminal, factores que les convierte en su mayor parte en irrecuperables.

 - ¡Efectivamente!  Tú lo has dicho Jeremías, y nadie mejor tú  para opinar, que has sido premiado en numerosas ocasiones por tus  logros y estudios de la psicología humana  y patología criminal; sí. tú lo has dicho,  todo está en la mente -afirmó con rotundidad el profesor Vincent-  Yo, también, y dado  el puesto que ocupo como Director del Centro Psiquiátrico Penitenciario, he de  tratar y ver  todos los días casos espeluznantes, los cuales pondrían los pelos de punta al más valiente y bragado. Drogadictos, esquizofrénicos, psicópatas, paranoicos, trastornos de la personalidad con delirios psicóticos y sádicos, pederastas, parricidas, menores de edad,  algunos de ellos que aunque en apariencia pueden resultar inofensivos… -El rostro del profesor Vincent  se contrajo en una mueca de impotencia y de repulsa-,  resultan en su mayoría ser verdugos ejecutores de los crímenes más espantosos. Y es que, es sobre  mí, sobre quien  recae la penosa tarea de tener que declarar inimputables a muchos de ellos, que en ocasiones son  responsables de los más execrables y perversos crímenes. Soy yo quien de alguna manera les absuelve de sus crímenes y pecados, dado que la ley debido a sus enfermedades mentales, les contempla como inocentes de sus actos… Pero eso sí, mucho cuidado, al margen de ese llamémosle “privilegio” de las enfermedades de la mente, no debemos  menospreciar el dato, de que entre estos “privilegiados de la ley”  los hay que poseen unas  mentes  extraordinarias con unos coeficientes mentales superiores a la media, y que ni son drogadictos, ni borrachos, lo cual no impide que realicen robos, violaciones, corrupciones y asesinatos. Y es que  precisamente  esas mentes extraordinarias, y en cierta medida…, admirables, son  a la vez,  capaces de maquinar  los actos más depravados y deleznables, y son  sus cerebros  los que hay que estudiar, moldear y reconducir, para limpiar y  erradicar de ellos todo lo negativo y aprovechar lo positivo.

- Sí, y por  eso, ya han pasado más de cien años, en los cuales habéis tenido tiempo  vosotros psicólogos, psiquiatras y científicos de escudriñar el cerebro humano,  y en cuyo tiempo no habéis logrado avanzar mucho…, por no decir nada -Objetó en tono sarcástico  el comisario, al tiempo que de nuevo  acercaba la  taza vacia  de café  a sus labios.

- No creo que seas tú quien para opinar sobre un tema del que conoces prácticamente  muy poco -Refunfuño  Jeremias, desde la autoridad que le concedía el ser el Director técnico de los servicios sociales de la cárcel de la Metrópoli, y la confianza que le unía  a él y al comisario.

 -¡Ya en mi tesis doctoral puse gran énfasis en la necesidad de la prevención! – Intervino  con vehemencia  el profesor Vicent-  Y ahora, transcurridos ya veinte años, aquí nos encontramos lamentando el fracaso de los políticos, de los medios de comunicación y de la misma sociedad que no han sabido…, o no han querido,  dar solución a esta lacra que está socavando los mismos cimientos de nuestra civilización. Después de tantos fracasos y decepciones, he llegado a la conclusión de que  tan sólo existe un modo de solucionar este problema de la escalada de la criminalidad y la delincuencia, que amenaza con consecuencias catastróficas bíblicas… -  Consciente del interés que sus palabras habían despertando, el profesor  hizo  una pausa deliberada-  Bueno, amigos míos, seamos prácticos, contamos con los medios que nos dan la autoridad de nuestros privilegiados puestos en las cúpulas directiva en nuestros respectivos trabajos, y que nos proporciona  la confianza que nos ha ofrecido, la sociedad y el Estado, tenemos a nuestra alcance abundante  materia prima que son los internos, tanto  en la cárcel de la metrópoli, como los que están recluidos en el centro penitenciario Psiquiátrico;  y  muy  importante, poseemos la idea común de la necesidad  de  llevar a cabo un proyecto para intentar acabar con delincuencia y la criminalidad, así pues, quizás ya  haya llegado el momento de dar solución de una vez por todas al  grave problema  que amenaza con arrastrar a la hecatombe nuestra civilización… – Afirmó  el profesor, ante las mirada,  incrédula del comisario, y de inquieta curiosidad del Director  técnico de servicios sociales de la cárcel de la Metrópoli.

-¿Y cuál es esa  fórmula mágica? –Interrogó el comisario sin abandonar el tono de escéptica  ironía que había adoptado desde el comienzo de la conversación.

- ¡Ah! Olvide añadir, eso sí importantísimo, que necesitamos la voluntad para llevar a cabo el citado proyecto -añadió el profesor, ignorando el tono mordaz e indolente del comisario-. Sin voluntad, no hay nada que hacer.

-¡Pero Vicent! ¿De  qué estás hablando? Estalló Jeremías, al observar  con inquietud el tono circunspecto que había adoptado su colega el profesor Vicent, a medida que había ido exponiendo su idea.

-¡Escuchad atentamente! Sobre todo tú comisario -Acercándose al comisario y al Director técnico de los servicios sociales del Centro penitenciario,  el  profesor  Vicent adoptó un tono  de voz intimista y a la vez imperativo, ignorando la evidente indignación de este último-. Desde hace varios años llevo experimentando en un laboratorio que instalé  en  los sótanos de un palacete en las afueras de la ciudad, el cual heredé de mis abuelos maternos. Los experimentos que allí he realizado han sido hasta ahora con animales que he rescatado de la calle y de algunos circos arruinados,  estos han sido experimentos en los que he indagado en los cerebros  de los animales buscando hallar la respuesta a sus reacciones y comportamientos, hasta ahora he avanzado mucho en aquello que deseo lograr, pero ha llegado el momento de trasladar mis ensayos y experimentos en cerebros humanos, y para ello me es necesaria vuestra colaboración.

-¡Vicent, que estás diciendo! ¿Acaso te has vuelto loco? -Jeremías fue el primero en protestar recriminando al profesor - ¿Acaso has olvidado tu juramento hipocrático? Lo que pretendes es una afrenta a la moral que  rompe totalmente con la ética más elemental  ¿No se te ha ocurrido que pretendes imitar algo que ya se practicó, con  abominables resultados, en la Europa ocupada por Alemania durante la segunda guerra mundial? ¡No voy a seguir escuchándote, ya he tenido bastante por hoy!

Fue el comisario Duarte, quien tras esperar a que el Director técnico de servicios sociales saliese de la cafetería, pidió otro café, y adoptando un tono reservado susurró  “conozco gente muy importante que podrían estar interesados en tu experimento”,  y  esta vez lo hizo  sin el menor atisbo de ironía.

Cinco largos años habían transcurrido. Durante los cuales el profesor Vicent Moro, catedrático de filosofía por la Soborna de París, neurocirujano especialista de renombre y Director del Centro Psiquiátrico de la Penitenciaria de Calafia, había tenido ocasión de  ensayar infinitas fórmulas y experimentos con cerebros de individuos culpables de los delitos más aberrantes, siempre buscando hallar la fórmula científica, filosófica o matemática que proporcionase el equilibrio y la medida necesaria entre conciencia, consciencia y subconsciencia.

 Durante ese tiempo muchas cosas habían ocurrido. Así, Jeremías Calbot, Director técnico de los Servicios Sociales de la Penitenciaria de la Metrópoli, había muerto al poco tiempo de la conversación mantenida en la cafetería Paulina, un vehículo que nunca fue identificado le arrolló al saltarse un semáforo en rojo; un nuevo director fue nombrado en su lugar, el cual fue reclutado por el comisario y el profesor Vicent, dando lugar a partir de entonces a la formación de una Sociedad Secreta conocida con las siglas “NOM”,  muy selectiva en lo referente a admitir  a sus miembros y adeptos, y  cuyos objetivos y fines, eran el conseguir un mundo de mentes perfectas y equilibradas. Sociedad  en la que fueron acogidos jueces, políticos, empresarios, filósofos e intelectuales, y algún que otro aristócrata. Unos movidos por la ambición de poder, otros por amasar riqueza, y  algunos otros  simplemente por   morbosa y extravagante curiosidad, también hubo algunos, los menos,  por el utópico ideal de un mundo mejor. A todos ellos les unía su  mezquina y exuberante egolatría, y su total carencia de escrúpulos.

 La Sociedad Secreta “NOM” tenía la misión de proporcionar los medios que justificaban el fin, y que no era otro, que conseguir mediante los experimentos del Profesor Vicent Moro, transmutar las neuronas de los delincuentes y criminales por neuronas sanas y limpias de perversidad. Durante el tiempo que duraron los experimentos  muchos fueron los delincuentes convictos presos en el psiquiátrico y en la penitenciaría de la  Metrópoli, que desaparecieron en los sótanos del laboratorio del profesor Vicent, contando con la impunidad y el silencio que ofrecían tanto el comisario, como el Director técnico de servicios sociales de la cárcel de Calafia, así como la  de los influentes miembros de la  fraternal  Sociedad.


  Hoy, por fin, amaneció  el día en que  la máquina neurotransmutadora, a la que llamarón “El Demiurgo”, estaba en condiciones de ser presentada y hacer una demostración de aquello para  lo que había sido creada. El profesor en un alarde de sutil ingenio había decidido crear un anexo mediante el cual, todo aquél que al pasar por su  invento, no lograse ser transmutado correctamente, sería inmediatamente volatilizado  no quedando ningún rastro del individuo en cuestión.
Había llegado el momento de mostrar ante los adeptos a la  hermandad denonimada  “NOM” que durante aquellos años se habían unido a dicha Sociedad Secreta, el producto y el resultado de  tantas horas dedicadas al  estudio , y  del ingente número de sacrificios de reos y convictos. En una espléndida noche de luna llena, varias decenas de coches de lujo se hallaban aparcados  en la inmediaciones al  palacete y laboratorio del Profesor Vicent; en lo más profundo de sus  siniestros sótanos se habían reunido una  selecta élite  entre la  que se encontraban el comisario Duarte, el Director técnico de Servicios Sociales del la cárcel de la Metrópoli, así como  varios políticos, empresarios, jueces, comisarios de otros distritos de la ciudad, y algunos duques y marqueses, personajes  estos a los que se les había permitido unirse a la causa de la Sociedad Secreta.  El Profesor Vicent haciendo  los honores como maestro de ceremonias de aquella especie de aquelarre, para la ocasión había escogido a uno de los presos más peligrosos y sanguinarios de los que se hallaban recluidos en el Centro Psiquiátrico  Penitenciario, éste era un tipo alto y corpulento, cuyo aspecto imponía cierto respeto y  temor, al haberle sido rapada la cabeza para el experimento, y al  estar su  rostro rasgado por varias cicatrices, pero sobre todo por  de ser tristemente conocido como “El caníbal de las estratigrafías”, y ser  célebre  por haber asesinado, descuartizado y devorado a más de cincuenta personas, sin entrar en consideración de si eran niños, mujeres u hombres.

  El Demiurgo, o máquina neurotranspormutadora consistía en una plataforma a  la que debía de subirse el reo, y allí  había de caminar bajo varios pórticos conformados por  rayos infrarrojos  hasta llegar al final de la plataforma y, entonces  cual si se tratase  de  el Juicio de Osiris, si las neuronas del sujeto conseguían ser positivamente  transmutadas, el experimento habría sido un éxito, y el individuo  sería una persona nueva y regenerada. Si por el contrario la   trasmutación resultaba negativa, al pobre diablo le aguardaba un  agujero negro, que  recordando a  “Ammyt , la devoradora de muertos” de El libro de los muertos, al  igual que la  diosa egipcia ideada por  el Antiguo Egipto, acabaría   volatizándolo y  reduciéndolo a polvo.

  Aquel “Día 0 del Demiurgo”, la “Ammyt” no devoró al sujeto expuesto al experimento, al ser sus neuronas enfermas y perversas, transmutadas por sanas y validas para la sociedad, no siendo  necesario el ser  evaporizado, al resultar un éxito el experimento.

La era del Demiurgo había comenzado. A partir de entonces  cientos de miles  de seres  humanos fueron los que desfilaron bajo los arcos fosforescentes de los Demiurgos neurotransmutadores  distribuidos  por todo el planeta, algunos pocos superaron la prueba, los más, fueron engullidos por la bestia al no superar el Juicio de Osiris.

Cuando los centros penitenciarios y los psiquiátricos quedaron vacios, la Sociedad Secreta encargada de gestionar el cometido del Demiurgo, dirigió su atención sobre aquellos que no seguían o no cumplían con el orden por ellos establecido, así como sobre aquellos que fueron considerados diferentes  y no aptos, mediante las reglas que regían dicho orden. Millones de seres fueron rechazados y evaporizados al ser sus neuronas irrecuperables.

Ahora, y siendo el planeta  un lugar  seguro,  donde reinaba  la perfección y la paz, y  habiéndose hoy, cumplido el décimo aniversario del Imperio declarado por El Demiurgo, fueron  expuestos a la neurotransmutatora  los últimos humanos sospechosos de no ajustarse a las nuevas normas; entre aquellos que no se ajustaban estrictamente a las normas, se hallaban el comisario de la Metrópolis de Calafia, Antoni Duarte, y el director del Centro  Penitenciario Psiquiátrico, Vicent Moro. Ninguno de ellos  superó la prueba, al  ser consideradas irrecuperables sus neuronas, y  así, aplicándoseles las reglas de la Sociedad Secreta “NOM”, que ellos mismos habían implantado y defendido, el Demiurgo cumplió su cometido. Ambos  fueron  volatizados y evaporizados.

 “Hay  crímenes de pasión y crímenes de lógica. La frontera que los separa es incierta”

                                                                                           El hombre rebelde, Camus
                                                                                                                                                     

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