Rumbo a Los valles del Paraíso
Tras el rezo del
mediodía, el grupo compuesto por el profesor Darward, su
secretario y ayudante Salim y el agente comercial de Tip Salim Ahmed, que presenció el fenómeno
del rayo divino; más Larc Serps el cazador, Philby Singer el agente del Foreign Office, y Robert Heins licenciado en
arqueología e Historia Antigua, subieron
al transbordador que les conduciría hasta el puerto de Mombasa, y puerta
de entrada al África oriental.
Una vez
arribaron a Mombasa, allí les esperaba un grupo
de unos veinte hombres que habían sido contratados, algunos árabes como
escolta y otros – estos últimos nativos del interior- como porteadores. Los
nativos trasladaron el equipaje compuesto por tiendas, alimentos no
perecederos, armas, munición, y herramientas de trabajo para las excavaciones,
hasta el Lunatic Express (tren lunático), que había de transportarnos a través
del África del Este, desde Mombasa hasta
Kampala en la parte norte del Lago Victoria.
Al anochecer
emprendieron camino de Los valles del Paraíso, a bordo de aquel tren lunático, construido a finales del siglo XIX
por la corona británica
a
a
- Ahora estamos
cruzando la región del Tsavo -nos contaba Salim durante el trayecto- aquí se
encuentra el puente Patterson, cuya construcción sobre el río Tsavo,
corrió a cargo del coronel Patterson,
siendo uno de los episodios más escalofriantes de la historia de
este ferrocarril. Según relata el mismo Patterson en su libro “Los
devora-hombres de Tasavo”, durante la construcción de dicho puente, unos leones asesinos mataron a unos ciento
treinta hombres, antes de que estas
fieras pudiesen ser cazadas.
corrió a cargo del coronel Patterson,
Al llegar a Nairobi, el tren hizo una
parada de varias horas, y los pasajeros
aprovecharon para bajar y desentumecer sus músculos.
-¡Esto es lo más
parecido que he visto, a un paseo de señoritas! – Fanfarroneaba Serps, el
cazador, tras haber ingerido unos cuantos tragos de whisky, de la pequeña petaca que guardaba en
uno de sus bolsillos- ¡En mis tiempos un
hombre debía recurrir a sus piernas y su fuerza
para internarse en estos inhóspitos territorios!
Las torpes
palabras del cazador no pasaron desapercibidas por algunos de los numerosos
mendigos que allí se encontraban.
Cuando llegó la
hora de reanudar el ferrocarril su marcha, un grupo de masais armados de
lanzas, se presentaron en el andén e increparon al cazador, al que llamaban en
su lengua “el que derrama sangre”. No habían olvidado los desmanes cometidos
por él años atrás, e intentaban exigir venganza.
El tren arrancó
justo a tiempo de que aquel incidente pudiese acabar con la expedición, que
apenas si había comenzado.
El profesor Darward
y el agente del Foreing Office, tuvieron una reunión a solas con Serps en el vagón de mercancías, donde posiblemente le
exigirían que tuviese más cuidado en lo sucesivo. Advertencia que más adelante
-como se pudo comprobar- no fue acatada por el cazador.
Por fin el tren
llegó a Kampala, era el punto donde
terminaba su trayecto, y donde comenzaba
la verdadera aventura.
Cuatro camiones
esperaban al grupo expedicionario, los cuales se pusieron inmediatamente en marcha dirigiéndose
hacía el sur, rumbo al reino de
Bugamuri. Transcurridas cuatro horas de viaje en un paisaje de sabana donde crecían abundantes baobabs, la carretera, o más bien el camino se cortaba
bruscamente, por lo que hubo de
continuar caminando, esta vez en dirección oeste.
Al principio el camino
consistía en una senda pedregosa bien definida, pero a medida
que se iba adentrando en la selva, y a medida que se iba apoderando de ella la
espesura, la senda se iba estrechando, lo cual fue motivo para recurrir a los
machetes para abrirse paso en la tupida maleza.
El calor era
sofocante y la humedad muy alta, era frecuente tropezar con alguna serpiente
que cruzaba la pista, pista o senda que
presentaba evidencias de haber sido aplastada por huellas de elefantes
desde tiempos inmemorables. 
Frecuentemente el cielo se cargaba de negros nubarrones que rugían con tremenda fuerza y descargaban copiosos chaparrones.
Sonidos de todo
tipo -sobre todo en el silencio de la noche-
provenían de las profundidades de aquella espesa selva, indicando la ingente diversidad de vida y peligros que la misma albergaba.
En las noches que acampaban en plena selva las
llamas brotaban del fuego alumbrando a los portadores indígenas entorno al
mismo,
el cielo oscuro tomaba un aspecto siniestro sobre sus cabezas, tan sólo
cuando la luz de la luna alumbraba, alguno de los porteadores se ponía en pie
iniciando una cantinela a media voz, siendo coreado por los demás, que a medida
que las voces se elevaban se iban poniendo
en pie y balanceaban sus cuerpos, primero lentamente, para poco a poco acelerarlo y acabar lanzándose en una danza infernal que les transformaba y
transportaba a tiempos atávicos
La región en la que
se hallaban estaba dividía en varias
cadenas montañosas, las cuales debían de franquear, pues eran el paso que
conducía al lugar hasta el que pretendían llegar, los expedicionarios
observaron con temor aquellos gigantes de hasta ochocientos metros de altura,
cortados por rocas, raíces y matorrales.
A las fatigas y
sufrimientos, también hubieron de soportar
el acecho de las alimañas que merodeaban en torno a ellos, sin atreverse
a atacarles -ahuyentadas en el día por
lo numeroso de la expedición , y en las noches por la gran fogata que calentaba
y alumbraba- , y a la espera del más leve descuido que sería aprovechado para
conseguir el alimento de la jornada, las alimañas sólo mostraban su presencia
por los terribles rugidos provenientes de la espesura, los cuales eran
acompañados por la risa histérica de la hienas carroñeras que se impacientaban
a la espera de alguna migajas de un
posible desenlace.
Por fin, y
tras durísimas jornadas, siguiendo el
curso de un riachuelo entraron en un espléndido valle de explosiva y exuberante vegetación, la cual
le convertían en un verdadero jardín del
Edén, los expedicionarios decidieron acampar allí, al borde del caudaloso río en
que se había convertido el riachuelo y que
desembocando en el lago Mutanada, les ofrecía agua fresca y abundante, y amparo a la sombra que proporcionaban
sicomoros y tamarindos de tamaños
gigantescos, que crecían por todas partes .
Durante las últimas veinticuatro horas y al tiempo que desde el interior de la selva
negros cuerpos de indígenas les seguían,
observando los movimientos de la
expedición, los tambores no habían dejado de sonar anunciando el paso de
intrusos por aquellos lugares; ahora habían cesado su rítmico y repetitivo tan-tan, lo cual indicaba que el
poblado en el cual moraba el rey de
aquel territorio estaba muy cerca.
Apenas hubieron lo expedicionarios acabado de montar el
campamento, hicieron acto de presencia un grupo de indígenas con extraños
adornos clavados en sus labios y en sus orejas, iban bien pertrechados de lanzas, y con largos
cuchillo en sus cintos. 
Fue Serps el cazador, quien les
recibió, dirigiéndose a ellos en la lengua bantú
Al parecer los nativos, advertidos de la llegada de los intruso, a
través de los tambores que durante varios días no habían cesado de advertir su presencia, tenían la misión de recaudar un
impuesto de peaje, que su rey Iwid II, imponía a todos aquellos que pisaban su
territorio.
Philby Singer el agente del Foreign Office intentó aconsejar al cazador acerca del los términos de las
negociaciones indicándole que le ofreciese unas cuantas collares y abalorios y
alguna tela de percal, pero el cazador siendo fiel a su carácter directo y violento,
no se anduvo con miramientos, y a voz en grito, exigió a la extravagante
comitiva de recepción, que comunicasen a
su caudillo que una delegación enviada por el rey de Inglaterra, del cual el rey de Bugamuri
era súbdito, debía ser recibida inmediatamente.
Sin mostrar la más
mínima emoción en sus rostros, los indígenas
volvieron sobre sus pasos y se marcharon.
Pocas horas más
tarde apareció un nutrido comité de
bienvenida engalanado con lo que al parecer eran sus mejores ropas. En el
centro y protegido por varios negros
gigantescos, estaba Iwid I, El rey de Bugamuri.
Éste portaba un taparrabos de
cortezas y una túnica de piel de leopardo, sus orejas y nariz estaban adornadas
con alambras que atravesados le
conferían un aspecto bastante fiero, y su cabeza la cubría con un turbante que al parecer era un signo de
distinción en aquel lugar.
Tras las debidas
presentaciones, el profesor Darward, con la ayuda del cazador, hizo traducir al
rey el motivo de la expedición, solicitando su ayuda y colaboración para resolver el misterio de los fenómenos y sucesos que allí habían ocurrido, y de los cuales e
los nativos no querían hablar ni escuchar nada, por considerarlo magia negra
ejecutada por demonios.
Iwid II,
que era un tipo corpulento y de mirada astuta y esquiva, en
principio pareció no entender que era
aquello por lo cual le preguntaban, pero Serps el cazador conocía y sabía cómo
negociar con los habitantes de aquel
remoto lugar del planeta, al principio le habló con firmeza y enérgicamente,
luego y ante la mirada reprobatoria del funcionario del Foreign Office, negoció
ofreciéndole varios rifles y munición, lo cual agradó y mucho al rey, que dio
las órdenes pertinentes para que el profesor obtuviese la información que solicitaba
.
.
Mientras el rey Iwid II se
divertía probando sus nuevos juguetes y
disparando a diestro y siniestro contra todo lo que se movía a su
alrededor, el profesor y los principales miembros de su expedición
fueron conducidos a través del poblado al tiempo que eran observados por los nativos que allí habitaban, los cuales con gran alabaría y estruendo los
recibieron con curiosidad y avidez, y con
sus bocas abiertas en las cuales podían apreciarse sus dientes afilados; tras un par de horas a través de una zona
pantanosa plagada de enormes mosquitos, debiendo cruzar el mismo
escuchando los rugidos de hipopótamos y
sinuosas y amenazantes siluetas de enormes cocodrilos, llegaron a una zona en
la que se apreciaban vestigios de las ruinas de antiguas construcciones de
piedra totalmente cubiertas por la selva.
Al penetrar en
el interior de una de aquellas ruinas, hubieron de esperar unos segundos hasta
que sus ojos se adecuaron a la oscuridad que reinaba en ella para que poder percibir lo que
allí había; cuando pudieron hacerlo
observaron tendido en el suelo sobre un jergón maloliente a un hombre viejísimo y cuyo color de piel
era mucho más claro que el resto de los que por allí habitaban, por el aspecto
del rostro de éste, podría tener más de cien años, y daba la impresión de que
no le quedaba mucho tiempo más de vida.
El profesor
pidió al Heins que tradujese el lenguaje entre meroítico y copto, en el cual el
anciano les rebeló con frases entrecortadas, y entre espasmos y estertores,
cuanto sabía:
-Hace cientos
de años, que a este lugar arribaron
gentes procedentes del Norte…del país de Kush,
huyendo de una potencia invasora…, e intentando proteger los secretos milenarios
guardados en los templos de los dioses de Egipto. Otros al igual que nosotros buscaron refugio
en otros lugares; todos intentaron
preservar los secretos de la Inmortalidad, al amparo de civilizaciones primitivas, con las cuales, se fusionaron y les que transmitieron sus conocimientos… Conocimientos que
con el tiempo les fue concedido acceder a aquellos nativos cuyo estado
rudimentario de sus conciencias les
permitía el privilegio de fundirse con
La Luz del Cosmos. Yo… soy el
último descendiente y depositario… de los misterios transmitidos de generación
en generación, y ahora si muero todo se perderá conmigo -El anciano cerró sus ojos, dando la sensación de que no ya no podría decir nada más, pero en
un supremo esfuerzo concluyó-. Si
deseáis contribuir a desvelar las
incógnitas del más allá, deberéis buscar
en el origen y raíz de su procedencia, todas ellas hallaréis en la
tierra de Kush, en lo más profundo
del Gran Laberinto. Allí hallareis las respuestas.
Con estas
últimas y enigmáticas palabras el anciano expiró su último aliento, al tiempo
que de sus manos se desprendía un amuleto Ankh al cual se había aferrado hasta
el último momento.
Después de
escuchar traducir a Heins aquello
últimas palabras del anciano, último custodio de los secretos del Antiguo
Egipto en aquel remoto lugar, y tras hallar en sus poder el amuleto en forma de ankh.
EL profesor Darward confirmó sus sospechas respecto al origen y
procedencia de los mismos, e intuyó que
todos los indicios apuntaban que la clave de
todo aquel misterio que envolvía aquellos extraños sucesos, así como a
los mensajes ocultos en manuscritos y leguas extintas, habrían de hallarlo en el lugar que fue último
reducto de la civilización egipcia, y allí donde los sacerdotes poseedores de
la sabiduría y secretos del Antiguo Egipto buscaron refugio cuando el imperio
de los faraones se desmoronaba con la invasión del Imperio Romano.
Ese lugar era
sin duda alguna Gebel Barkal en Nubia, lugar sagrado conocido como “La montaña pura”, cercano a la
ciudad de Karima en el Sudán. Y el profesor especulaba con la idea de que “El Gran Laberinto” que debían de buscar
allí, muy posiblemente lo hallarían bajo
el gran templo dedicado Amón-Ra el dios del Sol, conocido por “El Oculto” y r
dios portador del “Ankh”
-El Gran
Laberinto -explicó el profesor- es una
de las incógnitas más fascinantes de la egiptología; Herodoto afirmó haberlo visto personalmente,
describiéndolo como un monumento de enorme dimensiones, con mil quinientas
cámaras a nivel del suelo y otras tantas subterráneas. Construido de piedra,
todas sus salas estaban adornadas con relieves y pinturas, levantado durante la
XII Dinastía, se supone que fue un lugar
donde se iniciaba a los sacerdotes en los misterios de Egipto, y donde se
salvaguardaban los mismos; también se le atribuye ser el lugar donde se
guardaban los tesoros de los faraones. Su interior se describe como de techos
altísimos, escaleras sinuosas de difícil
acceso y puertas que sólo podían ser abiertas por aquellos que poseían el
secreto de su apertura. Siendo extremadamente peligroso para aquel intruso que se
atrevía a entraba en él, dada la gran cantidad de trampas ocultas por todo el
recinto - el profesor no pudo disimular su preocupación, cuando concluyó su
pedagógica información- Amigos míos el Gran Laberinto desapareció en el siglo
II d.C., desde entonces nadie ha podido hallar rastro de él.
Todo ello
comunicó a los expedicionarios, los cuales acordaron dirigirse hacía el Norte y
siguiendo el curso del río Nilo desde su nacimiento, fijarse como destino La Montaña Pura, en la ardiente región sudanesa de Nubia.
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