jueves, 16 de junio de 2016

El pozo de los olvidados - Primera parte- V Rumbo a los valles de paraíso




                          
                  Rumbo a Los valles del Paraíso

 
Tras el rezo del mediodía,  el grupo  compuesto por el profesor Darward, su secretario y ayudante Salim y el agente comercial de  Tip Salim Ahmed, que presenció el fenómeno del rayo divino; más Larc Serps el cazador, Philby Singer el agente del  Foreign Office, y Robert Heins licenciado en arqueología e Historia Antigua, subieron  al transbordador que les conduciría hasta el puerto de Mombasa, y puerta de entrada al África oriental.
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Una vez arribaron a Mombasa, allí les esperaba un grupo  de unos veinte hombres que habían sido contratados, algunos árabes como escolta y otros – estos últimos nativos del interior- como porteadores. Los nativos trasladaron el equipaje compuesto por tiendas, alimentos no perecederos, armas, munición, y herramientas de trabajo para las excavaciones, hasta el Lunatic Express (tren lunático), que había de transportarnos a través del África del Este, desde Mombasa hasta  Kampala en la parte norte del Lago Victoria.
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Al anochecer emprendieron camino de Los valles del Paraíso, a bordo de aquel tren  lunático, construido a finales del siglo XIX por la corona británica 
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- Ahora estamos cruzando la región del Tsavo -nos contaba Salim durante el trayecto- aquí se encuentra el puente Patterson, cuya construcción sobre el río Tsavo,  Resultado de imagen de el tren lunático    
  corrió a cargo del coronel Patterson,  Resultado de imagen de el corOnel pATTERSON   siendo uno de los episodios más escalofriantes de la historia de este ferrocarril. Según relata el mismo Patterson en su libro “Los devora-hombres de Tasavo”, durante la construcción de dicho puente,  unos leones asesinos mataron a unos ciento treinta hombres, antes de que  estas fieras pudiesen ser cazadas.



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 Al llegar a Nairobi, el tren hizo una parada  de varias horas, y los pasajeros aprovecharon para bajar y desentumecer sus músculos.

-¡Esto es lo más parecido que he visto, a un paseo de señoritas! – Fanfarroneaba Serps, el cazador, tras haber ingerido unos cuantos tragos de  whisky, de la pequeña petaca que guardaba en uno de sus bolsillos-  ¡En mis tiempos un hombre debía recurrir a sus piernas y su fuerza  para internarse en estos  inhóspitos territorios!

Las torpes palabras del cazador no pasaron desapercibidas por algunos de los numerosos mendigos que allí se encontraban.

Cuando llegó la hora de reanudar el ferrocarril su marcha, un grupo de masais armados de lanzas, se presentaron en el andén e increparon al cazador, al que llamaban en su lengua “el que derrama sangre”. No habían olvidado los desmanes cometidos por él años atrás, e intentaban exigir venganza.

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El tren arrancó justo a tiempo de que aquel incidente pudiese acabar con la expedición, que apenas si había comenzado.

 El profesor Darward y el agente del Foreing Office, tuvieron una reunión  a solas con Serps en el vagón  de mercancías, donde posiblemente le exigirían que tuviese más cuidado en lo sucesivo. Advertencia que más adelante -como se pudo comprobar- no fue acatada por el cazador.
 
Por fin el tren llegó a Kampala, era el  punto donde terminaba su trayecto, y donde  comenzaba la verdadera aventura.

Cuatro camiones esperaban al grupo expedicionario, los cuales se  pusieron inmediatamente en marcha dirigiéndose hacía el sur, rumbo al  reino de Bugamuri. Transcurridas cuatro horas de viaje en un paisaje  de sabana donde crecían abundantes baobabs,  la carretera, o más bien el camino se cortaba bruscamente, por lo que  hubo de continuar caminando, esta vez en dirección oeste.

 Al principio el camino consistía en  una  senda pedregosa bien definida, pero a medida que se iba adentrando en la selva, y a medida que se iba apoderando de ella la espesura, la senda se iba estrechando, lo cual fue motivo para recurrir a los machetes para abrirse paso en la tupida maleza.
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El calor era sofocante y la humedad muy alta, era frecuente tropezar con alguna serpiente que cruzaba la pista, pista o senda que  presentaba evidencias de haber sido aplastada por huellas de elefantes desde tiempos inmemorables. Resultado de imagen de LA SELVA AFRICANA


Frecuentemente el cielo se cargaba  de negros nubarrones que  rugían con tremenda fuerza y  descargaban copiosos chaparrones.  

Sonidos de todo tipo -sobre todo en  el silencio de  la noche-  provenían de las profundidades de aquella espesa selva, indicando la  ingente diversidad de vida y peligros  que la misma albergaba. 
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 En las noches que acampaban en plena selva las llamas brotaban del fuego alumbrando a los portadores indígenas entorno al mismo,   Resultado de imagen de NEGROS DANZANDO EN TOORNO A HOGUERA EN LA SELVA    el cielo oscuro tomaba un aspecto siniestro sobre sus cabezas, tan sólo cuando la luz de la luna alumbraba, alguno de los porteadores se ponía en pie iniciando una cantinela a media voz, siendo coreado por los demás, que a medida que  las voces se elevaban se iban poniendo en pie y balanceaban sus cuerpos, primero lentamente, para poco a poco  acelerarlo y acabar lanzándose  en una danza infernal que les transformaba y transportaba a tiempos atávicos

La región en la que se  hallaban estaba dividía en varias cadenas montañosas, las cuales debían de franquear, pues eran el paso que conducía al lugar hasta el que pretendían llegar, los expedicionarios observaron con temor aquellos gigantes de hasta ochocientos metros de altura, cortados por rocas, raíces y matorrales. 
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A las fatigas y sufrimientos, también hubieron de soportar  el acecho de las alimañas que merodeaban en torno a ellos, sin atreverse a atacarles -ahuyentadas en el día  por lo numeroso de la expedición , y en las noches por la gran fogata que calentaba y alumbraba- , y a la espera del más leve descuido que sería aprovechado para conseguir el alimento de la jornada, las alimañas sólo mostraban su presencia por los terribles rugidos provenientes de la espesura, los cuales eran acompañados por la risa histérica de la hienas carroñeras que se impacientaban a la espera de  alguna migajas de un posible desenlace. 
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Por fin, y tras  durísimas jornadas, siguiendo el curso de un riachuelo entraron en un espléndido valle  de explosiva y exuberante vegetación, la cual le  convertían en un verdadero jardín del Edén, los expedicionarios decidieron acampar allí, al borde del caudaloso río en que se había convertido el riachuelo y  que desembocando en el lago Mutanada, les ofrecía agua fresca y abundante,  y amparo a la sombra que proporcionaban sicomoros  y tamarindos de tamaños gigantescos, que crecían por todas partes .

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 Durante las últimas veinticuatro horas  y al tiempo que desde el interior de la selva negros cuerpos de  indígenas les seguían, observando los movimientos de la  expedición, los tambores no habían dejado de sonar anunciando el paso de intrusos por aquellos lugares; ahora habían cesado su rítmico  y repetitivo tan-tan, lo cual indicaba que el poblado  en el cual moraba el rey de aquel territorio estaba muy cerca.


Apenas hubieron lo expedicionarios acabado de montar el campamento, hicieron acto de presencia un grupo de indígenas con extraños adornos clavados en sus labios y en sus orejas, iban  bien pertrechados de lanzas, y con largos cuchillo en sus cintos. Resultado de imagen de TAM-TAM  ejecutado en la selva por africanos

Fue Serps el cazador, quien les  recibió, dirigiéndose a ellos en la lengua bantú

Al parecer los nativos, advertidos de la llegada de los intruso, a través de los tambores que durante varios días no habían cesado de advertir  su presencia, tenían la misión de recaudar un impuesto de peaje, que su rey Iwid II, imponía a todos aquellos que pisaban su territorio. 

 Philby Singer el agente del  Foreign Office intentó aconsejar  al cazador acerca del los términos de las negociaciones indicándole que le ofreciese unas cuantas collares y abalorios y alguna tela de percal, pero  el cazador  siendo fiel a su carácter directo y violento, no se anduvo  con miramientos, y a  voz en grito, exigió a la extravagante comitiva de recepción, que comunicasen  a su caudillo que una delegación enviada por el  rey de Inglaterra, del cual el rey de Bugamuri era súbdito, debía ser recibida inmediatamente.
                                                                                                                                             
Sin mostrar la  más mínima  emoción en sus rostros, los  indígenas  volvieron sobre sus pasos y se marcharon.


Pocas horas más tarde apareció un  nutrido comité de bienvenida engalanado con lo que al parecer eran sus mejores ropas. En el centro y protegido por varios  negros gigantescos, estaba Iwid I, El rey de Bugamuri. 
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Éste portaba un taparrabos de cortezas y una túnica de piel de leopardo, sus orejas y nariz estaban adornadas con  alambras que atravesados le conferían un aspecto bastante fiero, y su cabeza la cubría con un  turbante que al parecer era un signo de distinción en aquel lugar. 

Tras las debidas presentaciones, el profesor Darward, con la ayuda del cazador, hizo traducir al rey el motivo de la expedición, solicitando su ayuda y colaboración  para resolver el misterio de los  fenómenos y sucesos  que allí habían ocurrido, y de los cuales e los nativos no querían hablar ni escuchar nada, por considerarlo magia negra ejecutada por demonios.

                                                                                                                                
Iwid II, que  era un tipo corpulento  y de mirada astuta y esquiva, en principio  pareció no entender que era aquello por lo cual le preguntaban, pero Serps el cazador conocía y sabía cómo negociar con  los habitantes de aquel remoto lugar del planeta, al principio le habló con firmeza y enérgicamente, luego y ante la mirada reprobatoria del funcionario del Foreign Office, negoció ofreciéndole varios rifles y munición, lo cual agradó y mucho al rey, que dio las órdenes pertinentes para que el profesor obtuviese la información que solicitaba
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Mientras el rey Iwid II  se divertía probando sus nuevos  juguetes y disparando a diestro y siniestro contra todo lo que se movía a su alrededor,  el profesor  y los principales miembros de su expedición fueron conducidos a través del poblado al tiempo que eran observados por los nativos que allí habitaban, los cuales  con gran alabaría y estruendo los recibieron  con curiosidad y avidez, y con sus bocas abiertas en las cuales podían apreciarse sus dientes afilados;  tras un par de horas a través de una zona pantanosa plagada de enormes mosquitos, debiendo cruzar el mismo escuchando  los rugidos de hipopótamos y sinuosas y amenazantes siluetas de enormes cocodrilos, llegaron a una zona en la que se apreciaban vestigios de las ruinas de antiguas construcciones de piedra totalmente cubiertas por la selva.
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Al penetrar en el interior de una de aquellas ruinas, hubieron de esperar unos segundos hasta que sus ojos se adecuaron a la oscuridad que reinaba en ella para que poder percibir   lo que allí había; cuando pudieron hacerlo  observaron tendido en el suelo sobre un jergón maloliente  a un hombre viejísimo y cuyo color de piel era mucho más claro que el resto de los que por allí habitaban, por el aspecto del rostro de éste, podría tener más de cien años, y daba la impresión de que no le quedaba mucho tiempo más de vida.

El profesor pidió al Heins que tradujese el lenguaje entre meroítico y copto, en el cual el anciano les rebeló con frases entrecortadas, y entre espasmos y estertores, cuanto sabía:

-Hace cientos de  años, que a este lugar arribaron gentes procedentes del Norte…del país de Kush,  huyendo de una potencia invasora…, e intentando proteger  los secretos milenarios guardados en los templos de los dioses de Egipto. Otros al igual que nosotros buscaron refugio en  otros lugares; todos intentaron preservar los secretos de la Inmortalidad,  al amparo de civilizaciones  primitivas, con las cuales,  se fusionaron y les  que transmitieron sus  conocimientos… Conocimientos  que  con el tiempo les fue concedido acceder a aquellos nativos cuyo estado rudimentario de sus conciencias  les permitía el privilegio de fundirse con  La Luz del Cosmos.  Yo… soy el último descendiente  y depositario…  de los misterios transmitidos de generación en generación, y ahora si muero todo se perderá conmigo -El anciano  cerró sus ojos, dando la sensación de  que no ya no podría decir nada más, pero en un supremo esfuerzo concluyó-.  Si deseáis contribuir  a desvelar las incógnitas del más allá, deberéis buscar  en el origen y raíz de su procedencia, todas ellas hallaréis en la tierra de Kush, en  lo más profundo del  Gran Laberinto. Allí  hallareis las respuestas.

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Con estas últimas y enigmáticas palabras el anciano expiró su último aliento, al tiempo que de sus manos se desprendía un amuleto Ankh al cual se había aferrado hasta el último momento.
 
Después de escuchar  traducir a Heins aquello últimas palabras del anciano, último custodio de los secretos del Antiguo Egipto en aquel remoto lugar, y tras hallar en sus poder  el amuleto en forma de  ankh.  EL profesor Darward confirmó sus sospechas respecto al origen y procedencia  de los mismos, e intuyó que todos los indicios apuntaban que la clave de  todo aquel misterio que envolvía aquellos extraños sucesos, así como a los mensajes ocultos en manuscritos y leguas extintas,  habrían de hallarlo en el lugar que fue último reducto de la civilización egipcia, y allí donde los sacerdotes poseedores de la sabiduría y secretos del Antiguo Egipto buscaron refugio cuando el imperio de los faraones se desmoronaba con la invasión del Imperio Romano.
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Ese lugar era sin duda alguna Gebel Barkal en Nubia, lugar sagrado  conocido como “La montaña pura”, cercano a la ciudad de Karima en el Sudán. Y el profesor especulaba con la idea de  que “El Gran Laberinto” que debían de buscar allí, muy posiblemente lo hallarían  bajo el gran templo dedicado Amón-Ra el dios del Sol, conocido por “El Oculto” y r dios portador del “Ankh”

-El Gran Laberinto -explicó el profesor-  es una de las incógnitas más fascinantes de la egiptología;  Herodoto afirmó haberlo visto personalmente, describiéndolo como un monumento de enorme dimensiones, con mil quinientas cámaras a nivel del suelo y otras tantas subterráneas. Construido de piedra, todas sus salas estaban adornadas con relieves y pinturas, levantado durante la XII Dinastía, se supone que fue un lugar donde se iniciaba a los sacerdotes en los misterios de Egipto, y donde se salvaguardaban los mismos; también se le atribuye ser el lugar donde se guardaban los tesoros de los faraones. Su interior se describe como de techos altísimos, escaleras sinuosas  de difícil acceso y puertas que sólo podían ser abiertas por aquellos que poseían el secreto de su apertura. Siendo extremadamente peligroso para aquel intruso que se atrevía a entraba en él, dada la gran cantidad de trampas ocultas por todo el recinto - el profesor no pudo disimular su preocupación, cuando concluyó su pedagógica información- Amigos míos el Gran Laberinto desapareció en el siglo II d.C., desde entonces nadie ha podido hallar rastro de él. 
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Todo ello comunicó a los expedicionarios, los cuales acordaron dirigirse hacía el Norte y siguiendo el curso del río Nilo desde su nacimiento, fijarse como destino La Montaña Pura, en la  ardiente región  sudanesa de Nubia.

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