II
El comienzo de una gran aventura
Así, entre
sorbo y sorbo, saboreando aquél
excelente té de la lejana India, y teniendo como fondo la imagen de unas
esbeltas palmeras y el azul intenso del mar Mediterráneo. Virginia comenzó el
relato de la mayor aventura de su vida, así como de la mayor parte de todos aquellos que
tuvieron alguna participación, directa o indirectamente, en los acontecimientos que la envolvieron.
“-Una mañana
gris de diciembre del año 1938,
en las páginas interiores del diario londinense The Times podía leerse la siguiente noticia:
“”En uno de los suburbios situado en el East End de Londres,
y a escasos metros del hotel
Hamilton, fue hallado ayer el cadáver
de un hombre con el rostro destrozado; todos los indicios apuntan a que la muerte le sobrevino
a causa de un disparo a bocajarro con un arma de fuego; se especula con la
posibilidad de que el móvil del crimen haya sido el robo, ya que la víctima no portaba
cartera, ni documentos que le pudiesen identificar, siendo su identidad
hasta el momento desconocida. Agentes de
Scotland Yard investigan el caso””
“-Esa misma mañana Robert Heins, totalmente
ajeno a la relación y consecuencias que
dicho hallazgo tendrían en la expedición
y sobre su persona, se embarcaba junto a sus sueños e ilusiones, en un buque
de la Compañía Peninsular y Oriental llamado “Cormorán”, que partía de Londres transportando mil quinientos pasajeros - incluidos el capitán, sus
oficiales y la tripulación-, y mercancías de diversa índole, para realizar la
travesía mediterránea a Asia.
“-Cruzando el peñón de Gibraltar, habrían
de atravesar el Mediterráneo hasta llegar al Canal de Suez, para luego alcanzado
el mar Rojo, superar el Cuerno de África
y navegar por el Océano Índico. Sería
entonces, cuando el “Cormorán” antes de
seguir rumbo a la India
y China, haría escala en los puntos más orientales de África, Zanzíbar y Dar es Salaam
“- Una vez allí,
Heins habría de reunirse con el resto de los componentes de la expedición, a la
cabeza de la cual se encontraba el famoso profesor y egiptólogo Retarc Darward,
célebre por haber descubierto unos años
atrás la tumba de Allamistakeo. El
contacto y vivencias de Heins con la
experiencia y sabiduría del profesor
Darward, habrían de proporcionarle una
visión nueva del Universo y las fuerzas
y misterios que éste encierra, de tal
forma, que haría cambiar su vida para siempre.
“-Durante los quince días que separaban el trayecto de Londres a Zanzíbar, Heins tuvo
ocasión de conocer a algunos de los pasajeros con los que compartía la
travesía. Allí se encontraban veteranos
militares destacados en la India, comerciantes en
especias y artículos
exóticos, jóvenes empleados de compañías comerciales del Imperio colonial,
aristócratas, oficiales y, por supuesto abundaban aventureros en busca de fortuna. Hombres y
mujeres, todos ellos de lo más variopintos, personajes excéntricos y estrafalarios, que se
dirigían a las colonias forjadas por el Imperio Británico, unos en busca de
riqueza y otros en pos de la gloria. Dos
de estos individuos tuvieron oportunidad de conocerse y entablar amistad apenas subieron a bordo del
“Cormorán, uno de ellos se presentó como
cazador profesional, el otro lo hizo como
agente del Foreing Oficce en misión especial.
“-Durante el largo y monótono trayecto, el
joven Heins tuvo oportunidad de admirar,
confraternizar, y desconfiar del carácter de algunos de estos pasajeros, así como comprobar y sufrir el comportamiento
extraño e insociable de otros.
“-Un
calurosos atardecer -tras haber sobrepasado Port Said, la temperatura
había ascendido de forma sofocante- se
encontraba en cubierta contemplando el contraste que ofrecían las
monótonas dunas de arena de las desérticas orillas del canal con una preciosa puesta de sol, cuando escuchó que
alguien exclamaba alegremente a sus espaldas.
-¡Buenas tardes joven! ¿Su primer viaje a África?
Un hombre de unos cuarenta años, que vestía de rigurosa etiqueta como si
se dirigiese a la ópera, y que lucía unas enormes patillas, se dirigió
cordialmente a Heins, intentado mitigar el tedio de la travesía-.Permítame que me presente, mi nombre es Roald Smith, colono y cultivador
de más de 10.000 acres de terreno, repartidos en varias plantaciones de
té y cafetales en los montes de Tanzania – el cordial pasajero se presentó, al tiempo que le ofrecía su mano-
Robert Heins, Licenciado en
arqueología y en Lenguas antiguas y
extintas -respondió Heins,
estrechándosela enérgicamente
En el transcurso
de la charla el terrateniente confesó a Heins, que ya eran quince los años que había dedicado al
cultivo en aquellas tierras africanas, un sueño al que había dedicado su
vida; ahora poseedor de una fortuna, de
una extensa plantación y, una avioneta
con la que recorrer sus posesiones, había viajado a Inglaterra, buscando
a un antiguo amor de juventud, pero la dama en cuestión ya estaba casada con otro
hombre. -Cosas del destino -Afirmó resignado.
Heins por su parte contó al patilludo colono,
la ilusión que tenía y lo afortunado que se sentía por haber sido elegido por el prestigioso profesor Retarc Darward , para formar parte de una expedición a las
fuentes del Nilo. Mientras tanto,
próximos a Heins y mister Roald, dos sujetos se hallaban apoyados en la
barandilla del buque, uno de ellos con evidentes signos de embriaguez, sostenía en
su mano un vaso de whisky, al
tiempo que comentaba al individuo que tenía a su lado.
…Una expedición
al infierno verde… o negro, según se mire.
- Bueno, usted
es el experto, supongo que puede etiquetar el color que más se adecué al lugar
-respondió famélicamente su interlocutor
-Sí, así es,
Muchas son las marcas que en mi cuerpo dan testimonio de mí dilatada
experiencia en este continente. Es por ello que no comprendo porque ese
Profesor Darward no pidió mi opinión para decidir la ruta al corazón de tan
peligroso lugar.
Heins no había
podido evitar oír la conversación dada la proximidad de los dos pasajeros, y al
escuchar el nombre del profesor Darward,
se dirigió movido por un impulso juvenil, al hombre que lo había pronunciado.
-Disculpe caballero, permítame que me
presente, mi nombre es Robert Heins, y éste señor que me acompaña es Roald
Smith, no hemos podido evitar escuchar
su conversación, en la cual ha mentado usted al profesor Darward, y dado que yo
me dirijo a Zanzíbar para formar parte en su nueva expedición en calidad de
arqueólogo y experto en leguas antiguas, no he podido resistir la
tentación de dirigirme a usted.
-¡Dos “gentleman” listos parar ser
cazados al vuelo!
Veamos si podemos romper la
monotonía, divirtiéndonos con ellos – Susurró en tono socarrón el hombre al
cual se había dirigido Heins, a su compañero, al tiempo que miraba despectivamente de arriba abajo a Heins y al cultivador de
café.
El individuo en cuestión contaría unos cincuenta
años, era fornido y de pequeña estatura, y su
rostro quemado por el sol, estaba
marcado por arrugas que le
formaban profundos surcos, un enorme mostacho en forma de bigote cubría
su boca, y sus ojos de hiena estudiaban con mirada
inquisitiva a los dos pasajeros
- ¡Ah!
¿Y dice usted que va a formar parte de la expedición del profesor Darward a las Fuentes del Nilo? ¡Bien, muy bien
muchacho!, ha hecho usted muy bien en
preguntarme.
El hombre izó
una reverencia grandilocuente, la cual casi le cuesta caer de bruces en la cubierta del buque, y con evidente
sorna se presentó a sí mismo y a su compañero.
Caballeros permítanme que me presente, mi
nombre es Larc Serps,
cazador y guía profesional, y mi acompañante es Mr. Philby Singer, funcionario al servicio de su graciosa
Majestad -Mr Singer era un tipo enjuto,
cuyos ojos observaban todo y a todos minuciosamente por encima de unos lentes
de esferas redondas, las cuales parecía
le iban a resbalar de la nariz y caer al suelo de un momento a otro, y en
contraste con su acompañante el
cazador, el tono de su piel era blanquecino y
tenía el aspecto de ser
el tipo de
persona que se hubiese pasado toda su vida encerrado en una oficina, siendo además un sujeto de lo más reservado, pues se limitaba a
observar, permaneciendo con las manos metidas en los bolsillos de su
arrugada chaqueta, sin decir ni una palabra y limitándose a asentir con la
cabeza todo aquello que su compañero contaba.
-Pues sí,
efectivamente a escuchado usted bien… ¿Mister Heins?.. ¿Dijo que era su nombre?
¡Bueno, no importa! Como iba diciéndole yo también me dirijo a Zanzíbar para
incorporarme a esa dichosa expedición, soy el guía de la misma. Pero es una
larga historia, y puesto que yo al igual que ustedes, nos encontramos atrapados en esta vieja y
aburrida lata flotante, creo que puedo, dada mi dilatada experiencia,
ilustrarles con aquello que les espera y van a encontrar en África…
Ante la atenta
mirada de Heins, el cazador izo una pausa, apuró el líquido ardiente que contenía el vaso que sostenía, y sacando
una petaca de uno de los bolsillos de su chaqueta procedió a llenarlo de nuevo,
para a continuación proseguir ufano su disertación.
-Como iba diciéndoles.
¡Sí, África, continente apasionante, desconocido y despiadado!, en el cual he
pasado treinta años de mi vida explorando, matando fieras y nativos… y
sobreviviendo a todos ellos, así como a
su clima, epidemias e insectos… Por
cierto ¿Míster… Heins? me ha parecido entender que es su nombre -insistió el
hombre, dando muestras del
efecto que el licor hacía en su mente-, vamos a ser compañeros de expedición, soy
el guía contratado por el profesor Retarc Darward, para conducirles a través de la ruta de los
esclavos, hasta las fuentes del Nilo –
le espetó a Heins, al tiempo que le
extendía su mano y le ofrecía una salvaje y siniestra sonrisa, en actitud prepotente.
Mientras Heins y míster Smith se limitaban a escuchar al arrogante y pedante
cazador, éste puso al corriente a sus dos compañeros de travesía, de la crudeza
salvaje y primitiva, que podían hallar
tanto en la naturaleza de sus
tierras, como en la de los nativos que
poblaban las sabanas, desiertos y selvas de aquellos remotos e ignotos lugares
a los cuales se dirigían, sin omitir los
detalles más sórdidos, e incluso exacerbando y detallando los más escabrosos,
crueles y bárbaros.
- El lugar al que he de conducirles es un
contraste explosivo, una especie de paradoja en la cual podemos hallar las
delicias más deseables y tentadoras del
Paraíso, a la vez que al mismo
tiempo nos podemos encontrar con las tinieblas más tenebrosas del Infierno.
-El
explorador se deleitaba al contemplar los gestos de incertidumbre que sus
palabras despertaban en aquellos a los que iban dirigidas-. A medida que uno se adentra en la selva, el
aire y el entorno se van haciendo cada vez más hostiles y poco a poco se va viendo envuelto por tramos de jungla prácticamente impenetrables, debiendo recurrir a los
machetes para abrirse paso por caminos inexistentes, en ellos reinan las serpientes más peligrosas
del mundo, algunas de las cuales les basta con sólo una mordedura para causar una muerte instantánea; también abundan los
cocodrilos, los hipopótamos, y los
leopardos y panteras, al acecho de cualquier cosa que se mueva y pueda aportarles proteínas.
Pero
lo peor de todo no son las grandes
fieras, ni los reptiles traicioneros, o peor son los
incestos y las invisibles bacterias transmisoras de la malaria, la fiebre
amarilla, el cólera, la enfermedad del sueño, y mil calamidades más, que
acaban doblegando el espíritu y el alma, hasta causar la muerte de
aquellos que se atreven a internarse en
aquellos inexplorados lugares. ¡Ah! Pero
para llegar hasta allí -el filibustero
aventurero, continuó su disertación, incentivado con la expresiones de estupor
y ansia de Heins y el terrateniente mister Roald, más un nutrido grupo de
pasajeros, que se habían acercado a escuchar -, hay que atravesar caminos polvorientos e
intransitables plagados de enormes zarzales espinosos, en los que es frecuente
toparse con fieros y asesinos leones a los que gusta la carne humana, y a la
que están habituados; o también es probable
sufrir el asalto de bandidos y
salteadores árabes que se dedican al comercio de esclavos y, que no titubearan en asesinaros, simplemente para robaros unos
peniques; sí, mis jóvenes amigos, para llegar a la selva, primero hay que enfrentarse a desiertos infernales, cuyo sol impenitente
cuando está alto hace que se
alcancen temperaturas insoportables de más de 50 grados y, en ocasiones, el Haboob sopla…¡ Entonces el cielo se pone negro y una
montaña de arena en forma de garra fantasmal lo
envuelve todo en una densa
obscuridad, y pobre de aquel que no
consiga ponerse a buen recaudo, pues es seguro que acabara siendo sepultado por la arena! Si se logra
sobrevivir a todo ello, y se logra llegar a la zona de los Grandes Lagos, es
entonces cuando nos encontramos al borde
de una inmensa fosa, desde la que se divisa una enorme y
espantosa mancha
verde; es la selva virgen en la cual se ocultan un sin fin de desconocidos
peligros . Y ya una vez internados en la jungla, no es infrecuente tener la mala
fortuna de encontrar tribus primitivas que allí habitan y que conservan costumbres ancestrales que les
empujan a practicar el canibalismo, siendo el hombre blanco uno de sus bocados
preferidos.
Llegado a este
punto de su exposición el cazador-guía fue interrumpido por el patilludo propietario cafetero, el
cual previamente había hecho un guiño a
Heins.
- Pero mister Serps, supongo que mi joven amigo no tiene porque preocuparse por todo
esos pequeños inconvenientes, ya que va ser usted con su dilatada experiencia
en todo esas pequeñas adversidades, quien se va a ocupar, siendo su protector y
guía, de solucionarlas.
La seguridad y
aplomo del pedante aventurero sufrió un ligero resbalón, ante la sutil
socarronería de míster Smith, al que respondió
con evidente enfado.
- ¡Espero por su
bien, que cuando llegue el momento y, tenga la seguridad que llegara, en el
cual se encuentre cara a cara con alguno
de los peligros a los que he hecho referencia!
¡Recuerde que yo Larc Serps ya se
los advertí
En una reacción inesperada y cuando ya
parecían concluidas las advertencias del cazador, encarándose éste al
joven y novel arqueólogo le dejó caer ciertas insinuaciones en forma
de incógnitas, que sembraron en Heins una
gran incertidumbre y desasosiego.
- ¡Y usted míster Heins! ¿No se ha preguntado el porqué,
para excavar unas tumbas en Nubia, han de hacer tan peligroso y largo
recorrido, llegando hasta los Grandes
Lagos, en donde se halla el reino de Bugamuri en el cual se
habrán de internar, y en el que reina un soberano déspota, cruel y voluble,
con el que deberán negociar para obtener su beneplácito y conservar sus vidas; añadido
éste que le convierte en uno de los
lugares más peligrosos de la Tierra.?
Cuando hubiese sido más sencillo iniciar el viaje desde El Cairo, y navegar el Nilo río arriba impulsados
por los vientos del norte, economizado
tiempo y muchos peligros.
Serps hizo una pausa y tomo aire; debido al
énfasis con el que había pronunciado sus palabras, su rostro
bronceado había adquirido un tono rojizo, y los surcos de su arrugada piel
se apreciaban más profundamente marcados, dando la impresión de que su cara
había sido extraída de una
roca castigada por el viento y el sol
durante siglos.
Una vez recuperado el aliento advirtió con vehemencia a Heins.
-¡Piense en ello muchacho! ¡Piense en ello, y medite
en que oscuro asunto se está metiendo! Hecha
esta última advertencia, el
exaltado cazador y su silenciosos acompañante Mr. Singer, les
dieron bruscamente la espalda, desapareciendo entre el pasaje.
Observando la
perplejidad que las bruscas maneras y las últimas palabras del cazador habían
provocado en Heins, El caficultor intento quitar hierro al asunto y disipar las
dudas que rondaban por su cabeza.
- No debe usted la menor importancia a sus palabras, es
evidente que está ebrio y éstas están
cargadas de frustración y resentimiento –comentó, tratando de tranquilizar a
Heins, el cual se hallaba evidentemente afectado por los
augurios fatalistas que acababa de
escuchar. Y tras meditar unos instantes añadió-. Aunque
no obstante no le falta razón, dado que
no tiene sentido hacer tan largo y peligroso itinerario, para llegar a la Alta Nubia,
pudiendo aprovechar los vientos del Norte y navegar hasta allí por el Nilo.
El patilludo míster
Smith , bajando la voz como si temiese
que aquello que contaba fuese a llegar a ser escuchado por “el cazador”, cambió
el rumbo de la conversación.
-Muy mal asunto el de la última cacería de mister Serps. Hace unos años
fue contratado como jefe de un safari
que se adentro en tierra de los
masai, parece ser que durante la
cacería de un león, surgió una disputa entre los nativos y los cazadores
por la posesión de la pieza… Pero eso no fue lo peor, lo peor fue que murieron sus clientes, unos
cazadores alemanes a los que
guiaba en el safari. Como consecuencia,
Serps tomo venganza quemando todo lo que
encontró a su paso. Poblados y todo
aquello que en ellos latía con vida
fueron arrasados y aniquilados.
Ello provocó una situación
bastante embarazosa y tensa entre los nativos y las autoridades del protectorado,
ya que la zona se ha convirtió desde entonces en poco apta, y muy peligrosa
para cualquier blanco… Exceptuándole a él, bwana Serps “ el cazador”, al cual
desde entonces temen como al mismo diablo, y llaman
“el que derrama sangre” -Explicó el terrateniente, sin interrumpirse
ni aguardar a ser preguntado.
Relatada la
trágica historia del cazador, el colono quiso expresar un sentimiento que era común en aquel lugar al que se
dirigían:
- En aquellos que viajan al continente
africano podemos encontrar dos clases de
personas, las que quedan
subyugadas en cuerpo y alma por la magia
de su naturaleza salvaje y de sus gentes primitivas, y aquellas otras, que por
el contrario los detestan profundamente.
En el transcurso de lo que restaba de travesía hasta Zanzíbar no
volvieron a ver ni saber nada del tenebroso y agorero cazador.
Un espléndido amanecer, con el viento del monzón
soplando del nordeste, el buque de la
compañía de Indias “Cormorán”, enfilaba
el puerto de la ciudad de Zanzíbar, haciendo escala en la
que no mucho tiempo atrás, tuvo
el tétrico honor de ser el final del tenebroso viaje,
del que partiendo del corazón del
continente africano, las caravanas de la muerte atravesaban selvas y desiertos para
finalmente arribar a Zanzíbar. Era la
denominada ruta de los esclavos.
Asimismo a aquel
lugar también le cabía la gloria de haber sido el punto
estratégico de partida, de aquellos pioneros - que
con el permiso, el beneplácito y el apoyo de los
poderosos
sultanes del reino de Omanís que allí habitaban rodeados de riqueza y lujo orientales- que iniciaron la
aventura de las grandes
exploraciones de Centro África. Como
Burton,
Speke,
Livingston y Stanley.
Y otros muchos que a mediados del siglo
XIX se adentraron en el continente
misterioso para abrir nuevas rutas,
descubriendo su orografía, etnia, fauna
y flora, y marcando surcos de ríos, cataratas, montañas y poblados, donde
antes sólo habían espacios en blanco, y que servirían a los países colonizadores y a las compañías
mercantiles para iniciar la explotación
de sus ingentes recursos. Todos ellos utilizando métodos poco éticos, y con la
rapacidad y la ambición de poder y riqueza
como bandera.
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