-DE REINAS Y PRINCESAS-
Noche de Reyes.
Un año
cualquiera de la primera década del 2000
Sala de Urgencias de un Hospital situado en algún lugar.
Dieciocho y
cuarenta y cinco de la tarde; la Sala de Urgencias del Hospital General se
halla en un momento de máxima saturación. Los pacientes a los que ya les han
sido practicadas las primeras curas, son remitidos provisionalmente a un largo
y estrecho pasillo, en el cual se ha improvisado una angosta sala con capacidad
para una veintena de camas. Allí deberán
de aguardar los enfermos, aquellos resultados que determinaran,
dependiendo del diagnóstico, si han de volver a sus casas, o se les ingresara
en planta donde permanecerán en observación hasta que su estado de salud
permita darles el alta.
Un intenso y
penetrante olor a gasas, pomadas y
antisépticos envuelve el recinto.
Las camas se
hallan dispuestas en dos columnas, una frente a la otra, y tan sólo dejan un
estrecho pasillo para poder transitar de un extremo a otro de la sala. La
intimidad de los enfermos apenas existe, dado que una simple sábana separa una
cama de las otras, siendo tal la proximidad, que es imposible no escuchar las respiraciones, quejidos
y suspiros de
aquellos cuyo dolor no se ha conseguido mitigar. También se pueden escuchar las
conversaciones de los sanitarios con los
hospitalizados y su acompañantes, teniendo estos últimos que soportar la espera
en un reducido habitáculo que se les ha
dispuesto junto a la cama del enfermo, allí, en una
pequeña e incómoda butaca se les permitirá acompañarles hasta conocer los
resultados de análisis y
radiografías que habrán de determinar su
dolencia.
-¡Vi por el
espejo retrovisor de mi coche que el camión se me venía encima¡ -Explicaba
con voz apagada, pero a la vez
indignidad, una joven de unos veinte años de aspecto angelical.
Reclinada en una
de las camas, la muchacha presentaba en su
rostro lívido y juvenil las magulladuras y moratones producidos por el
accidente, sus brazos estaban entablillados y su cuello se hallaba sujeto por
un collarín.
-¡Vi al
conductor por el espejo retrovisor, le vi como en
una mano sujetaba el volante, mientras en la otra sostenía el teléfono móvil con el que hablaba! ¡Le
vi perfectamente cuando me atropellaba!
– Insistía la joven en tono lastimoso e impotente, a sus acompañantes y al
guardia civil de tráfico, el cual tomaba buena nota sin que en su rostro se
denotase emoción alguna.
Vicenta y su
hijo mayor, espectadores forzados, escuchaban con curiosidad e indiferencia.
Durante los veinticinco años transcurridos, desde que en una noche Reyes una mala circulación sanguínea provocó en Vicente una hemiplejia que dejó su cuerpo semiparalizado, ya eran
muchas las ocasiones en que habían sido testigos de semejantes situaciones.
- ¡Tengo sed!
¡Tengo mucha sed, agua por favor! – Un grito suplicante e histérico surgió del
fondo del estrecho pasillo que conforma la improvisada sala. Nadie respondió.
Las enfermeras que se movían
apresuradamente arriba y abajo, dando
sensación de impotente suficiencia, hicieron caso omiso a los desgarradores y
suplicantes lamentos.
En las incontables recaídas, que como
secuelas de la trombosis venal sufrida,
habían obligado a Vicenta acudir a la
Sala de Urgencias en el Hospital
General, nunca había sido testigo de semejante hacinamiento e indolencia.
Los murmullos y
comentarios al respecto, se sucedían y
escuchaban, por parte de los pacientes y acompañantes, preocupados e
indignados por la atmósfera agobiante
que allí imperaba.
-¡Aquí vienen
enfermos de muchos lugares, este Hospital se ha quedado demasiado pequeño para
acoger a tantos enfermos!
- ¡Si es que ya
tenían que haber construido un Hospital mucho más grande!
-¡La culpa es de
los nefastos y perversos recortes que se
han aplicado a la Sanidad!
La voz
procedente de la cama situada al fondo
del pasillo de nuevo sonó implorante.
-¡Agua, agua por
favor, tengo mucha sed!
El acompañante
de la cama contigua a donde procedía la amarga suplica, se acercó en un gesto
humanitario botella de agua en mano, con intención de ofrecer alivio a la
demanda sedienta e aquel enfermo olvidado, al llegar frente a la cama, halló en
ella a una señora mayor que le contemplaba con los ojos muy abiertos, y que al
verle prorrumpió en tremendos alaridos.
-¿Quién es
usted? ¿Qué hace en mi casa? ¡Socorro, auxilio, al ladrón!
Ante la
sorpresiva e inesperada reacción de la enferma, el misericordioso samaritano se quedó petrificado y sin saber
cómo reaccionar.
La voz agria y
desagradable de una soberbia enfermera
le sacó en forma desabrida de su
incomodo atolladero.
-¡A esta enferma
no se le pueden dar líquidos! ¿Es usted acaso familiar de la misma?
-No…, no, yo tan
sólo quería ayu… dar - Las explicaciones
y excusas que el pobre hombre a duras penas intentó balbucear, fueron cortadas
con sequedad por la omnipotente enfermera.
-¡Para atender a
los enfermos ya estamos aquí el personal cualificado! ¡Así que haga el favor de quedarse junto al enfermo que esté
acompañando, y no entorpezca nuestra labor!
Al regresar el
buen hombre junto al enfermo que estaba acompañando, la ocupante de la cama
situada enfrente, habiendo sido testigo de la escena, le comentó:
- La pobre
anciana sufre de la enfermedad de Alzheimer, se encuentra sola, igual que yo;
su sobrina, una chica muy joven, estuvo unos instantes acompañándole, pero ya
se marchó.
-Y usted, ¿no tiene
a nadie que le acompañe? – le preguntó el buen samaritano.
- Tengo una hija
y un hijo; la hija me la embaucó un camello drogadicto, y entre él y la droga
me la arrebataron. El hijo es buena persona, pero su esposa es una auténtica
arpía que le tiene absorbido el seso, y no le permite visitarme. Así que aquí
me encuentro sola, con una dolorosa artrosis que me está matando – La enferma,
una señora cuyo rostro demacrado aparentaba mucha más edad de la que en
realidad tenía, aprovechó para desahogar sus sentimientos reprimidos, y hacer
más llevadera la tediosa espera con un poco de conversación.
De pronto una
voz potente, autoritaria y perentoria se alzó procedente de la entrada a la improvisada sala de urgencias.
-¡POR FAVOR…!
¡PRESTEN ATENCIÓN! ¡ ¡ATIÉNDANME POR
FAVOR!
¡ACÉRQUENCE LOS
ACOMPAÑANTES DE LOS ENFERMOS!
Un doctor cuya
altura sobrepasaba lo normal, con el rostro sofocado y esforzándose en transmitir y aparentar tranquilidad,
requirió la presencia de todos los familiares que acompañaban a los enfermos.
-Tenemos muchas
urgencias que atender esta noche, debido a ésta circunstancia, los familiares
que se hallen acompañando a algún enfermo deberán abandonar la sala, con ello
pretendemos poder alojar en el espacio que ocupan a otros enfermos, que de otro
modo no tendríamos donde ubicarlos.
La incertidumbre
asaltó el ánimo de los familiares acompañantes, que ante la expectativa de
tener que abandonar sus seres queridos en aquella penosa situación de
vulnerabilidad, protestaron todos a una, produciéndose un gran revuelo.
Al tiempo que el
doctor que hacía de portavoz, se esforzaba intentando apaciguar a los exaltados
acompañantes, la enferma de Alzheimer que se hallaba al final de la sala,
alterada por el revuelo que allí se formó, de nuevo comenzó a vociferar.
-¡SOCORRO! ¡SOCORRO! ¡AYUDA, AL LADRÓN!
Y en ese momento
de confusión y algarabía generalizada, surgiendo de entre el desconcierto allí reinante como
por arte de ¡equilicuá! y ¡abracadabra!, aparecieron de pronto en la improvisada, y ya atestada
sala de urgencias, tres majestuosas figuras;
eran los tres Reyes Magos de Oriente, que con porte augusto y regio,
marchaban por el angosto pasillo formado
por las camas con actitud indolente y magnánima, ajenos totalmente al agobio y
desesperación provocados por la
situación extrema que allí en aquellos
momentos se estaba viviendo.
Al llegar al lugar en que se encontraba
postrada Vicenta, ésta se hallaba sola
al haber tenido que acudir su hijo a la llamada del médico portavoz, y en la intimidad que les envolvía, los tres
Reyes y Vicenta parecieron quedar
aislados en una luminosa neblina que fue testigo mudo de la charla que entre
ambos se produjo.
“-¡Vicenta, cuánto tiempo ha transcurrido!
Veinticinco años ya hace que nos pediste vivir lo suficiente para poder ver
crecer a tus hijos y servirles de ejemplo y de guía. ¿Qué vas a pedirnos en
esta ocasión?
Vicenta con la
resignación que proporcionan años de
postración, respondió a sus Sabias Majestades.
-En este mundo y
en el otro, la eternidad ha de ser testigo de mi agradecimiento, pero la forma
en que he vivido estos años, ha nadie le deseo. Más, he sido feliz al ver
cumplido y realizado mi deseo de contemplar
como crecían mis hijos, y verlos ya hoy, convertidos en personas honradas y
seres humanos de buen corazón. Ahora realizadas mis ilusiones, y no deseando
seguir siendo un lastre para ellos. Quiero pediros que se cumpla ya mi destino” ”
Los Reyes Magos acabaron su visita a la sala de urgencias. Al marcharse se encontraron frente a frente con el hijo de Vicenta, y al cruzarse en el estrecho pasillo tuvieron serias dificultades -dado lo angosto del paso, y la ampulosidad generosa de las vestiduras y capas de su regias Majestades-, al quedar enredado en ellas el muchacho, lo cual fue motivo de risas y regocijo por parte de algunos de los enfermos que observaron sorprendidos, tan inusual y chocante situación.
Los Reyes Magos acabaron su visita a la sala de urgencias. Al marcharse se encontraron frente a frente con el hijo de Vicenta, y al cruzarse en el estrecho pasillo tuvieron serias dificultades -dado lo angosto del paso, y la ampulosidad generosa de las vestiduras y capas de su regias Majestades-, al quedar enredado en ellas el muchacho, lo cual fue motivo de risas y regocijo por parte de algunos de los enfermos que observaron sorprendidos, tan inusual y chocante situación.
El hijo de
Vicenta encontró a su madre dulcemente dormida. Era el sueño de los justos.
En el exterior,
los niños agitaban jubilosos “las hachas” encendidas, con la intención de
llamar la atención de los Reyes Magos de
Oriente y sus pajes, manteniendo viva la esperanza, la fe y la ilusión
de la noche de La Epifanía
Un cielo
pletórico de estrellas enmarcaba la escena, una de ellas que brillaba con
especial intensidad, no pasó desapercibida a los hijos y nietos de Vicenta, que
aquella noche lloraron
amargamente su ausencia definitiva, recordando una máxima que siempre tuvo ella
presente y que como filosofía de vida
les fue transmitida a ellos.
“La fe infunde
esperanza, la voluntad doblega el
destino; con fe, voluntad y esperanza se
afrontan y vencen las dificultades que encontramos en el camino”
Francisco López “”Fisquero”
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