-LOS REYES QUE NO SABÍAN QUE ERAN MAGOS-
" Nunca subestimes los dones que el cielo tenga a bien concederte"Fisquero
En un lejano
lugar en el cual todavía permanecen la
esperanza y la ilusión que un día
habitaban en el
corazón de los hombres, tres Reyes se hallan inmersos en la difícil y ardua
tarea de mantener vivos y palpitantes
sentimientos humanos tan positivos como necesarios. Misión que desde
hace dos mil años les fue encomendada, y que aún hoy día, se
esfuerzan, por seguir realizando.
-¡Todos los años
lo mismo! ¡Prisas, prisas y más
prisas! ¡Con ésta ya llevo leídas hoy
novecientas cartas!
El que al borde de un ataque de ansiedad, así habla
y se lamenta es el Rey Melchor, que con las mangas de la túnica remangadas
hasta los codos, se derrumba sobre
la mesa
de despacho donde se amontan miles de cartas por leer. Un paje
secretario al que también le sobrepasa
la situación, le mira impotente.
El Rey Gaspar
desde la mesa de enfrente igualmente rebosante de cartas, intenta animarle.
-No te quejes,
pues aunque no lo parezca, las estadísticas afirman que la natalidad ha
descendido en los últimos años en más de
un cinco por cien, imagina como estaríamos de no haber sido así.
-Yo no voy a
negar lo que dicen las estadísticas. Como tampoco puedo evitar el hecho de que
somos demasiado mayores para adaptarnos a todas esas nuevas
tecnologías del correo electrónico e
Internet que podrían ayudarnos
-Continúa refunfuñando el Rey Melchor-.
Pero lo que no puede ser es que en unos pocos días tengamos que realizar
todo el trabajo de un año, y ahora nos faltaba esta dichosa crisis que nos ha
dejado con menos de la mitad de la
plantilla -Y mirando al paje secretario,
añade en tono despectivo-. ¡Pero si tan sólo me ha quedado éste para ayudarme!
¡Dichosa crisis!
- Que razón tienes
-Interviene débilmente el Rey
Baltasar-. Además los niños de antes eran menos complicados…
-¡En eso estamos
todos de acuerdo! -Le interrumpen Melchor y Gaspar al unísono.
-Tiempo atrás,
los niños esperaban nuestra visita con expectación y alegría, e incluso nos
dejaban algunas viandas para que
repusiésemos fuerzas en nuestro largo camino -El que así habla rememorando tiempos mejores
es de nuevo el Rey Gaspar-. Los niños de antes pedían balones de fútbol,
patinetes o Juegos reunidos, y las niñas
eran felices si les dejábamos una muñeca
Cuando algún niño pedía algo fuera de lo corriente, se le decía que
aquello ya lo había recibido otro niño y que no quedaban más. Si se ponía
pesado e insistía le dejábamos carbón, y
asunto resuelto.
Las palabras de
su compañero han despertado la nostalgia del
Rey Melchor, que insiste en sus quejas.
-Ahora los niños
piden regalos de lo más extraño, y cuyos
nombres son de lo más rebuscado, que si la Playestacion Nuuew, que si Wazira el último modelo de teléfono móvil con
“genio” en su interior; que si Blackberry, que si Blu Ray; que si ¡Phonte tú +GB… Esos juguetitos tienen unos precios
desorbitados que no están al alcance de todos, y mucho menos de nuestra institución
en crisis. ¡Ah! ¡Pero eso sí, mucho cuidadito con decir que no
los tenemos, y mucho menos amenazar con el carbón!
-Queridos
compañeros que verdad es que los tiempos
han cambiado para peor -El bueno
del Rey Baltasar, intenta de nuevo
tímidamente y con voz lacónica, hacer su aportación a la conversación -. El año anterior fueron tantas las llamadas que
recibimos con reclamaciones en atención
al consumidor, que hubimos de descolgar el teléfono, incluso un tal defensor
del menor nos demandó, alegando que los niños se habían sentidos maltratados y
frustrados al no coincidir los regalos
que habían recibido, con aquellos que habían pedido…
-¡Yo sé muy bien quien es el culpable de
todos estos cambios que nos traen de
cabeza! -Le interrumpe de nuevo el Rey Gaspar, poniendo gran énfasis en sus palabras-. ¡La
culpa de todo la tiene ese San Nicolás,
ese ordinario arribista, al servicio de algunas marcas comerciales, y que ahora
se hace llamar pomposamente Papá
Noel! ¡Él ha sido el que ha trastocado todas las tradiciones y nos ha
hecho perder credibilidad, gracias a su
socarrona amabilidad y su estrafalaria
modernidad; por no hablar de su falsa y ostentosa sencillez! -El Rey
Gaspar evidentemente indignado e irritado va elevando el tono de su voz, que
adquiere un sonido aflautado-. ¡Si hasta se permite el lujo de repartir los
regalos utilizando un medio de transporte aéreo! ¡Ya quisiera yo ver cómo se las apañaba desplazándose con
toda la mercancía en jamelgos, o en dromedarios, o mejor aún a lomos de un paquidermo! ¡Además utiliza la nigromancia para hacer el
reparto con más facilidad, e incluso dispone de una legión de duendecillos –mal
pagados y sin derechos- que le ayudan durante
todo el año preparando los pedidos!
Llegado a este
punto, la fogosidad con la que el Rey Gaspar se ha expresado le obliga a hacer una pausa que le permita recobrar el aliento,
para poder finalmente concluir con voz
agónica -. ¡Pero hombre! ¡Así cualquiera
puede!
Contagiado y
estimulado por la indignación de su
colega, el Rey Melchor tercia de nuevo, en esta ocasión visiblemente
abatido
-Y mientras
tanto aquí hemos de continuar nosotros soportando esta crisis, causada por aquellos que la han provocado con su
competencia desleal y su mezquino egoismo, y que nos obliga a prescindir de los
pajes con más experiencia, sin subvenciones, con transporte desfasado y
regalos anticuados. Y todo ello con el
esfuerzo añadido, pero al mismo tiempo gozoso, de tener que recorrer el
desierto bajo las estrellas,
cabalgando a lomos de un caballo,
un dromedario o un elefante, para cumplir el hermoso ritual de ofrecer oro, incienso y
mirra al niño Dios, nacido en un humilde
pesebre de Belén -Melchor eleva su ojos
al cielo demandando una señal-. En Él, y
en su eterna promesa de amor y esperanza, habremos de confiar, para que ante nuestra carencia de medios
materiales, consigamos seguir custodiando
la tradición y la ilusión que durante tantos siglos se nos ha encomendado, y así iluminados por
la luz de su estrella poder continuar transmitiendo
y manteniendo tan elevados sentimientos
humanos. Confiemos en Él, a fin de
que los niños y sus padres no
acaben por ignorarnos y olvidarnos.
¡Aunque no sé yo cuánto tiempo más
podremos resistir esta situación!
Los tres Reyes, Melchor, Gaspar y Baltasar, tras este breve descanso que han aprovechado
para hacer su peculiar terapia de grupo, reanudan su ardua y valiosa labor, al
tiempo que suspiran recordando tiempos mejores, coincidiendo en compadecer, y a la vez envidiar la suerte
de Santa Claus. Y es Melchor, el
que meciéndose con desesperación sus
blancas y largas barbas, y no
sabiendo cómo atender a tanta demanda, -al observar que la montaña de
cartas sobre su mesa ha ido aumentando, hasta no permitirle ver a sus
compañeros, cuyas mesas en torno a él se
hallan igualmente desbordadas-, clama al cielo:
-“¡¡Pero es que
acaso estos niños y sus padres se habrán creído que somos Magos!!”

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