-Adúlteros-
-¿Antonio…? ¿Eres tú, Antonio…? ¡Amigo, tienes que hablar
con Ana, estoy desesperado… a mi no quiere escucharme…!
La voz sonaba ansiosa, entrecortada y vacilante.
Al otro lado del hilo telefónico, una voz intentaba
apaciguar con buenos concejos el desasosiego
latente en su interlocutor
-Escúchame Juan, tienes que tranquilizarte, debes
comprende la reacción de tu ex mujer después de lo mal que te comportaste con
ella; recuerda que fuiste tú quien provocó está situación en la que ahora te
encuentras.
Juan sintió como los recuerdos se agolpaban en su mente
al rememorar todo lo acaecido en los últimos nueve años de su vida. Vio con
diáfana claridad el rostro pleno de ilusión e ingenuidad juvenil de Ana aquella
tarde, en la que fueron presentados en
la celebración del cumpleaños de aquel amigo común que era Antonio. Recordó en
una mezcla de gozo y dolor, como por un auténtico flechazo de amor, quedaron
prendados el uno del otro, y como a partir de ese momento el astro Sol no salía
para ellos dos, hasta el instante mismo del día
en que ambos se encontraban y se fundían en un apasionado abrazo; la
felicidad consistía para ellos en
cogerse de la mano y mirándose a los ojos susurrarse dulcemente tiernas
palabras de amor.
A la memoria de Juan llegaron las muchas privaciones,
sacrificios y esfuerzos, que tanto él como Ana, tuvieron que realizar, para
conseguir los ahorros suficientes que les permitiese la entrada para acceder a un pequeño pisito en el extrarradio
de la ciudad, tras firmar unos papeles con los cuales hipotecaban sus vidas a
perpetuidad, pudiendo así realizar el sueño que tanto anhelaban, que era el de
comenzar a vivir una vida en común…
Pasaron ocho años,
durante los mismos vivieron momentos felices, tuvieron tres hijos, y Juan
inició un pequeño negocio que poco a poco fue creciendo, a la par que su
amor y pasión por Ana fue enfriándose y disminuyendo.
Mientras Ana criaba y cuidaba de su hijos, ejerciendo y
cumpliendo con su rol de ama de casa y madre, Juan se labraba un porvenir
levantando un prospera empresa y convirtiéndose en un hombre de negocios
importante y respetado, lo cual le implicaba viajar a menudo, y en bastantes
ocasiones dormir fuera del hogar conyugal.
Se sucedían un día sí, y otro también, las reuniones y
entrevistas con clientes, las cuales concluían al llegar la noche
acompañándoles a algún “pub” o “night club” de dudosa reputación, en los cuales
los clientes terminaban entre los tiernos brazos de alguna dama de la noche, y
Juan remataba el negocio mezclándolo con el placer, cayendo también en los
brazos de alguna de las señoritas de lujo que frecuentan aquellos tugurios.
Fue en uno de estos compromisos de negocios, cuando
conoció a Tatyana,
una bailarina de barra y estriptis, unos años
más joven que él; esta muchacha procedente del país del frío, paradójicamente
poseía un don especial para enardecer y calentar a aquellos
clientes que sentados en las mesas del “night club” -de las cuales
surgían serpenteantes volutas de humo de sus cigarrillos y puros, y corría
alegremente el whisky y la ginebra-, contemplaban encandilados su danza
erótico-sensual, la cual ejecutaba con especial magnetismo al ritmo cadencioso
y electrizante de un Blues excitante y provocativo, en el transcurso del
cual conseguía elevar al éxtasis a los
espectadores al ir desprendiéndose de unos tupidos y vaporosos velos con los
que cubría su escultural cuerpo, hasta dejar caer la última de las gasas
dejando al descubierto toda su exuberante anatomía, así como sus más ocultos y
deseados encantos de mujer, momento éste que coincidía con las contorsiones
finales en las que la bailarina simulaba alcanzar la culminación del clímax
abrazándose a la barra, lo cual hacía derretirse en sus asientos a los clientes
del local.
A Juan no le fue difícil acceder a los favores sexuales
de Tatyana, y éste al beber del dulce maná que le ofrecía aquella - a sus ojos- diosa del Olimpo, quedó hechizado
y locamente enamorado, cayendo seducido por las habilidades y argucias de aquella profesional del sexo y el amor.
Al principio los encuentros se limitaron a un par de
veces al mes, más tarde Juan se las ingenió para todas la semanas tener que
atender a algún cliente que le obligaba a faltar en el hogar para atender a sus
negocios… los cuales consistían en tener tórridos encuentros con Tatyana, la
bailarina, la cual fue poco a poco absorbiéndole el sexo, el seso y la
hacienda.
Dado el cambio que en el carácter de Juan se produjo a
partir de entonces, y lo repetitivo de sus ausencias, Ana acabó por sospechar,
y tras contratar a un detective privado, descubrió la infidelidad de su marido,
al cual demandó por adulterio con las
pruebas aportadas por el detective, consiguiendo dejarle en la calle sin un
solo euro del patrimonio familiar, más con la obligación de pasar una suculenta
cantidad mensual para la manutención de los tres niños hasta su mayoría de
edad. Añadido a todo ello el hecho de que Ana, por motivos relacionados con evitar
al fisco, aparecía como propietaria en todos los documentos del emporio
comercial que durante todos aquellos años había crecido hasta convertirse en
líder en su sector.
Juan acepto lo que la ley dictó, dándose por satisfecho
al verse libre de su matrimonio y así poder dedicarse en cuerpo y alma a
Tatyana, su pasional y lujurioso amor
El arrebato y el deseo cegaron a Juan, el pobre diablo no
contaba con que el amor que la bailarina sentía por la vida de lujo que él le había proporcionado hasta ese
momento -y que ahora habían quedado mermados, al pasar su fortuna a ser controlada por su mujer- era mucho más
fuerte que aquél que sentía por su persona. Así, a las dos semanas de obtener
Juan el divorcio, encontró una nota en el pisito que había regalado a su
amante.
“Juan, juntos
hemos pasado muy buenos ratos, pero ahora no puedes ofrecerme aquello que yo
esperaba de ti. No intentes buscarme, hay un hombre en mi vida, él al menos me
satisface plena y totalmente, cosa que lamento decirte, pero sinceramente tú
nunca conseguiste.
Adiós.
P.D. No te
molestes en dejar la llave, ya cambio yo la cerradura.”
La voz de Juan volvió a sonar suplicante a través del
auricular.
-Antonio, amigo, tú nos presentaste, por favor, tienes
que interceder por mí ante Ana, yo creí estar enamorado de aquella bailarina,
ahora he comprendido que todo fue un error, pero Ana no atiende a razones.
¡Tienes que ayudarme a convencerla, tú eres hombre y sabes comprender que esto
son cosas que pasan!
Al otro lado de la línea, la voz pareció titubear.
-…Escúchame Juan…, No sé como decírtelo… Verás, durante
mucho tiempo tuviste abandonada a Ana, una mujer como ella necesita cariño,
necesita sentirse amada y que la mimen… Cuando tú disfrutabas de las mieles de
tu aventura con la bailarina, Ana también conoció a alguien que le dio todo
aquello que tú le negaste… En fin, que ése alguien… fui yo. Te comunico que nos
casamos dentro de quince días… Lo siento amigo, pero ya sabes el dicho, “estas
cosas pasan, y donde las dan las toman”.
El teléfono fue colgado
estrepitosamente al otro lado.
Aquella noche la brigada de homicidios tuvo mucho
trabajo. Primero hubieron de acudir a una llamada urgente del Odessa club, un
club nocturno de pésima reputación, allí hallaron dos cadáveres, uno de ellos
era el portero del club, presentaba dos orificios en la frente, producidos probablemente por
una Magnum calibre 357. El otro cadáver era el de una bailarina de los países
del Este, ésta presentaba un orificio en el pecho a la altura del corazón. Algunos
de los que trabajaban en el local
confirmaron que ambos, el portero y la bailarina, estaban unidos por una
relación sentimental desde hacía muchos años. Del presunto autor de los
homicidios afirmaron los que fueron testigos, que se trataba de un hombre de
unos treinta años, cuya mirada extraviada indicaba claramente que estaba
enajenado. La segunda llamada recibida en el departamento de homicidios fue
para avisar de que a la altura del
puente del Milenio, un hombre de unos treinta años de edad se había suicidado
descargándose un disparo en la sien con un revólver Magnum
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