EL POZO DE LOS OLVIDADOS
Tercera parte
I
- El Desenlace-
La luna se hallaba ya en
evidente declive, cuando Virginia Heins, visiblemente cansada preparó una nueva tetera, de la cual vertió té
humeante en las tazas que se hallaban sobre la mesa de mármol en la parte
interior de la terraza.
-Hijo mío, lo que a continuación me resta
por relatarte, es la parte más
intensa y dolorosa de aquello que estoy revelándote, ésta parte me resulta para mí plagada de recuerdos
emotivos, que posiblemente me impidan
ser imparcial en algunos detalles, dada la carga trágica, emocional y fantástica de los acontecimientos de los cuales fuimos
testigos directos tu padre y yo, y que te
voy a relatar de forma cronológica, tal
y como sucedieron. Por cierto no te molestes en buscar en las hemerotecas noticias referentes al suceso que te voy a
referir, la censura era muy severa en aquel lugar, en aquellos momentos.
Año 1955,
15 de mayo, 4´30 de la tarde
Arrabal moruno
de una ciudad del sureste español
-Primer día-
Aquella
tarde Jaime estuvo muy pendiente del
cielo, le preocupaba que se encapotase dando lugar a una de aquellas
estrepitosas tormentas primaverales que
durante dos semanas habían estado descargando copiosa y abundante lluvia, hasta
el punto de desbordar el río en la parte más baja del pueblo. Esperaba poder pasar la tarde jugando un
partido de fútbol con sus amigos, y si llovía sería una tarde muy aburrida.
Cuando el
sol ya decaía, fueron presentándose los
seis amigos en la plaza del arrabal,
ésta era cuadrada y con el suelo de tierra
roja, en el centro tenía un pozo y una fuente, en la cual llenaban a
diario los aguadores sus cántaros, para
distribuir el agua pura y cristalina por todo el pueblo; la plaza estaba rodeada por cuatro farolas y por las casas que mucho tiempo atrás construyeron
los árabes.
Jaime había llegado acompañado de Manuel, su mejor amigo; se
conocían desde el colegio, y habían
conseguido un trabajo de aprendices de albañiles en la misma empresa, a sus
diecisiete años ya eran peones cualificados. A Ambos les esperaban haciendo filigranas con el balón
de plástico, Antonio y Vicente, este último presumía muy ufano, de poseer unas botas de fútbol con
la firma de Di Stefano.
Antonio, cuyo padre
trabajaba de aposentador en el cine Reina Victoria, siempre llevaba encima
alguna linterna de las que usaba su padre para acomodar a los clientes en la
oscuridad de la sala, Era Antonio un muchacho muy aficionado a las películas de aventuras, y muy entusiasmado comentó que para el fin de semana habían
anunciado una de de la selva “Tanganika
“ se llamaba , y otra en la que salía Charlton Heston
“Cuando ruge la marabunta”, también de la selva.
Cuando llegaron
los dos últimos amigos, los
gemelos Juan y Pedro, las farolas ya
proyectaban su llama
incandescente, inundando la plaza con su luz mortecina.
Formaron dos equipos de tres jugadores, y comenzó el esperado enfrentamiento a los
sones de la canción del Cola-Cao,
procedentes de uno de los últimos
inventos de la electrónica, un
transistor que portaba un señor
sentado en un banco, espectador improvisado de tan interesante encuentro.
Eran las ocho de
la tarde cuando Vicente hizó un penalti que tuvo que chutar Jaime -todos estaban
confabulados para que si se daba éste caso, no le marcasen gol a Vicente, pues
el balón era suyo y si se enfadaba podía dar por terminado el
juego.
Jaime respiró hondo, tomo carrerilla y cuando iba a
dar la patada al balón, el suelo se hundió bajo sus pies arrastrándole a él y
a sus amigos a las entrañas de la tierra...
El
estrépito producido hizo que muchos
vecinos se arremolinaran en el lugar para ver qué había sucedido.
-¿Qué ha pasado?
– Preguntaban unos a otros.
- ¡Ahí habían unos chicos jugando al balón!, - chillaba con
angustia el señor del transistor.
- Esto tiene que ver con la bomba de
Hidrógeno que han tirado los rusos. –
Afirmó con rotundidad un señor con gabardina.
- Debe de haber
sido un corrimiento de tierras, debido a las lluvias torrenciales- afirmó otro señor menos radical, y con más sentido
común.
-¡Les digo que
unos chicos han sido tragados por el pozo! – repetía desesperado y en trance de
sufrir un ataque de ansiedad, el señor del transistor
Parte del suelo
de la plaza había desaparecido junto a
el pozo y la fuente, en su lugar se
podía contemplar un enorme socavón, como los producidos por una bomba, con un anchura de unos diez metros y una profundidad de de
más de veinte, en el fondo de aquel agujero sólo se podía ver tierra arcillosa negra y mojada,
no había ni rastro de los seis amigos.
No tardaron
mucho tiempo en presentarse un camión de bomberos, que informados de que allí enterrados se encontraban varios
muchachos, procedieron a excavar
penosamente en la arcilla
fangosa, al tiempo que la noche se
tornaba lluviosa y desapacible.
Ya pasada la
medianoche, exhaustos y empapados los bomberos encontraron los
cuerpos sin vida de los dos gemelos Juan
y Pedro; los habitantes del pueblo, que
habían acudido al lugar enterados del
suceso, quedaron consternados, y el ambiente se tiñó de pesimismo y dolor. Todavía quedaban cuatro
muchachos desaparecidos y se temía lo peor.
Pasaban las
horas, y el escaso cuerpo de bomberos
agotados por el esfuerzo fueron relevados por algunos vecinos del
pueblo, que se prestaron voluntariamente para ayudar.
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