El pozo de los olvidados
Tercera parte I
- El Desenlace-II
-Segundo día-
Al día siguiente
del hundimiento, y tras una noche de incertidumbre, los vecinos voluntarios desesperados e impotentes y tras haber excavado y removido aquel nefasto
y cienoso agujero hasta muchos metros de profundidad, no hallaron indicios de
los cuerpos de los muchachos desaparecidos.
A media mañana de aquel luctuoso día, izo acto de presencia el señor alcalde,
al cual acompañaban la corporación
municipal en pleno. Una vez allí, pidieron al jefe de bomberos un informe de la
situación, a la cual apenas se le prestó atención, y sin
que apenas se manchasen de barro
sus bien planchados trajes, el alcalde dio una breve arenga, y se marchó.
Entre los numerosos curiosos expectantes que aquella
mañana se hallaban en aquel lugar, se encontraba Robert Heins, profesor y
arqueólogo de renombre, y que con el seudónimo de “ Winston Chorver”,
firmaba apasionantes
reportajes del África profunda y desconocida, y ejercía
de periodista en el diario londinense
The Daily Mirror.
Robert Heins aparentaba unos treinta y pico de años, alto y
delgado, su pelo rubio y largo, junto a sus ojos azul cielo, contrastaban con
su piel tostada por el sol del desierto, no pasando desapercibido -sobre todo
para el sexo femenino- su porte varonil, bohemio y aventurero.
Había finalizado un reportaje en el desierto blanco en Libia,
y habiendo coincidido en el hotel Faraón de El Cairo, con Virginia Alebus, una joven
estudiante de Historia Antigua, de arrebatadora belleza, perteneciente a
la alta sociedad de aquella localidad. Localidad . donde estaban sucediendo
tan fatídicos sucesos.
Dice un proverbio árabe acerca del destino y el azar que “Lo
pasado ha huido, lo que esperas está ausente, pero el presente es tuyo”. Y así fue como el destino y el azar
coincidieron, al no poder Robert Heins resistirse, seducido por los encantos de tan encantadora dama, a la
tentación de acompañarla hasta aquel lugar, al cual difícilmente se habría
acercado de no ser por ella
El interés de Robert Heins por la bella Virginia Alebus, no mermó ni un ápice
su dedicación y curiosidad
por la leyenda de los bereberes que esperaban la Luz enterrados vivos en
los arrabales de aquella ciudad. Así, desde el primer día que llegó a aquel
oasis en el que se encontraba enclavada la ciudad , aprovecho cualquier
instante parar visitar aquellos
arrabales morunos, en los cuales se
podían ver tallados en muchas de sus
casas bajos relieves con el enigmático
Ankh, pero lo que más le intrigó,
fueron las referencias que los nativos más viejos del lugar, hacían acerca de la profundidad de los túneles
subterráneos que existían bajo todo el arrabal, túneles que nadie conocía
adonde conducían… ni si tenían final.
Datos que entrelazados con la leyenda que Don Rogelio había contado acerca de
unos jóvenes bereberes enterrados allí en vida, despertaron su instinto y curiosidad como arqueólogo
Ahora al observar aquella tragedia provocada por el
hundimiento de parte del arrabal, la experiencia profesional del Heins profesor
y arqueólogo, y su olfato como el periodista
conocido con el alias “ Winston
Chorver”, actuaron con rapidez, informando
a través de conferencia telefónica a su
redactor jefe en Londres, y dando detallada cuenta
de los hechos acaecidos y la misteriosa desaparición de los cuatro
muchachos que no aparecían tras ser buscados en el lugar del suceso. Nada
añadió respecto a las señales del Ankh
halladas, ni de la leyenda de los bereberes y el mundo subterráneo sin
fin conocido
Durante las
veinticuatro horas siguientes las
labores de búsqueda continuaron,
Ha eso del mediodía aparecieron dos
cadáveres más, se trataba de Manuel y Vicente, presentaban idénticos
signos a los chicos encontrados anteriormente: habían muerto aplastados
por el desplome y la caída, aunque a
estos no les debió de llegar la muerte en el mismo momento del derrumbamiento,
pues las uñas de los dedos de sus manos las tenían totalmente desgastadas, lo
cual demostraba que habían intentado buscar la salida arañando con ellas
. El enigma del
paradero de los dos muchachos que
quedaban allá abajo, seguía sin resolverse.
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